Del macricaputismo al macripeñismo



Jorge Asís-. Para Nicolás, El Ángel es el amigo. Para Marcos, El Ángel es el Jefe.



Claves para interpretar la peripecia política de Mauricio Macri, El Ángel Exterminador.
Nicolás Caputo, El Co, y Marcos Peña, El Pibe de Oro.
El macricaputismo es sustancial para tratar la conquista del poder.
Juega aquí la imagen y el carisma del Ángel con el pragmatismo visionario de Nicolás y los billetes estratégicamente colocados.
La dupla impecable -El Ángel y El Co- logró hacerse en 2007 del Artificio Autónomo de la Capital. El Maxi Quiosco (donde aprendió a despachar Horacio Rodríguez Larreta, Geniol, el sucesor).
Al hacerse cargo la dupla de la presidencia, en 2015, El Ángel opta por dormirlo al Co. Situarlo a una ostensible distancia. Alejamiento táctico que se imponía como argumentación.
“Nicolás no puede arriesgarse a ser tomado como el Lázaro de Mauricio”.

La ausencia del Co entonces se legitimaba. El relato servía para justificar la venta de las empresas familiares. Ante el escepticismo, nocivo y perjudicial. Porque muchos descreen que las hayan vendido de verdad.
A Nicolás le pasaba lo mismo que a los hermanos Macri, recluidos en SOCMA.
La proximidad los inhibe de participar oficialmente en los festejos (aunque de todos modos se las pueden ingeniar).
Hoy Ángelo Calcaterra, El Primo, es quien tiene en adelante que rendir las cuentas. La sigilosa preocupación contiene el sesgo de la inquietud.
“Si ya entregó al padre” -confirma la Garganta, por Franco, el mejor de los Macri- “¿qué puede esperar el primo?”.
Lo prioritario es instalar que el Ángel nunca tuvo nada que ver con aquellas empresas que, “para trabajar”, debían hacer concesiones de índole moral.
Al periodo narrado le corresponde la decisión de cambiar de metal. La epopeya macrista de pasar de la plata al bronce.
En el esquema clásico, el macricaputismo es infinitamente más rico e interesante que el macripeñismo.
La transformación directa se registró a partir de diciembre de 2015. Con el realineamiento moral, que costaba entender a quienes acompañaban desde los días activos del macricaputismo originario. Los NyC. Nacidos y criados en el Pro, desde que eran embriones de Compromiso para el Cambio.
Pero les costaba entender la transformación también a los aliados primordiales que posibilitaron el triunfo. Los radicales que pusieron el esqueleto partidario a disposición. Abogados, escribanos y psicopedagogas de cada pueblo.
En cambio, las que entendieron rápido fueron las señoras ejemplares de la Coalición Cívica. Damas que pusieron el meritorio insumo de la transparencia.
La doctora Elisa Carrió, La Demoledora, surgía como la cobertura ideal para encarar el apasionante cambio de metal.
Así como Néstor Kirchner, El Furia, dispuso de las señoras Hebe de Bonafini y Estela de Carlotto, como garantías para la improvisada condición de político humanista, el Ángel dispuso de Carrió y de sus sicarias temibles para improvisarse como un político transparente, como el lago de Cumelén.

El advenimiento
Con el advenimiento del macripeñismo, arrancaban las penitencias por el pecado de arrastrar el ego. Hábito fatal para los que, de alguna manera, buscaban destacarse.
Pero el único ego permitido era el ego del Ángel Exterminador, por presidente y por estar habilitado para tenerla más larga. El resto debía conformarse con pertenecer al “mejor equipo”.
Permanecer, con los códigos del macripeñismo, consistía en esmerarse en las reuniones para no ensayar nada demasiado inteligente.
En la simulación de desconocimiento supo consolidarse Rogelio Frigerio, El Tapir, que se mordía los labios para no sobresalir. Pero se le llenaban las paciencias.
El esquema sin estridencias del macripeñismo provocó la temprana desubicación estructural de Adolfo Prat Gay, El Amalito.
También le costó adaptarse a los cambios a Carlos Melconian, El Tablonero, un conocedor del paño que se resistía a ponerse traje sin corbata y con zapatillas.
O Emilio Monzó, El Diseñador, que debió capitular, con las paciencias también cargadas. Por proponer la ampliación de la base de sustentación política. Osadía de quebrar el aislamiento.
Aparte de Mauricio, quien tenía licencia protagónica de corso para lucirse era Marcos. Cuando el macripeñismo se encontraba en alza (después, con la marea baja, podía hablar hasta Garavano).
Tampoco Patricia Bullrich, La Discípula de Berni, termina de adaptarse a las claves rígidas. Por el afán por aparecer en las fotografías con uniforme de guerrera. Aunque la acompañara el prestigioso doctor Carlos D’Alessio, El Girador, especialista en helicópteros artillados y bajar aviones de la DEA.
D’Alessio representa, para el presidente del Tercer Gobierno Radical, lo que representó un tal Guglielminetti para Raúl Alfonsín, presidente del Primer Gobierno Radical.
Para calibrar, en la síntesis, los cambios registrados desde el macricaputismo al macripeñismo, vaya la aclaración básica.
Nicolás, El Co, era (y es) el amigo del Ángel. El lugar común del “hermano de la vida”, hoy acotado a las truchas de Cumelén.
Y Marcos, El Pibe de Oro, no es ningún amigo. Ni necesita serlo. El Ángel es su Jefe. El único Jefe.

