"No todas estamos representadas por el feminismo hegemónico"



Romina Rocha administra la página La batalla Cultural y es secretaria de redacción de la Revista Hegemonía. También colabora en las revistas Insomnio y Lo inventó Perón.
Nancy Giampaolo es periodista cultural, guionista y docente, y escribe en los diarios Los Andes y Perfil, y en Revista Paco, entre otros medios. Con el boom de las políticas de género, las dos periodistas asumieron una postura disidente que se atreve a cuestionar al feminismo hegemónico, impuesto desde los medios masivos. En esta primera parte de una extensa conversación que publicaremos en etapas, reflexionaron sobre los problemas de un feminismo que elige aliarse, discursiva y activamente, al movimiento LGBTIQ

Nancy Giampaolo: Cuando me contaste sobre la interrupción que sufriste durante una charla que estabas dando por parte de un trans que te criticó por no usar lenguaje inclusivo, me quedé pensando en esta idea cada vez más fogoneada desde los medios y desde el sistema educativo en la que, cambiando una vocal, ya estaríamos dando un gran paso en la justicia social, mientras lo que en la realidad sucede es que cada vez estamos más lejos de ella. Es casi como adjudicarle un valor mágico al lenguaje, una cosa medio a lo “abracadabra” ¿no? Al mismo tiempo tenés la partícula "trans" que hasta hace no mucho se asociaba a los transgénicos y tenía una prensa desastrosa porque casi todos sabemos que la producción y el consumo de esos alimentos afecta negativamente a la salud, pero, aplicada al humano, cobra una valoración positiva...

Romina Rocha: Es súper interesante el planteo que hacés sobre cómo aquello que antes era considerado un perjuicio para la salud de los seres humanos, al ser aplicado bajo esta pretendida nueva "normatividad", pasa a ser un valor agregado para los mismos seres humanos, transformando en el proceso discursivo dos cuestiones complejas en elementos inocuos. Por un lado, permitiendo que se le baje el precio a la lucha de años que llevan miles de personas en todo el mundo, pero en especial en nuestro país y en particular en la provincia de Entre Ríos, en donde la mayoría de los habitantes que viven expuestos a los agrotóxicos están enfermos y muriendo, cuestión que es absolutamente invisibilizada por los medios de difusión hegemónicos y que, por causa de los intereses extranjeros y de los acuerdos irresponsables de los locales, sigue avanzando y llevándose la vida de seres humanos que son, a raíz de ello, transgénicos en sí mismos. Sin embargo, eso de que ahora "ser trans" es "cool" (y para algunos un orgullo y hasta una obligación postmoderna) tiene mucho que ver con eso del lenguaje que marcás. En los hechos, no hay justicia social posible ni realizable por causa de una letra en el lenguaje, pero sí podemos ver cómo esa imposición forzada altera y desequilibra la convivencia en sociedad, ya que nos pone a discutir las formas dejando de lado los contenidos e invitándonos a ser parte de una desarticulación feroz de lo que somos. Eso de "Quien nomina, domina" creo que es la clave de por qué el énfasis en esto del "lenguaje inclusivo", que hasta hace un tiempo nos podía parecer una pelotudez pero que ahora, pienso, nos cae la ficha de lo complejo que es en realidad este fenómeno.

