¿Por qué votamos lo que votamos?


Ariel Mayo-. Lógica de representación y sentido de pertenencia. Épocas electorales propician pensar al país en el que se dirimen proyectos de país. Pero en Argentina se respira un aura de oportunidad y al mismo tiempo, en contradicción, de resignación.

En tiempos de “grieta”, tal como suele definirse a esos supuestos polos opuestos entre kirchnerismo y macrismo, resulta fundamental ver hasta dónde podemos llegar pensando en las posibilidades de un país. Para crecer y para proyectar. No sólo para intentar ser un país normal. A veces hay que intentar explicar lo que la gente vota cuando elige algo en el cuarto oscuro. No es sólo elección. Hay muchos factores, incluyendo el Boca-River de esta rivalidad futbolera entre los que son K y anti-K. Hay algo más.
Entender lo que es el electorado argentino implica, necesariamente, aceptar que lo obvio, el sentido común, es sólo la materia de argumentaciones que no siempre tienen un anclaje en la práctica. Cuando alguien dice: “¿Cómo es posible que haya gente que piensa seguir votando a este tipo?”, en relación a Macri, es apenas una retórica que puede tener un fundamento inapelable. Pero sólo desde la teoría y sustancialidad de un sentido común que, en realidad, no es tan “común”. Y decimos “común”, en el plano de lo que parece básico, elemental y obvio.
Lo obvio, el sentido común tiene poca llegada hacia la lógica de representación. Hablar de representación, implica apelar al sentido de pertenencia. Como si fuesen dos conceptos complementarios, que conviven y se atraen, representación y pertenencia funcionan como aspectos que liberan a las explicaciones sobre lo que elige políticamente un ciudadano desde la lógica del sentido común. Esta a veces funciona desde una perspectiva “clasista”, como ser apelar a la condición social o económica para juzgar el voto en las urnas de una persona. Esto es, la lógica de representación y el sentido de pertenencia funcionan como poderosos soportes de la división de la sociedad, aún en tiempos aciagos y difíciles que desde el sentido común obtendrían como resultado la uniformidad de un electorado iracundo y disconforme.

Ambos conceptos permiten trascender la realidad fáctica para alimentar esa identidad que o se elige o se siente. Como un club de fútbol, pero dirimiendo la realidad del país.
Pasemos a ejemplificar para encontrar demostraciones prácticas de lo que ocurre con estas dos características. Veamos, por ejemplo, el caso de algún ciudadano que simpatiza con el gobierno anterior, el de Cristina y al mismo tiempo es de clase media y paga impuesto a las ganancias. Lo más probable es que ese ciudadano sienta incomodidad hacia ese impuesto, y se veía muy perjudicado por el mismo. Sin embargo, aceptaba esa incomodidad en pos de un bien común abstracto, por así decir. La realidad fáctica no modifica en ese caso la lógica de representación política que ese ciudadano elige. Está representado por un proyecto político hacia el que siente simpatía, y el malestar económico no modifica el sentido de pertenencia hacia esa representación. Es una lógica, elegir representación en función de un sentido de pertenencia. Tal vez por esto, por la creencia política en función de una idea o una ideología, podamos explicar la lógica del votante de Macri o de Cambiemos.
Lo mismo: se trasciende la realidad económica o el malestar individual en pos de una representación y un sentido de pertenencia. La lógica futbolera de “aunque ganes o pierdas, no me importa una m…..”.  De ahí viene el “no vuelven más”, como si todo en la política se limitase a ganar o perder sin las implicancias en la realidad del país de lo que ese resultado significa.

Una idea que sirve como paréntesis a todo esto que venimos hablando: cualquiera que desee “saltar la grieta” o trascenderla debe apelar a la visión de futuro sobre el desarrollo del país. Cualquier aspecto dogmático dentro de la grieta, apunta al cortoplacismo en el cual se dirimen cuestiones que, en un país normal, serían aspectos técnicos que no dependerían del resultado de un Boca-River electoral. La grieta, y su insustancial rivalidad, implica que el futuro del país depende de dos posturas antagónicas que ni siquiera plantean consensos que garanticen una base que el adversario no pueda abandonar en caso de ganar. Estamos siendo injustos, hay políticas de Estado que no pueden ser modificadas. Pero la grieta se come gran parte de las esperanzas y la previsibilidad. Porque además, la sociedad argentina es muy fiel a la alternancia partidaria. Y esta alternancia partidaria, es cambio de proyectos. Pasar de uno que tiene a Carlos Tomada de Ministro de Trabajo, a uno que desea la reforma laboral. No hay nada en el medio de esas dos lógicas de representación.
Por ende, un político que desee trascender aquello que no nos gusta de cierto sentido de pertenencia a lo que el peronismo denomina “gorilismo”, debe interpelar a sus potenciales votantes con el tipo de país que se podría soñar a largo plazo. Porque el futuro de un país es cosa seria. Y no se puede dejar librado a la suerte de un duelo entre hinchadas.
Por lo tanto, a la hora de explicar por qué un gobierno que hace todo lo posible para ser despreciado por la sociedad, tiene una porción de aceptación importante en el electorado, debemos recordar que esa parte de la ciudadanía elige determinado proyecto al votar, desde la lógica de representación, basándose en su sentido de pertenencia. Ser “gorila”, ser K, ser anti K, o ser peronista o radical, son apenas etiquetas que permiten generar camisetas partidarias sobre las cuales se construye representación y pertenencia.