Libertad de sometimiento



Romina Rocha-.Mucho discutimos acerca de cuáles son los límites y alcances de lo público y lo privado: en tiempos de hiperconectividad e hiperexposición, lo cierto es que la exacerbación de las emociones ha llegado a extremos tan sorprendentes como preocupantes, ya que hoy en día nuestra sociedad está en un punto en el que hablar de determinadas cosas implica una serie de problemas insólitos entre los que nos encontramos, por ejemplo, con que no acordar con algunos discursos es señal de peligro para quienes están queriendo defender o mantener un orden de las cosas al que no todos estamos dispuestos a someternos. Y esto se da en todos los órdenes de la vida, desde las políticas del gobierno de ocupación que tenemos en el Estado Nacional argentino hasta las resoluciones personales de nuestra vida en comunidad, todo pareciera estar marcado a fuego por una falsa dicotomía en la que el bien y el mal aparecen como las grandes categorías en las que cada uno de nosotros queda irremediablemente encuadrado. Entonces si apoyamos tal cosa somos buenos y si la rechazamos somos malos. Así de sencilla pareciera ser la diferenciación entre unos y otros.



Y en esta lógica absurda en la que todo depende de la vara con que se mida y de quién tenga la vara en la mano, aparecen mecanismos de censura y corrección que creíamos extintos en los años en que era mejor no hablar de ciertas cosas. En este sentido, hacer foco en uno de los ámbitos en que esto ha quedado sobradamente evidenciado ayuda a hacer síntesis de lo que nos pasa como conjunto, que es al fin y al cabo lo que debemos comprender para no terminar destruyéndonos entre nosotros. Decía Simón Bolívar que “más que por la fuerza, nos han dominado por el engaño”, lo que habla de la batalla que venimos perdiendo hace décadas en el terreno de la cultura, porque es mediante nuestra propia incomprensión de lo que somos que nos han podido llevar de las narices hacia el infierno de desidia y destrucción estructural en el que nos encontramos hoy como sociedad.

En el mundo de la música, más específicamente del rock, viene pasando algo que, visto de lejos, podría considerarse una redención o puesta en valor de las relaciones entre los músicos y el público, porque los colectivos feministas de mayor resonancia hablan de no callar más y los medios de difusión se suben a la ola de las acusaciones hacia hombres del ambiente que proliferan como el polen en primavera, haciendo del fenómeno casi una cuestión de Estado en la que toda la comunidad termina, quiera o no, participando. Pero cuando nos acercamos un poco y de todo ese revuelo empezamos a ver que hay individuos e historias de vida, con hechos concretos y elementos abstractos todos mezclados en un mismo lugar, empezamos a notar que, en verdad, estamos en presencia de una especie de persecución por la que podemos al menos preguntarnos si es posible que haya un hilo conductor que nos ayude a comprender por qué las cosas pasan por algunos lugares y no por otros.

Existen hoy en la Argentina grandes bandas y artistas que tienen entre sus miembros a personas que están denunciadas ante la justicia por violencia de género, con pruebas y causas en curso e incluso con restricciones perimetrales para salvaguardar a las víctimas que han presentado pruebas y que han decidido avanzar para, concretamente y más allá de toda consigna, no callar más. Sin embargo, por alguna razón que esperamos al menos poder pensar con estas líneas, dichas bandas y artistas no sólo no sufren escraches sino que siguen tocando como si nada de eso estuviera pasando. Y esto responde a una lógica anterior, en la que la separación de la vida pública de la privada estaba acordada de manera tácita por toda la sociedad, porque en última instancia si la figura en su vida personal había cometido algún ilícito sería la justicia la que lo determine y en ese ámbito se resolvería. Tenemos innumerables ejemplos de ello, en los que los comportamientos de estrellas de todo ámbito no le quitaron a sus protagonistas ni la gloria ni el reconocimiento por su actividad pública. Siguieron siendo figuras y los problemas con la justicia, con la justicia se resolvieron.

Ahora, bien, si nos ponemos a pensar en ejemplos de lo mencionado, todos quienes se nos vienen a la mente son sujetos con dinero y poder, en distintos niveles pero siempre parte de un modelo de negocios basado en sus virtudes o cualidades que les permitieron, más allá de los momentos de convulsión, atravesar las tormentas y seguir con sus actividades y, lo más importante de todo, con sus vidas. Pero si esta misma lógica la aplicamos a los personajes de un segundo orden material (por decirlo de alguna manera) que no tienen ni el dinero ni el poder para hacerle frente a dificultades judiciales o mediáticas, nos encontramos con un panorama absolutamente opuesto. Y peor aún: entre quienes se mueven en los ambientes de corte independiente o de más bajo perfil profesional, ni siquiera podemos hablar de denuncias judiciales, ya que en la mayoría de los casos lo que sucede es que con sólo tener una acusación virtual vinculada al rol del hombre con respecto a la mujer, ya es más que suficiente para iniciar una persecución inquisitoria descomunal.

