Boxeo






“El pugilato enriquece, forma, te convierte en hombre, cimenta el cuerpo y la mente con horas y horas de entrenamiento. Sobre el ring no se va solo para dar puños. Hay un modo de combatir, un estilo, una técnica. Es la noble arte.”
Roberto Cammarelle

Mercedes Derna Viola-. Años ochenta, soy chica, mi padre se prepara un aperitivo y mira un encuentro de boxeo en televisión. Dos gigantes iluminados desde lo alto danzan de modo extraño sobre un escenario delimitado por cuerdas. Se balancean hacia adelante y hacia atrás sobre las rodillas, y se cubren el rostro con las manos. Llevan zapatos de superhéroe, pantalones demasiado altos, y grandes guantes colorados.  Tienen la bocha hinchada y cabello corto. Danzan en círculo y cada tanto se pegan en la cara y en la panza, aveces los separan y aveces se abrazan y se dan pequeños golpes en la espalda, como viejos amigos que no se ven desde hace tiempo.  Después suena la campana y se van al recreo. Cansados se sientan en un banquillo, en el rincón. ¿Estarán en castigo por haberse pegado? Un señor les habla, un poco los consuelan y los limpian, y un poco les dan instrucciones. La campana suena otra vez y la danza recomienza. Los paran otras veces, y otras tantas recomienzan, quizás porque no paran de golpearse. Hasta que una de esas veces,  uno de ellos cae al suelo y no se levanta. El señor vestido de gris se le acerca, cuenta hasta diez y levanta la mano del que había quedado de pié. Todos aplauden. Mi padre se come una aceituna. 

Pasaron mas de treinta años de aquel recuerdo, seguramente un poco mentiroso como mentirosa es muchas veces la memoria. Mientras tanto he madurado un curriculum deportivo rico de inicios y carente de continuidad. 

Hasta que un día, mientras estaba en Argentina, le pedí a uno de mis hermanos si podía llevarme con él a hacer boxeo. Aceptó sin dudarlo (como cuando me prestaban la bicicleta o me dejaban integrar un equipo de fútbol en el campito) y el día después pasó a buscarme. Me llevó, como un papá premuroso al primer día de jardín de infantes, el bolso con todo el necesario: una botella de agua, una toalla limpia y doblada y un par de vendas y de guantes rojos para mí. 

Llegamos al gimnasio, que era en verdad un club. El club Ministerio es un galpón prácticamente sin ventanas con el techo de chapa, está cerca del puerto, frente al Río Paraná. A la derecha tiene una heladería, y a la izquierda una calle sin salida lo separa de un bar. 

Llegamos a la puerta y mi hermano me presenta a Roque Gastaldo, propietario de la escuela de boxeo, y a su señora, que están sentados afuera tomando mate. Un beso en la mejilla a cada uno, como se usa en Argentina (nos parece obvio, pero acá en Italia la gente no se anda besando tanto) y un choque al puño a Gregorio, uno de los nietos. Gregorio tiene seis años y cuida un montón de cintos que hay en una silla. ¨¿Qué son éstos cintos, Gregorio?¨. ¨No son cintos, son cinturones, mis premios.¨ dice serio, convencido. Roque lo mira con los ojos a media asta y sonríe, sentado sobre la silla mecedora que era de su madre, silla sobre la cual amamantó a Roque y a sus diez hermanos y sobre la cual se mecía en la noche con las manos cruzadas sobre el regazo esperando que los hijos varones volvieran a casa sanos y salvos.

Desde la pequeña puerta abierta del ingreso al galpón se ven las bolsas colgadas a los lados. Un muchacho sentado sobre un banco contra la pared se venda las manos. Hay un perfume de tierra y sudor que me hace sentir bien, un olor sincero y calmo como el de la lluvia en arribo.
El pavimento de cemento tiene dos islas de madera un poco castigadas, que sirven para absorber el impacto cuando se hace el calentamiento o se salta a la cuerda. Una de las dos está puesta frente al único espejo del lugar, adelante del cual se hace sombra.

