¿Por qué siempre el pene?



Mercedes Derna Viola-. Siempre me dieron tristeza las despedidas de solteros.



Será que las que hacen demostraciones públicas son las más deprimentes, pero mi sensación es que las secretas sean aún mas tristes.

Como aquella donde fui una vez.

Un puñado de treintañeras que toman y ríen un poco histéricas en una casa con pocas luces. La prima hace entrar por la puerta de atrás un hombre anónimo. Él pregunta dónde está el baño para ir a prepararse (un hombre que “va a prepararse” al baño ya me da dolor de panza) y después de una ansiosa (no sabes cuánto) espera, aparece vestido de policía (ni siquiera de bombero) y empieza a bailar.

Lo lindo viene cuando se saca la camisa y la hermanita de la esposa, contraria al evento desde sus albores, intenta frenar la cosa. Disgustada empieza a gritar, amenazando con llamar al novio, noto por sus celos, para que abriera los ojos en relación a su futura esposa.

Entonces una amiga de la esposa toma las riendas de la emergencia y aleja la hermanita, que siendo abstemia no era alcohólicamente reducible, y la atormenta con palabras, explicándole que quizás ésta sería la ultima vez que su hermana se hubiera reído antes de emprender una vida de mierda con aquél tipo hasta que la muerte no los hubiera separado.

Mientras tanto, las otras amigas de la esposa incitaban al joven que se sacaba los pantalones desgastados arrancando teatralmente el velcro, y, a mitad de camino entre un baile tribal africano y una primera caminata con taco alto, agitaba su paquetito de plastilina, arriba y abajo, izquierda y derecha, tan contento cuanto aceitado.

Me fui a sentar al fondo de la sala al lado de la hermanita disgustada, y comiendo pororó, pensaba que el deseo y un hombre aceitado y depilado bailando semidesnudo, viajan en mundos paralelos que no se encontrarán jamás.

Terminado el espectáculo, Mr Plastilina fue a la cocina a vestirse. En ese momento pensé que la cosa podía ser antropologicamente interesante, y me presenté. Quería saber todo.

Él, pensando que había ido a negociar algún servicio extra, sacó del bolsillo posterior del pantalón la billetera, y anteponiéndola como el cura la cruz en el exorcista, me mostró la foto de la novia, y me dijo que él hacía solo el show. Le dije que se quedara tranquilo, no quería su cuerpo (dios me libre), solo su alma por unos minutos, y empezamos a conversar.

De día trabajaba en un galpón y tenía un perro grande y negro (con foto adjunta). Era hijo único y vivía con la madre, aunque, guardias y shows permitiendo, dormía frecuentemente en lo de la novia. El aceite no le daba fastidio cuando se volvía a vestir. Se depilaba con crema depilatoria porque el dolor de la cera era insoportable. Se ponía gel en el pelo porque “a las chicas le gusta” (la sabiduría de Mr Plastilina). La camisa era turquesa porque “aunque parezca un duro, éste es mi color preferido”. Me interrumpió la prima de la esposa que entró en la cocina a pagarle, y él se fue con su bolso, sin saludar a las chicas “para no romper el encanto” (imagináte vos). Mientras tanto la esposa colapsó en una especie de efecto tequila, las amigas la acostaron (sola), y se fueron a bailar.

Pero mas allá de esta pequeña historia triste, quisiera entender exactamente qué cosa festejan en éstas fiestas.



La soltería es, estando al vocabulario, la condición de la persona que no se ha casado. En estas fiestas se celebra el adiós a ésta condición.

Ahora. ¿Es una verdadera fiesta, de quien cree en una raíz instintiva de la práctica de la monogamia y del amor eterno? ¿O se trata de esa tesitura tragicómica que reviste la atmósfera de ciertos funerales? Donde se toma para atravesar el dolor por una gran pérdida, y se hacen chistes y se tiene sexo, las mejores maneras de darle pelea al miedo de la muerte.

Para mí es más la segunda.

Pero hay una cosa que me resulta difícil entender: ¿Por qué siempre el pene?

He visto a lo largo de los años, hombres desnudos en camioneta a paseo por la ciudad, otros (ya en el primer mundo) con cinturones de los cuales se bambolean falos gigantes, penes esgrimidos como cetros o espadas, dando forma a los sombreros. Luego están los que al esposo le afeitan todo arriesgando la amputación del delicado paquetito de nueces que se encuentra por aquellos lares. Otros llevan el novio al cabaret. Y de ahí están los que miran y no tocan, y vuelven a casa borrachos y nostálgicos y se sueñan pequeños entre las tetas de una madre próspera; y los que consumen todos los extras como si fuera la ultima vez que lo hacen. Y no lo será.

Entonces podemos decir que en éste espectáculo triste, el hombre celebra el funeral de su pene que, aún si será infiel, no será ya libre.



Pero también he visto mujeres ofrecer bananas a los que pasan en el Parque Sempione, para que ellos se las dieron de comer a la novia. He visto una mesa de despedida de soltera llena de masas finas (no tanto) con forma de pene, y un pene gigante de chocolate con tanto de crema chantilly a modo de torta. He visto mujeres disfrazadas de penes de diferentes tamaños y materiales.

Entonces me pregunto: ¿festejan también las mujeres el funeral del pene libre del esposo, como primer gesto de abnegación conyugal? ¿O representan el funeral simbólico de todos los penes libres del mundo que no podrán ya testear?

Como quiera que sea, que se festeje lo que se tiene o lo que se recibe, lo que se ha sido y no se volverá a ser: la vagina no está. Ninguna representación en las fiestas, en las tortas o en las calles por la noche. No hay hombres ni mujeres disfrazados de vagina.

Quizás porque la vagina es ausencia. Difícil de pronunciar, sustituida por mariposas y ostras. Es difícil de ver si no se es contorcionista. Es imposible empuñarla. Se puede, al máximo, habitarla humildemente, desarmado. No se la puede representar sino a través de los bordes que la delimitan. La vagina es espacio, es túnel. Es goce sofisticado, no descontado ni mecánico. En ella se consuman los errores y se arreglan, dentro o fuera de la ley. Es punto mágico de ida y vuelta entre el mundo externo y el misterio de la vida. Demasiado sacra para convertirse en adorno de fiestas vacías.

El único modo de aferrarla es tener el permiso de abrazar la mujer que la custodia.