Lanzo mi candidatura



Lucas Carrasco-. ¿Por qué no? Terminé de pensarlo y lanzo mi candidatura. Será mi deber cívico, mi ocupación en los próximos años.


Algún día me casaré. Viviré en el campo, frente al río Paraná. Escribiré sin estar online. Escribiré tranquilo. Estaré borracho todo el día. Mirando los árboles por la ventana. Las islas, los camalotes, los barcos tristes de los pequeños pescadores.
Ya tendré los achaques de la edad.
Ya tendré el alma en paz.

¿Puede, un viejo zorro guerrero, retirarse y soportarlo? Que los pájaros al amanecer, que la subida del río, que el vino con los parroquianos, que volver a leer los clásicos, que escuchar el piano infinito y calmo de Sebastian Bach mientras corto hortalizas y escribo poemas sobre los gorriones que pasan.
Ya más pelado. Con la barba más larga. Blanca. Completamente canosa. Mirando por la ventana atardeceres de carpinchos y cuis y vacas que se desploman sobre el follaje, mientras el cielo se puebla, como un campamento de refugiados, de estrellas polivalentes truchas, imaginando variables de la soledad, tomando Amargo Obrero, fumando cigarrillos baratos y cocinando contrabando de lomo comprado a la División Abigeato de la Policía?

Las islas, allá lejos, laboratorios antropológicos de una imaginación literaria. Los camalotes y su insondable torpeza de autitos chocadores. La acuarela de tonos del río al atardecer. Los codos sobre una ventana. Recordando la vida que pasó. Los tríos con minas hermosas, las drogas, los bares literarios, los teatritos independientes, ese naufragio urbano de asfalto, luces, cocaína, travestis y creatividad, poetas suicidas más suicidas que poetas, músicos callejeros esperando su Premio Gardel, toda la precariedad del mundo contra un roble erguido y pajaritos boludos que me despiertan con resaca. Algún colibrí. Mal diseñado por Dios: no son los coloridos tonos, los de esta primavera-verano en las pasarelas de París, donde aún desfilan las chicas que me olvidaron.
Algún lugar, supongo, de todos modos, me espera. En este planeta inmenso lleno de promesas y fracasos.

Hay que dejar pasar los días. Los meses. Los años.

A lo sumo, los sueños pueden interrumpirse por ese trámite burocrático de biología inexorable que es morirse. Qué importa. El dolor de vivir se cura con el tiempo: tarde o temprano moriremos. Todo el mientras tanto es la candidez de vivir el ahora y el presente.