Paren el mundo, me quiero bajar



Daniela Sánchez-. La locura de estos días.




El ticket del supermercado dice: no votes a Macri.
La boleta de la luz dice: no votes a Bordet.
Las tasas municipales dicen: no votes a Varisco.
¿Hay que volverse anarquista?
No hay muchas opciones, por lo menos hasta que se conozcan quiénes son los candidatos. Lo que sí hay es una mezcla de impotencia e indignación. Como no son sentimientos agradables, lo mejor es pensar en otra cosa. No darle bola a la política por un tiempo. Aguantar hasta que esto pase o esto cambie, sean quienes sean los próximos gobernantes.
Sumergirse demasiado en la información política es depresivo. A la vez que genera ansiedad.
La depresión es, a grandes rasgos, pensar melancólicamente en el pasado. Incluso idealizar el pasado anterior al momento que ocasiona dolor. La ansiedad, cuando empieza a ser un problema, es un miedo desmesurado al futuro. Ver la información política, sobre todo si son datos sueltos, sin contexto ni comprensión de los hechos en su justo marco, genera depresión y ansiedad. Es casi natural que los medios de comunicación tradicionales pierdan ya no credibilidad, eso lo perdieron hace rato, sino que pierdan interés.
En su alocada búsqueda de recuperar el interés, acuden a cualquier cosa. Más que nada, en estos tiempos, a la histeria de las redes sociales.
Todos los meses hay escándalos. Es difícil separar la paja del trigo, seguir el frenesí de alocadas acusaciones, escraches y demás. Pasadas una semana, nace otro escándalo. Todos los políticos pasan a ser corruptos, todos los empresarios, todos los habitantes más o menos. Excepto claro la audiencia propia del medio de comunicación, que son unos ingenuos y santitos que siempre son víctimas de los males que se ponen de moda en forma de espectáculo. Y no es que esos males no existan, que sean inventados, que no sean un verdadero problema. Lo que pasa es que se convierten en show. Un show especialmente macabro, cuanto más escatológico mejor. Incluso show con sangre, asesinatos atroces. destrozar las familias, ponerse a opinar sin saber, es lo que hace el microclima de las redes sociales. si el periodismo no separa la paja del trigo, pasa a ser una página más de Facebook. eso sí, con publicidad oficial.