Romina Rocha y Nancy Giampaolo, defensa de la geopolítica



Cuarta parte de la conversación entre las dos periodistas.



Nancy Giampaolo: Me parece que antes de empezar a meternos un poco con geopolítica y políticas de género, y teniendo en cuenta la escasa repercusión mediática del tema (inversamente proporcional a su importancia), habría que hacer algunas aclaraciones en torno a lo que se denomina popularmente "pensamiento conspirativo". El pensamiento conspirativo no sólo existe y está bastante extendido, sino que puede alcanzar unos niveles de delirio que parecen no tener límites. ¿Por qué vincular este tipo de divagues a la noción geopolítica? Porque como en Argentina hay muy pocos especialistas en geopolítica (sí tenemos periodistas avezados en política internacional y se cumple con la sección "Internacionales" o "Mundo" en todos los diarios, pero, por ejemplo, en lo referido a vincular políticas de género con cuestiones transnacionales no encontramos casi nada) es muy fácil confundir alianzas de intereses con "oscuros planes" de dominación urdidos "en las sombras" por "maquiavélicos personajes". Para quien quiera meterse un poco en esto de pensar a Argentina en función de sus relaciones con el resto del mundo, es muy importante poder discriminar entre lo que es una fantasía paranoide y una realidad concreta. Y también es importante vaciarse todo lo posible del espíritu tan tilingo y tan nuestro que nos hace pensar que cobramos algún tipo de legitimidad internacional porque el New York Times o The Independent o Le Monde nos mencionen en sus páginas. ¿No?

Romina Rocha: Sin duda, para muchos argentinos aún seguimos siendo en la medida en la que los de afuera digan que somos o dejamos de ser. Eso quedó muy instalado desde los años '90 por las políticas neoliberales y la propagación de la idea sarmientina de “civilización o barbarie” un poco reeditada en “Miami o Las Toninas”. Mucho trabajador accedió a “lujos” que antes eran exclusivos de una clase a la que no pertenecían, sin importar (ni ser conscientes siquiera) de que fuese a costa de la destrucción de nuestra propia capacidad productiva y de la timba de nuestros recursos. Y esto siempre acompañado de la manipulación mediática que se encargó durante décadas de invisibilizar a los verdaderos responsables de nuestras miserias. Cuando leíamos “La crisis causó dos nuevas muertes” estábamos en presencia de la clave de esto que decís sobre la teoría conspiranoica, que no es más que una explicación superficial de los entramados que determinan los grandes movimientos del mundo. Es decir, cuando alguien peca de conspiranoico no está pudiendo explicar los vínculos entre las causas, los efectos y los intereses que están involucrados porque no maneja nociones geopolíticas. Entonces en lugar de hablar sobre la guita que está en juego en toda la política de género (desde la que se factura en los centros de hormonización, clínicas para realizar abortos, laboratorios y farmacéuticas, hasta el mercado que se amplifica exponencialmente para cubrir las nuevas necesidades generadas por la masificación de los movimientos identitarios), se señala a George Soros como el “Diablo”, el “enemigo de los pueblos” y demás motes que, más allá de no ser tan distantes de alguna realidad, no sólo no explican todos los intereses e instancias de participación necesarios para que la ingeniería social sea aplicable y efectiva, sino que reducen la cuestión a la idea insostenible de que un sólo tipo en el mundo es el causante todos los males. Eso sí que es bien conspiranoico.

