La estrella del partido



Mercedes Derna Viola-. Las brasas en la carretilla, los chorizos sobre la parrilla, el pan listo ahí al lado, las luces que miran fijo el campo de juego aún vacío. El rocío sobre pasto en la noche húmeda y estival de una ciudad con río. Nosotros y los otros,  que comemos girasol sentados o parados, el ruido de las semillas que explotan entre los dientes.



Las conversaciones, los saludos, viejos amigos, niños hechos hombres. Los policías, un perro, el árbitro y los hombres línea; el control de las pelotas, los silbatos y las banderillas.

Las tribunas, los insectos que nos sobrevuelan como papel picado, sentárseles lejos. Las mujeres, hermanas, abuelas, las madres las amigas las hijas recién nacidas. Los amigos, los padres, los hijos, los hinchas y la hinchada, los tambores, los cuernos y los ¡es corner, cornudo!

Los periodistas, los fotógrafos, y el estadio lleno de expertos de futbol (que somos nosotros en las tribunas). ¡Burro, corner hace tu hermana!. Las hermanas, las mujeres y las madres de los jugadores y de los árbitros (también de los técnicos y masajistas, si se lo merecen) son el blanco preferido de los insultos de los expertos. El árbitro puede anular el partido si los insultos son discriminatorios. Digamos que ‘hijo de puta’ está bien (al fin y al cabo es de las profesiones más antiguas) pero ‘hijo de puta negra’, no.

En el estadio todo está vivo y sucede bajo tus ojos, tus orejas y tu nariz, y el partido se mira entero. Ningún resumen de los pasajes mejores. En los momentos aburridos, de pelotas que se van afuera y juego lento, uno se distrae, habla de algo, mira para otro lado, y ahí hacen un gol, que te perdes y festejas desorientado y sin replay.

En el estadio se siente el ruido de la pelota contra los cuerpos de los jugadores, que la paran con el pie, con el pecho o la cabeza si va todo bien, con la garganta, la mandíbula o la nariz si viene torcida. Lo que importa es pararla, mandarla lejos del arco cueste lo que cueste. Mandarla al otro arco, el de ellos, y luchar sin las manos para hacerla entrar por esa puerta. Es fácil, mira qué chiquita es la pelota. ¿Cuántas veces cabe esa circunferencia de cuero de casi medio kilo en de ese arco?



Y en realidad, tan fácil no es. Aveces no llegas ni por asomo mientras los otros te llenan el arco de pelotas, agujerean la red por todos lados, como si el arco estuviera embrujado, en un estado de receptividad exagerado e insolente, pero solo para ellos, amplificando al infinito la soledad de tu arquero.

Anoche en el estadio Mutio de Paraná los arcos estaban cerrados para todos. Pero los nuestros llegaron a encontrar una grieta. No vi cómo,  porque estaba mirando los expertos con banderas y tambores, pero dicen que fue un gol muy lindo. Uno a cero y de fondo las brazas en la carretilla, cantos de la hinchada y perfume de humo de chorizos a la parrilla. El pan amigo que acompaña la espera del segundo tiempo, entretiene los chicos, festeja  los vencedores, consuela a los vencidos, y me hace declarar como experta que soy de éste juego apasionante, que la estrella del partido, es el choripán.