Un mundo feliz (lleno de hipocresía)



Ezequiel Bauman-. El neoliberalismo postula el retiro del Estado de la economía pero el avance estatal sobre la represión de los cuerpos. La libre circulación del capital pero la restricción a la circulación de las personas.



La religión neoliberal tiene un manual básico que repite y repite. Machaca todo el tiempo con sus mandatos bíblicos. Cuando los propios econochantas de esta religión inclumplen sus mandamientos, no es que se arrepienten y son perdonados, sino que dicen que es culpa de que no se haya ido a fondo con el cumplimiento del mandamiento. Lo cual, por supuesto, no tiene lógica alguna.
Por eso a la religión neoliberal no se la puede abordar desde la lógica, sino desde la fe. O mejor dicho, desde el negocio de la fe. Porque para los econochantas que predican la religión neoliberal, la fe en sus postulados es un gran negocio. Por eso ni se molestan en tomarse en serio su biblia, sus mandamientos, sus dioses. Por el contrario, cometen el peor de los pecados (según su propia religión): privatizan las ganancias, socializan las pérdidas.

Abominan del Estado pero como han demostrado las autoridades del Banco Central durante el mandato de Cambiemos y la causa de los cuadernos, que mal lleva el juez Bonadío, el dinero en Argentina se hace a través del Estado, con "contactos" en la política. No a través de la libre competencia ni de la oferta y la demanda ni de la creatividad e innovación en las fuerzas productivas, como predican de manera hipócrita.
Las LEBAC, Lelquis y demás instrumentos de estafa legalizada, así como el monumental negocio de la especulación y la deuda externa, brindan la mayor rentabilidad a un puñado de ricos. Al tremendo costo social de que las grandes mayorías paguen esta fiesta de los ricos.
De acuerdo a UNICEF, la mitad de los niños argentinos ya están bajo la línea de pobreza.
Éste es el costo concreto y quiénes lo pagan del festival de bonos financieros con garantía estatal de rentabilidad extraordinaria que tanto rédito le ha dado al puñado que vive alrededor del Banco Central Argentino, una entidad estatal muy codiciada. La versión provincial de esta fiesta, es el endeudamiento para gastos corrientes, con un banco privatizado en manos de Eskenazi, con la coparticipación federal como garantía. O sea, todos los ciudadanos entrerrianos garantizando las ganancias del mundillo financiero, sin rédito alguno para nadie más que para ellos. 
Lo mismo pasa con la Patria Contratista, que tal como deslizan a través de sus voceros en la prensa a raíz de la causa de los cuadernos, no puede vivir sin contratos estatales. Llevan la privatización en la sangre, pero en el fondo son más estatistas que hasta la versión más radicalizada de la izquierda peronista. Con quienes, dicho sea de paso, sus balances empresarios florecían, mientras que con este gobierno, con "uno de ellos" en la Presidencia de la Nación, los ingresos son raquíticos y los egresos aumentan al ritmo catastrófico de la actual hiperinflación no reconocida oficialmente. 

En este marco de hipocresía, los econochantas de la religión neoliberal justifican su fracaso diciendo que si nosotros sufrimos -nunca ellos, que la pasan bomba- el día de mañana reinará la felicidad en la tierra. Porque bajará el Riesgo País, vendrán inversiones extranjeras que nos salvarán y habrá crédito para que todos pongamos nuestra empresa. Patrañas.
Su reiterado fracaso en los pronósticos no los hace poner colorados. Aún a la espera de los brotes verdes, el segundo semestre, las inversiones extranjeras, los beneficios de la supuesta "entrada al mundo", los argentinos miramos impotentes la intervención extranjera a través del FMI en la economía nacional para agravar los problemas por los cuales se los convocó y destruir las pocas resistencias que quedaban, como las pocas empresas que sobrevivieron a este tsunami económico de ineptos.