Nancy Giampaolo: Por supuesto, no hay un villano, no hay un enemigo detectable al que señalar, no hay una sociedad secreta ni un país conspirando para eliminarnos. Sí hay estrategias que involucran al poder financiero, a las multinacionales y a las grandes potencias, que tienden a perpetuar su poderío atendiendo a su propia lógica. Eso no es un secreto para nadie que se informe en fuentes no exclusivamente hegemónicas, que sepa consultar referentes y medios no exclusivamente argentinos y que, por supuesto, conozca al menos un poco de historia reciente. Pero hay otro factor importante en todo esto que es el sentido común. Yo no soy fanática del sentido común, muchas veces ligado a la mediocridad, pero en cuestiones complejas como la geopolítica sirve mucho porque allana obstáculos de tipo dialéctico y elimina barreras que las operaciones políticas coyunturales imponen a los medios y a los comunicadores encargados de "explicarte" la trama del mundo. El sentido común es lo que te permite darte cuenta de obviedades que, por obvias, a veces omitimos, como que no es posible que un país o un conglomerado de países, bancos y organizaciones de corte globalista que te endeudan, que socavan tu economía, que pretenden explotar tus recursos y que históricamente han demostrado su vocación de dominio y colonización, trabajen en virtud de tu liberación. Y las políticas de género sirven muy bien para entender este fenómeno porque plantean desembozadamente esta vocación de eliminar las identidades nacionales para permutarlas por un ideal abstracto que tiene bastante de aquella vieja idea del "ciudadano del mundo". El problema central de esto es que no existe en los hechos esa suerte de equidad que borraría fronteras, tradiciones, religiones e identidades vinculadas a la tierra, la etnia y demás, en tanto no exista un cierto grado de equidad social y económica al mismo nivel global del que se habla. Casi cualquier argentino que tenga la suerte de viajar a lo que llamamos “primer mundo” va a vivir en carne propia las diferencias insalvables que hay entre un ciudadano europeo o norteamericano y un sudaca. Con la imposición de conceptos -denostados por la mayor parte de las feministas del campo académico y de las activistas históricas- como la “sororidad”, más la supuesta representatividad de las minorías excluidas, las políticas de género alimentan la ilusión de una igualdad de oportunidades que no existe en los hechos.

Romina Rocha: Es que esa es la parte más triste de la observación objetiva: estamos viviendo los tiempos de la historia de la humanidad con mayores niveles de desigualdad socioeconómica, en los que ya ni siquiera podemos seguir sosteniendo que la mayor parte de las riquezas del mundo están en manos del 8% de la población, porque ya estamos llegando a que esa concentración se dé entre apenas el 1% de los seres humanos. Y mientras tanto, cuando se producen alimentos para 10 veces más población de la que hay en todo el planeta, más de la mitad de los niños de todo el mundo se están muriendo de hambre. Entonces discutir estas cuestiones no es simplemente una protesta ante algo con lo que personalmente no acordamos, de ninguna manera. Acá no están en juego nuestros intereses particulares, estamos hablando de visibilizar, de la manera más responsable que podamos, lo que está sucediendo a nuestro alrededor mientras nos apuntamos con el dedo por cuestiones morales que no sólo no le dan de comer a nadie, sino que habilitan que los saqueadores sigan saqueando mientras estamos discutiendo entre nosotros.

Nancy Giampaolo: Claro, nos ganamos nada con ponemos a señalar con el dedo, un deporte muy viejo y arraigado. La Iglesia como blanco fundamental de parte del activismo mediático argentino de género es uno de los síntomas de atraso que tenemos en cuanto a esto de comprender la realidad con una perspectiva geopolítica. Esas movidas de apostatía como la que hizo el colectivo de actrices son un poco incomprensibles si te ponés a analizar cuáles son los agentes locales e internacionales que, en el presente, ejercen con mayor potencia la opresión económica y social de un país como el nuestro. La mentada separación de la Iglesia y el Estado fue dándose gradualmente en Argentina y la realidad es que hoy, al igual que en Brasil, son algunas iglesias evangélicas y no la católica las que acumulan una influencia política descomunal. Sin embargo, no se ha visto a ningún colectivo feminista mediático hablando seriamente del tema, pero sí proliferaron las notas y los memes del Papa Francisco como una suerte de cruzado contra las libertades individuales. Había uno en el que le pusieron el logo de la CGT en la sotana, compartido por algunas referentes del feminismo mediático, que evidentemente catalogan a la fe católica y a los sindicatos como agentes del mal más temibles que el Banco Mundial o las ONG´s bancadas por especuladores financieros. Y esto no es defender al Papa, yo ni siquiera soy católica practicante, pero demonizar a la Iglesia es políticamente obsoleto y sirve para reducir los verdaderos problemas a la nada. Por otra parte, si alguien quiere creer en Dios y rezar en su templo, iglesia, mezquita o sinagoga, que lo haga. Es una de las libertades de nuestro país.