Bendición de tan fresca
“Tenés que cuidarte de los que te llaman Marquitos. No te olvides nunca, los que te dicen Marquitos te quieren c…”.
Consejo sabio del funcionario macripeñista diez años mayor. Ministro con rango de Secretario. Es el autor de otra teoría que, para no lucirse, persiste en la aureola del autor anónimo.
Indica que “Mauricio es lo más viejo de lo nuevo”.
La cuestión de la edad, en el macripeñismo, es esencial. Impera la fobia a la vejez. El envejecimiento es un error.
Consta que El Ángel tiene reparos para asumir los 60 años. La juventud es una obsesión.
Es exactamente aquí donde el lanzamiento como competidor de Roberto Lavagna, La Esfinge, le llega como una bendición.
Como diría Borges, “una bendición de tan fresca”. Nuestro Adenauer lo rejuvenece.
En la cronología se rastrea también el súbito desprecio por Ventajita. El Titular de la Franja de Massa.

Aquel domingo
Con el macricaputismo, transcurría la algarabía y el ascenso irremediable.
Con el macripeñismo comenzaban a entrarle al Ángel las balas de teflón.
El desgaste irrumpe con estruendo y lo arrastra a Marcos. Como objeto de análisis El Pibe se pone más atractivo porque lo responsabilizan de todos los errores. Fueron innumerables.
Desde la insólita conferencia de prensa del Día de los Inocentes de 2017 que el Ángel profundiza la pasión por el descenso.
La cuesta abajo mantuvo precipicios memorables. Hasta aquel fin de semana de septiembre de 2018, cuando el TGR parecía evaporarse.
Ministros y aliados se amontonaban en la residencia de Olivos. Iban a cortar en rodajas a Marcos, a velarlo, pero terminaron con selfies entre ellos.
Mientras tanto, entre “los abrojos familiares”, aquel domingo el Ángel miraba TV.
Y los conjurados, los que se habían congregado para tajearlo a Marcos, o velarlo, fueron recibidos, en su condición de dueño de casa, por Marcos.
Al final, la sangre derramada perteneció a Mario Quintana, Luz de mis Ojos I. Millonario culposo que se recluyó para armonizarse en el misticismo y volver a la realidad de la mano alucinada de Carrió. La protectora que debe ser, en adelante, protegida. Porque El Girador arrastra la honorabilidad hasta de las sicarias temibles.
A medida que El Ángel descendía los escalones de la consideración, el poder del Pibe de Oro se incrementaba.
En la práctica, gobernaban Marcos y Carrió. Mientras los otros dos poderosos -Geniol y Sor Vidal- se dedicaban a mantener las proyecciones que peligraban. Y El Ángel se dedicaba a profundizar su formidable fervor por el descanso. Por la doma estricta de reposeras. Hasta reaccionar como un reflejo y mostrarse caliente como un bravío calabrés, signado por la euforia que anticipa la depresión.
Indudablemente, la máxima referencia del macripeñismo es Mauricio.
Marcos es el verdadero hombre fuerte del Tercer Gobierno Radical que se aventura en la reelección del Ángel. Atormentado por la perversidad luminosa del Plan V que se extiende.
La idea de cambiar el jinete deteriorado que se desbarranca, con el caballo. Y poner, como jinete, a Sor Vidal.
La Chica de Flores de Girondo se mantiene en las encuestas ofensivas y no le entra ninguna bala de teflón.

Final con territorios
En un desborde injusto, el pensador Calvo sostiene que Peña es el cultor del “nopasanadismo”.
Pero el Pibe de Oro dista de minimizar los problemas. Trata, apenas, de amortiguarlos. Para dominarlos. Contiene a los propios, para que no se cautiven con el Plan V.
Le cuesta amortiguar el frente interno cuando lo culpan del feroz desgaste. Del riesgo de caída, del fracaso.
“Como si Marcos no tuviera el derecho generacional de fracasar. Si fracasaron todos. ¿Por qué no puede fracasar él?”.
Los tres hombres fuertes del Pro se resisten aún a creer en la idea fuerza del portal. Que el macrismo se agota en Mauricio.
Se preparan para la imposible sucesión. Con territorios diferenciados.
Sor Vidal tiene Buenos Aires, la provincia inviable.
Geniol tiene el Maxi Quiosco, del Artificio Autónomo.
Marcos también defiende su territorio. Es Mauricio. El Ángel caliente, el calabrés que los va a exterminar. A todos. Aunque valga, cada día, un poco menos.