Camino siguiendo a mi hermano, haciendo atención, que no es el lugar para pisarle el pié a nadie. Hay un muchacho que le pega a una bolsa, para esquivarlo tomo una curva abierta como si llevara atrás un doble acoplado. El chico pega fuerte y si me pega una por error, es k.o. Luego levanto la vista y lo veo.
Veo  ese monstruo tranquilo, plantado ahí en el medio, imponente, iluminado por una lampara gigante en alto y al centro. Está vacío y las cuerdas que lo circundan no abrazan ningún cuerpo cansado curvado sobre sí mismo, a la espera de una campana que no suena.
De fondo se siente el rumor de los golpes contra las bolsas junto al respiro que los acompaña, un saludo, un chiste, y la música que viene de la radio posada sobre una vieja silla de plástico. Para mejorar la recepción un tenedor de parrilla le hace hace de antena, apoyado contra el ángulo que crea la columna constelada de telarañas.

Ese día empecé. Daniel me enseñó a vendarme las manos, me puso los guantes, y después del calentamiento, sin instrucciones, me dijeron: ahí está la bolsa, pegale. Cuando suena la campana empezás, cuando suena de nuevo parás hasta que suena otra vez, y así sucesivamente. 

Tiro el primer puño, tímido, contenido, y me río, nunca voy a poder, pienso con grande espíritu deportivo. No me esperaba que la bolsa se moviese y esto me hacía reír. Pasa uno y me dice uno-dos, uno-dos. El dos se lo doy siempre al viento, pero si el viento hablara... Busco una bolsa más pesada, así se mueve menos. Uno-dos y es como pegarle a una roca, se me van a desprender los brazos de los hombros, caerán sobre el cemento y no voy a tener con qué juntarlos. Mejor volver al peso mediano de las bolsas y empiezo a agarrarle la mano.  Entiendo que no hay mucho de qué reír. A la bolsa hay que mirarla fijo. Eso no es ser engreída, eso es lo que se debe hacer. Entonces te miro fijo, bolsa. Y te pego. Uno-dos, uno-dos. Te movés, y yo aprendo a pararte, a seguirte, a esperarte. Cada tanto pasa alguien y me tira un consejo. Con la mano de adelante la tenes a distancia y con la de atrás le pegás. Dale con todo el cuerpo. Un pié adelante y otro atrás, bien saldados al piso. Camina, camina, pero cuando pegas quedate quieta. Tené alta la guardia con los puños al lado del mentón, la mano vuelve siempre ahí. Riiiing. Pausa. Salimos afuera boqueando, transpirados. Asado y malbec que se van a puños. Y ese era solo un round. 

Cuando quieras pará, me dice mi hermano. ¿Y quién quiere parar? Hicimos seis rounds y no tenía más fuerzas, sino hubiera seguido.
Volvíamos a casa y yo iba en el auto con los brazos desmayados apoyados sobre las piernas, incapaz de un mínimo gesto, pude solo mandarle un mensaje al socio “Estamos llegando. ¿Pasta y vino?”. Había que reponer las pérdidas. 

Volví todas las veces que pude. La última vez  que fuimos Daniel me dice 
“¿Querés subir?” cabeceando para el lado del monstruo. 
“No, no es para mí.”
“Dale, subí con Huguito.” 
“Pero no, estás loco vos, que yo le voy a tirar puños a un ser humano.” (tan buena y tan linda). 
“Pero sí, anda, que si Huguito no quiere no le pegas.” 
Y subí al ring, a guantear, como dicen ellos. Mi hermano me presta el casco acolchonado y me da los guantes del gimnasio, porque tienen un peso distinto y sirven para eso. Los dejo imaginar la cantidad de gente que sudó esos guantes y yo en el momento ni lo pensé.