Romina Rocha: Y toda esa movida de rechazo a la Iglesia justamente en estos tiempos en los que el Papa se viene pronunciando abiertamente en contra de las corporaciones, del imperialismo (diciendo en Panamá, literalmente, que “Ningún pueblo es el patio trasero de nadie”, en alusión al histórico dicho sobre nuestra condición latinoamericana ante los Estados Unidos, ¡y lo dijo en una colonia de ellos!) y también ha ordenado el renunciamiento a los subsidios del Estado argentino a la Iglesia Católica apenas empezaron con la campaña de separación y apostasía... Es decir, Francisco parece estar jugando políticamente en favor de los intereses del pueblo y de la soberanía de los países, pero los fanáticos de las causas identitarias sólo ven una sotana y una institución que pareciera ser la causante de todos los males del mundo. Igual que los conspiranoicos.

Nancy Giampaolo: Cambiar la conspiranoia o la ignorancia por una lectura geopolítica tiene que ver con no estar apoyando causas cuyo discurso suena libertario y relacionado a la justicia social, pero las acciones van en otra dirección. Muchas de las ONG intervinientes en el reciente conflicto de Siria para justificar los ataques por parte de Estados Unidos dependen de los mismos capitales que las ONG dedicadas a gestionar políticas de género en el mundo, por dar solo un ejemplo entre miles disponibles para cualquiera, porque no son realidades que se oculten fuera de  los medios hegemónicos. Incluso acá en Argentina hay prensa independiente bien documentada en geopolítica, como Kontrainfo. El feminismo argentino gana mucho si se anima a sacarle un ratito el ojo de encima al feminismo corporativo norteamericano, y busca pautas en las feministas críticas, históricas y disidentes, y en los movimientos de mujeres que se dan en terrenos económica y socialmente desestabilizados como el nuestro. El puertoriqueño Ramón Grosfoguel, por ejemplo, tiene un libro sobre feminismos islámicos que da cuenta la lucha de mujeres que la tienen realmente muy difícil y que constituyen un ejemplo más que atendible para cualquier latinoamericana. Lo mismo con la española María del Prado Esteban Diezma y su libro “Femicidio o autoconstrucción de la mujer” o las norteamericanas que enfrentan a Judith Butler, como Nancy Fraser o Camille Paglia, todas muy distintas entre sí, garantía de pluralidad de ideas e inclusión. Adherir con pasión a cosas tipo el Me too y a las internas de celebridades de acá y de allá, o ver algo más que entretenimiento en el “debate de los culos”, como lo llamó graciosamente la escritora Pola Oloixarac, en un país con media población en diferentes grados de pobreza, es un comportamiento negador y políticamente subordinado. Las argentinas deberíamos buscar nuestra libertad asumiéndonos como lo que realmente somos, entendiendo a la sociedad de la que formamos parte sin discriminar a la que no piensa como una y peleando por generar salidas autónomas. Para eso, la perspectiva geopolítica y la búsqueda de una independencia económica respecto del Gobierno Nacional, por un lado, y de los agentes de financiación internacional por el otro, son las puertas de salida más sensatas. No hay libertad completa si el que paga la cuenta es otro.

Primera Parte:


"No todas estamos representadas por el feminismo hegemónico"


Segunda Parte:


“Es ingenuo hablar de patriarcado”


Tercera Parte:

Romina Rocha y Nancy Giampaolo contra el dogma de “poner el cuerpo”