Porque la realidad actual de nuestro país nos muestra que cuando una mujer dice que un hombre la violentó de alguna manera, la aceptación del hecho como cierto e indiscutible es abrumadora y no requiere más prueba que la sola palabra de quien se considera víctima. Y esto es una adaptación del fenómeno del “Me Too” estadounidense (que acá es “Yo te creo, hermana”) a partir del cual miles de mujeres empezaron a denunciar abusos de todo tipo y todo tiempo, guiándose exclusivamente por la condición de féminas sin importar las pruebas o siquiera la verosimilitud de los relatos, en los que lo cierto y lo falso forman parte de lo mismo, borrando los límites de la realidad y bajándole el precio a la verdad. Este fenómeno ha traído ya en el país del norte serias consecuencias, desde pérdidas de juicios millonarios por calumnias e injurias hasta suicidios de hombres acusados falsamente, pasando en el medio por la separación de las familias, la pérdida de los empleos y un sinfín de consecuencias nefastas no sólo para los hombres, sino para la vida en comunidad toda. Y acá, que tenemos una cultura distinta y que hemos vivido el proceso de la dictadura más cruenta de toda la región, acompañada de un revisionismo histórico y de un movimiento de Memoria, Verdad y Justicia que no existe en el mundo, la aplicación de esta lógica en la que el enemigo es el que tengo a mi lado está siendo, a pesar de la carga negativa que tienen muchos aspectos de esta lógica acusatoria, masificada desde la irrupción de los movimientos identitarios en tiempos de crisis económica. Y es importante decir que muchos de los reclamos que se hacen son absolutamente válidos y de necesaria discusión, pero el problema es que entre ellos se han filtrado métodos y exigencias que no sólo no tienen nada que ver con una ampliación de los derechos de nadie sino que además invisibilizan, en muchos casos, las intenciones y voluntades de quienes realmente están buscando construir un futuro mejor.

En este sentido, vale recordar que cuando H.I.J.O.S. empieza a aplicar el mecanismo de los escraches en las casas de los genocidas era porque las instancias judiciales o bien habían sido agotadas, o porque estando aún en curso legal ya los fallos habían resultado favorables para los acusados, de quienes había pruebas más que suficientes para que fueran condenados. Es decir, el escrache nunca fue la primer reacción de quienes estaban buscando la verdad por la desaparición y muerte de sus padres en plena dictadura cívico-militar-mediática, sino que era el último recurso luego de haber pasado por todo el proceso que la Constitución Nacional tiene estipulado para quienes son acusados en la justicia por un ilícito o un crimen. Entonces, cuando en el día de hoy vemos que la lógica del escrache ha sido invertida y que antes que la justicia siquiera sea anoticiada de un hecho, ya la población (o una parte de ella) se considera habilitada a condenar públicamente sin necesidad, nuevamente, de que exista prueba alguna más allá de una acusación verbal o escrita, no estamos ya en presencia de un acto de justicia, sino de un linchamiento público. Y normalizar esto es una locura.

No sólo porque estamos abandonando la posibilidad de vivir en un estado de derecho en el que nuestras garantías individuales estén a resguardo sino porque, además, el margen de error es inmenso y en la equivocación lo que se pierden son vidas humanas, familias, empleos, futuros. Y esto no puede considerarse, como muchas dicen, un “daño colateral”, porque no hay cambio de paradigma posible cuando las cosas son forzadas tan al extremo. Por el contrario, la historia nos ha demostrado que cuando las cosas se quieren imponer en un tiempo que no es acorde a un conjunto que no ha sido persuadido, lo que sucede es que todo el conjunto tiende a retroceder a un estado anterior porque, como instinto de supervivencia, cuando estamos en peligro buscamos conservar aquello que nos quieren arrebatar.  Así ha sido a lo largo del tiempo y no hay elementos hoy para pensar que va a ser distinto. Por el contrario: podemos ver proliferar los grupos llamados “antiderechos” que, a modo de reacción ante aquello que no comprenden y para lo que no fueron preparados ni convencidos en absoluto, se posicionan estrictamente “enfrente” de quienes consideran que quieren violentar sus derechos individuales. Y aplican la misma lógica inquisitoria de quienes ven como “el enemigo a destruir”.

Lo que resulta de todo esto es que de un lado y del otro de esta nueva falsa dicotomía en la que de ambos lados se consideran buenos y dicen que los otros son los malos, lo que queda en el medio son todas las personas afectadas por esa necesidad de demostrar que se tiene la razón, aunque no existan pruebas de ello. La violencia entre la población aumenta acompañando la destrucción progresiva y exponencial de nuestras condiciones de vida, y el resultado de esta combinación de factores en tiempos en los que se está definiendo si nos vamos definitivamente al tacho o empezamos a salir del infierno, sólo nos pone más lejos entre nosotros cuando impera generar acuerdos para construir una sociedad mejor. Pero mientras seguimos profundizando esta lógica de fractura, lo que pasa es que cada vez más personas son condenadas socialmente por aquel método del medioevo en el que el rumor funcionaba para quitarle credibilidad al enemigo y así manipular a la población para obtener consensos sobre cuestiones que, antes de creer que el problema estaba en lo rumoreado, no hubieran logrado. “Divide y reinarás” podría hoy ser “Divide y te destruirás”, porque ya no estamos hablando sólo de lo que nos hacen los poderosos, sino de lo que nosotros mismos nos estamos haciendo los unos a los otros. El avance que nos venden con estos mecanismos de linchamiento ciudadano no es más que una nueva versión de las etapas más precarias del desarrollo de la vida en comunidad. Debemos pensar, entonces, si queremos ir hacia adelante o seguir arrastrándonos hacia atrás.