J.C.S.



Manuel Langsam-.Cuando me hice cargo del Departamento Villaguay como Jefe Departamental de Senasa, una de mis primeras actividades fue recorrer la zona y conocer a los distintos Delegados distribuidos a lo largo y ancho del departamento. Había 20 delegaciones en una  superficie de 800.000 hectáreas (el Depto. Federal aún no había sido creado por lo que el Distrito Sauce de Luna quedaba incluido).



Así conocí a mi Delegado en Estación Raíces. Todo un personaje Don Juan Cruz Soto. Alto, pesado, ya de cierta edad, vestido a la usanza criolla con bombachas, alpargatas, sombrero de alas anchas y un gran cinto de cuero con una hebilla metálica en el que lucían, tremendas, sus iniciales: JCS. Apenas sabía escribir, pero se defendía a fuerza de voluntad para extender las Constancias de Vacunación (las CANEFAS, como las llamaban).
No se le conocía trabajo fijo, pero desempeñaba varias tareas, todas “ad honorem” y que eran retribuidas con algunas propinas, Así, además de su ocupación como Delegado de SENASA, era peluquero, una o dos veces por mes instalaba una silla en el patio de su casa, debajo de un gran paraíso y brindaba el servicio a sus copoblanos; llevaba “los papeles” de la salita de primeros auxilios, hacía de sentencia en las carreras cuadreras –casi siempre de tercero-, rayero en los partidos de bochas, curaba “de palabra”, y podía enseñar a hablar muy bien a un loro “siempre que se lo entregaran de pichón”.
Tenía una vieja Estanciera y en los períodos de vacunación antiaftosa recorría los campos de pequeños productores levantando los pedidos de vacunas (en esa época era la hidroxisaponinada de venta libre en las veterinarias) para luego entregarlas a cada uno en una bolsita refrigerada.

Nunca faltaba en mis recorridas su invitación a “pasar al escritorio” –una mesa en la galería- en donde preparaba mate y me ponía al tanto de las novedades de su zona.

Con el tiempo, a medida que las exigencias para asentar la vacunación y expedir constancias fueron aumentando, se vio superada su capacidad y no tuve más alternativa que reemplazarlo. Pero siempre que pasaba por Estación Raíces me detenía en su casa a saludarlo y me invitaba “al escritorio” para contarme novedades del lugar.

Cuentan que cuando su única hija empezó a noviar con un paisanito de la zona, una vecina de las que nunca faltan, le comentó a la esposa de Soto el hecho, agregando que el muchacho era medio vago y sin ocupación. Ella le respondió: No importa, lo principal es que se quieran. Mi Crucito (por Juan Cruz) no trabajó en su vida y a mí nunca me faltó nada…