Subí los escalones que llevan al ring y me agaché para entrar entre las cuerdas. Estaba ahí, bajo esa luz, y delante de mi había alguien. 
“¿Y ahora qué hago?” le pregunté. 
“Pegáme.” dijo Huguito. Me dio risa de nuevo. 
“Ok, ¿y adónde apunto?” 
“A la cabeza.” me dice. Ah bueno... vamos barbaro, ¡pero cómo puede ser esto!. No puedo. Huguito me toca la cabeza y retumba. No estoy acostumbrada y no es una linda sensación. Entonces puedo. Uno-dos. Claro que puedo. Uno-dos. Uno-dos puedo, y además, me gusta. De abajo me gritan consejos “¡No saltes!”. ¿Saltar? ¿Y quién está saltando? Soy la Nena Balboa y estoy dando esos pasitos ágiles de peso pluma (sí, claro), ¿acaso no escuchan las trompetas de Gonna fly now, esa donde Rocky corre en la playa? En aquel mágico momento de gloria me llega un puño (exagero) en la cabeza. ¿Cómo es posible? Se ve que mi guarda estaba llena de ingresos porque de esos toquecitos en la cabeza recibí varios, y cada vez me daba una rabia que hubiera querido tener los puños de acero del muchacho que rodeé con el semi remolque. Pero era imposible. Y no solo, más te agitas y más perdes el control, no pensas, te descubrís, te cansas. Los tres minutos no terminaban más, parecían cuarentaycinco.
Qué belleza cuando el tiempo explota de ese modo.

Ahora sobre el ring me había pasado otra vez. El tiempo ya no era tiempo, y los tres minutos o cinco horas, qué importa, terminaron. Abrazo al contrincante y lo agradezco, lo minimo que podes hacer cuando jugas a la luchita con gente que podría matarte. 
Estaba exhausta y feliz. Y ésta sensación se encastraba con la del último round contra la bolsa.

Iba por el sexto y estaba cansada, me costaba tener las manos en alto al lado del mentón,  sostener el peso de los guantes. Suena la campana e inicio, un golpe, uno dos, camino alrededor de la bolsa, con fatiga, el sudor me chorrea de la frente y la nariz, a momentos me cubre los ojos. Estoy roja y cansada. Dentro de dos días vuelto a Italia, uno, uno dos, uno dos, miro fijo la bolsa y veo algo, alguien, pero después se transforma en un espejo, y veo mi miedo, mi tristeza, mis debilidades, veo el tiempo que pasa, uno dos y me pican los brazos de tanta sangre que corre dentro. Empiezo a llorar, con todo el sudor no se va a dar cuenta nadie, entonces pego y lloro cada vez mas fuerte. Me pregunto qué cosa golpean los boxeadores, qué batallas los habitan, qué faltas les aprietan los puños. 

Encontré la poesía en el boxeo, en la mirada humilde de quien se venda las manos mirando hacia abajo sabiendo a qué cosa está andando en contra. La fatiga de quién corre con el calor y con el hielo porque tiene que tener piernas fuertes y veloces, los abdominales esculpidos para soportar los golpes, que sabe que la mandíbula está lejos de los pies solo hasta que la tocan. Allá arriba estará verdaderamente solo, y aún si gana, igual tendrá que recibir. No hay victoria sin dolor. Y la mayoría de las veces hay dolor y nada más. Sabe que va a ser dura, pero tiene de bueno que nadie le va a pegar por la espalda y que si caerá por tierra nadie se va a encarnizar contra él. Que tres minutos pueden ser muy largos, pero antes o después terminan. Siempre.

Año 2019. Salgo del Club Ministerio y entiendo lo que decía Roque cuando me contaba que él empezó a boxear y dejó de pelear en la calle. Salís de ahí y no tenes mas ganas de pelear. Y no, o al menos no solamente, porque estás cansado, sino porque finalmente entendiste quién es el enemigo, y es así que volves a casa a secar y enrollar sus vendas, a lavar su toalla, prepararle un aperitivo y darle una aceituna.