Lo que mata es la humedad



Mercedes Derna Viola-. Lo común no pega con lo individual. Aún así, y pese al individualismo imperante, estamos llenos de lugares comunes. Son lugares simbólicos compartidos, que nos hacen azotar la cabeza contra el piso del aburrimiento pero de los cuales no podemos escapar.
Generalmente, por holgazanería. Ejemplos de estos lugares son las charlas sobre el tiempo, la intensidad de las lluvias, la superficialidad de someterse a una anestesia totaaaallll solo para agrandar las tetas o achicar la nariz. Ignorando que uno, si quiere, se puede hacer operar la nariz anestesiado parcialmente, con solo la mano izquierda dormida, por ejemplo. Va en gustos.

Tenemos también lugares comunes individuales, cosas en las que pensamos cada vez que pensamos en otra cosa. Me explico con un ejemplo personal (para no perder esta maravillosa costumbre contemporánea de dar auto-referencias): cuando escucho algo relacionado con lo diabólico, pienso automáticamente en una comadreja. La veo de mis ojos para dentro: su cara de rata, su cola de ardilla y su cuerpo trans. Su chillido maléfico, sus olor a zorrino, su cuero duro de chancho jabalí.

Las odio tanto que cuando supe que era un marsupial pensé en el viejo de la bolsa. Ningún canguro. Mi sentimiento tiene justificación, no es magnánimo e irracional como el amor de los animalistas.
Hubo un tiempo que no fue hermoso. En el cual éstos bichos creyeron que mi techo era su techo (¡un lugar común!). Todos fuimos jóvenes e idealistas, así que de buenas a primeras dije: qué linda la naturaleza, podemos vivir todos juntos, total, considerando que ellas comen ratas muertas y huevos crudos, y yo costilla de vaca jugosa con contorno de mollejas, por la comida no vamos a pelear.
Pero cuando mi prole y yo nos íbamos a dormir, la comadreja y su prole se despertaban y nos caminaban por encima; nos separaba un cielo raso sutil como las enaguas de mi abuela, por lo que, acostada en la oscuridad, escuchaba el retumbe de sus corridas, parecían revolcarse de un lado a otro, y galopar. En casa todos los demás dormían. Porque solo yo, que estaba embarazada,  imaginaba el cielo raso abrirse y parir comadrejas asesinas.


Hasta que una noche, una trató de entrar por un agujero que había en el techo, donde un tiempo había habido una luz. El animal metió su hocico en el orificio y chilló, descubriendo unos dientes aterradores. En ese momento, en perfecto equilibrio entre lo proletario y lo burgués, la arrepentimos por la fuerza empujándola hacia arriba con un palo de escoba y tapando el hueco con una pelota de tenis. Ahí, empezó la guerra.

Hay que considerar que si, poniendo de lado el cacho de cultura que tengamos, somos todos animales, yo era además animal hembra con prole y preñez. De lo más peligroso, puesta en peligro.
Empecé proponiendo el desalojo con carta documento. No se iban. Cerramos todos los orificios por los cuales pudieran haber salido de día. Y a la noche volvían a entrar.

Yo dormía cada vez menos de noche, muerta de miedo, no sabiendo por dónde podrían invadirnos, y cuando al alba el sueño me vencía, tenía pesadillas infectadas de comadrejas.
Hasta que mi socio tuvo una idea: usar el arma de guerra doméstica contra los mosquitos, es decir el espiral, para hacerlas salir del techo. Y funcionó, salieron tosiendo. Solo que volvieron.
Así que repetimos la operación y las esperamos afuera (como se decía antes de que existiera facebook). Menos yo, que muy corajuda me escondí por ahí, los demás las esperaron afuera con una ingenuidad que daba ternura: el arma de exterminio era un aire comprimido. Como querer depilar un carpincho con una pincita. Las comadrejas se reían a diabólicas carcajadas mientras los balines rebotaban contra su cuero duro. Pero las carcajadas hicieron despertar el instinto a una perra labradora ya muy vieja, que nunca había cazado pato ni gallareta, la cual se levantó esbelta de abajo de un sillón y con un solo movimiento certero, con esa precisión que solo años de genética heredada logran, mató a una, abriendo así la cacería, antes de volver a echarse para siempre.
Las demás fueron golpeadas con palos de escobas y estropajos que se rompían contra sus cuerpos. Algunas escaparon - y volvieron de visita hace unos días, después de años, a retirar un cuí (para mi era una rata) al cual los gatos le habían sacado la cabeza-  y una fue atravesada fatalmente por un tenedor parrillero, que yo hubiera tirado, más los conservadores lavaron y siguieron usando para terminar el asado.
¿Por qué les estaba contando esto?
Ah, sí, por lo de los lugares comunes individuales. Y bueno, de frente a lo diabólico yo pienso en la comadreja, otros pensarán en el exorcista, o en los cuernos o en el cuervo, el rojo, el fuego. Como el fuego que me voy a prender ahora, aunque haga calor, mucho calor, pero es seco y ya se sabe, lo que mata es la humedad.