Las manos de mi madre



Manuel Ibiza-. No parecen pájaros en el aire, aunque ahora pueden parecer telarañas del cosmos, como las estrellas, pero en una constelación de huesitos dentro del cajón, en el cementerio.






Mientras vivía, mi madre no amaba la vida ni volvía mágico lo cotidiano: tuvo su momento de gloria como psicoanalista, le gustaba vivir. Mucho. Pero tenía esa manía. No volvía mágico lo cotidiano, sino analizable. Insoportablemente analizable. Mi madre, en cierto modo, era un monstruo. Procuró tanto criarme correctamente, libre, pero sin que nada me hiera, que no tuviera ningún trauma, que nada me duela, que esté a salvo por siempre del dolor, que es una manera de negar la vida. Que viva a salvo de la vida. Que nada me duela. Tanto se esmeró que hoy tiemblo. De miedo. Pánico. Y terror. Cuando me llega la carta mensual con estrafalarias amenazas judiciales dirigidas al inquilino anterior. En este departamento porteño donde vivo hace muchos años. Para mí que el inquilino anterior está muerto. Dejó muchas deudas. Nadie, en su real saber, cree poder cobrar. Saben que asustan pero no muerden. Son tan ridículas las cartas de los amenazadores seriales. JUICIOS. EMBARGOS. EJECUCIONES. Todo el horror del tiempo y el espacio que se le pueda ocurrir a una mente jurídica. O sea, pequeña. Vulgar. Tirando a malandra con clase.



Mi madre sabía que la vida no era un milagro de amor. Pero quería que no me enterase. Y terminó obsesionada porque, si me llegara a enterar por mis propios medios cuando ella ya fuera cenizas, lo soportara con estoicismo. Con una obligación epopéyica por la alegría.

Deben ser gente muy extraña. La que hace esos videos de youtube. Con una canción. Que les gusta. Le ponen fotitos. Lineales. De lo que dicen. O de lo que creen que la letra dicen. La vuelven cursi. Espantosamente cursi.
Ése es el legado de mi madre.
Que todo lo analizaba.



Mi padre. Era más práctico. Como todo alcohólico melancólico. Él ponía la cuota necesaria de pesimismo. Amargado. Melancólico. Tierno, siempre, conmigo. Trataba siempre de que no me parezca jamás a él. Que no lo tome de ejemplo. Que no lo admire. Que no me haga nunca ilusiones. Y que si me las hacía, que las arregle. Cuando se disuelven. Cuando se van. Como se van algún día los padres.

Para decidir, para continuar. Para recalcar y considerar.
Mi padre era demasiado realista.
Mi madre era demasiado optimista.
Les salió un hijo exagerado, que se ríe de sí mismo.
Creo que estarían orgullosos de mí.