Un portón viejo



Mercedes Derna Viola-.Quisiera dejarte en el alma un portón. Viejo, de madera maciza, perfumado de roble y leña quemada. Que haga ruido cuando se abre y también cuando se cierra. Con una manija de hierro, solida y elegante. Áspero, curtido de lluvias, soles de verano, días y noches húmedas, y de abrazos de niebla espesa.

En el cual te puedas apoyar, y puedas golpear cualquier día, a cualquier hora, cuando el cansancio te hace temblar las piernas, cuando lo hace el deseo, cuando las musas parecen haberse ido para siempre y alrededor todo es desierto.

Un portón sobre el cual grabar fechas, nombres, corazones y dibujos obscenos sin ser reprendidos, sin timbres ni videocámaras de seguridad, sin alfombras horribles de bienvenida ni la obligación de limpiarse los zapatos antes de entrar; que se abra sin condiciones, ni permisos, ni puniciones. Que se despliegue y te lleve al lugar más consono con tu sentir.

Que puedas abrirlo para ir a jugar y te reciban prados salpicados de margaritas, mariposas turquesas, y perfume de pasto recién cortado, que haya un río enorme, cielos de Magritte y todos los violines de la primavera de Vivaldi. Que los niños corran y se rían y que la nostalgia sea dulce y los proteja para siempre, desde lejos.

Que puedas abrirlo para ir también a llorar, a medicar las heridas que tardan en cerrarse, y te reciba un fuego prendido, crujiente, en una sala iluminada con timidez y piso de madera, y te abracen los violines y bandoneones del tango sin palabras más tristes y más hermosos, que no consuelan, sólo acompañan y comprenden, porque a ellos sí que nada de lo humano les es ajeno.

Que se abra a un bar de años pasados, tarde en la noche, con las mesas redondas y chiquitas y esas sillas ahí. Que perfume de tabaco y chocolate en el aire, y tenga un piano de cola de sonido redondo y grave, como un cognac añejado, y una mujer que toca, ajena a todos, sola con sus manos que trenzan las teclas negras, las blancas y su fragilidad.

Que se abra a mundos paralelos, invisibles y encantados, sin código postal, cuando necesites perderte, esconderte de la vista de los relojes y de los espejos, de la conciencia sobre la almohada, del confesionario y de tus rodillas llenas de espinas y penitencias. Y que en ese mundo te envuelvan los perfumes antiguos de todas tus vidas pasadas, y que encuentres tus amores y tus tormentos, y que todos te perdonen, y vos perdones, que llueva agua de flores de naranjo sobre las hogueras y que las balas en pleno vuelo se conviertan en golondrinas, que dibujen fiestas en el cielo y luego se vayan, buscando primavera.