Nancy Giampaolo: Y se repite un esquema de mayorías subordinadas a minorías. Hace poco leía un informe muy serio de Ivan Beisel en el que se establecen distinciones entre: Persona cisgénero, Disconformidad de género, Persona Transgénero, Disforia de género y Persona Transexual. Las estimaciones ponderadas para las categorías no cis oscilan entre algo así como el 0,05 y el 0,5% y se agrega que "hay una gran dificultad para los estudios científicos, ya que se hace imposible usar procedimientos aleatorios para tomar muestras lo más representativas posibles, especialmente porque muchas personas transgénero llevan su identidad en secreto". Mi impresión al terminar de leer el artículo, (que es muy claro incluso para personas de un palo alejado de la ciencia como el mío y por eso lo recomiendo), es que hay un largo recorrido de investigaciones por delante para entender el fenómeno LGTBIQ. Lo único genuinamente irrefutable por ahora es que estamos ante algo que afecta a una minoría muy pero muy mínima, valga la redundancia, si la comparamos con las mayorías afectadas por fenómenos como la pobreza, la contaminación, la violencia callejera, el trabajo precarizado y todo lo que sí es moneda corriente en Argentina. Por lo tanto, desde mi oficio de periodista, sigo sosteniendo que no es coherente que la prensa de un espacio tan grande a grupos minoritarios y ningunee fenómenos masivos. Lo que dijiste de los agrotóxicos es perfecto para ilustrar este ejercicio sesgado del oficio periodístico que engloba a medios tan supuestamente disimiles como La Nación, Página 12 o los numerosos portales y revistas progresistas o autoproclamados como de izquierda. Por otra parte, personas como yo, catalogadas como “feministas disidentes” por no adherir al feminismo corporativo, que es el que se ha impuesto masivamente en el mundo, pero acá en Argentina más especialmente aún, son frecuentemente rechazadas por los editores. Nuestra prensa se blindó en gran medida a cualquier voz disruptiva, cosa que no ocurre por ejemplo en Francia o en Estados Unidos, y tampoco en el marco de los feminismos islámicos o algunas vertientes latinoamericanas sobre las que acá ni se habla, porque se privilegian movidas elitistas como el Me too. Y además se pegan las reivindicaciones de las mujeres a las de las minorías sexuales de las que hablábamos recién. Para mí es un error analogar las necesidades de dos grupos que son muy diferentes entre sí, so pretexto de que ambos han sido víctimas del “patriarcado”, otro concepto que vale la pena que discutamos más adelante. ¿Vos qué pensás que perdemos las mujeres al pegar nuestras luchas a las de la comunidad LGBTIQ?

Romina Rocha: No está mal esa categoría de “disidente”, más allá de que los rótulos son siempre una cagada y, en este caso, buscan polarizar para que peleemos. Me parece que es bueno que tengamos al frente a minas como vos que se plantan ante estas embestidas corporativistas y que representen la voz de quienes no comulgamos con las movidas identitarias; de lo contrario, pareciera que todas las mujeres estamos representadas por el radicalismo feminista cuando no es así. Por el contrario, cada vez más mujeres se están dando cuenta de que todo esto viene a retrasar más que a hacernos avanzar y que no es lo que necesitamos para convivir y desarrollarnos como individuos. Y en este sentido, eso que planteás sobre poner en un mismo lugar las reivindicaciones de las mujeres y de las minorías sexuales es como decís, una trampa muy jodida en la que muchas minas, algunas de ellas con la mejor de las intenciones, se pliegan creyendo que hay una especie de hermandad o solidaridad de grupo que se respeta y que es recíproca cuando esto no es así. Porque creo, respondiendo a eso que preguntás sobre lo que perdemos en este menjunje, que lo principal es lo que no tenemos necesidad de pensar, porque naturalmente venimos preparadas para algo que es pura y exclusivamente femenino: la capacidad de albergar vida. Y esto no significa que tengamos el mandato de la maternidad ni nada de eso, se trata de posibilidades o imposibles, no hay medias tintas. Un hombre no puede albergar vida en su vientre, por más mujer que se sienta o se autoperciba. Esto no lo cambia un DNI, una ley, un lenguaje ni un tratamiento hormonal. No hay chance. Y desde esa imposibilidad de deshacer algo que es intrínsecamente femenino, el hecho de permitir que la comunidad LGBTIQ sea la que se pone al frente de una cuestión tan delicada como lo es, por ejemplo, la ley del aborto, creo que es en sí mismo una derrota del movimiento feminista que no supo (ni sabe) ver la enorme contradicción que hay en hacer de cuenta que todo es lo mismo y que no importa lo biológico porque todo es cultural y relativo. Además, los grupos minoritarios siempre pugnaron por sus propias reivindicaciones, jamás se plegaron a la lucha colectiva de ningún sector que no fuese el propio o afín, pero ahora pareciera que sin ellos no hay lucha que valga y eso es una paparruchada. Es como pensar que los porteños que salían a cacerolear por los dólares van a ir a reclamar también por los jubilados. No va a pasar, como tampoco va a pasar que el colectivo LGBTIQ vaya a seguir apoyando incondicionalmente todo lo que el feminismo propone, ya que básicamente lo único que hace como colectivo es hablar de sí mismo y señalar a todos quienes no comulguen con ellos. Por eso creo que van a empezar a tener rupturas fuertes dentro del movimiento que engloba a feministas y minorías sexuales enfrentadas a lo que denominan “patriarcado”, porque las diferencias concretas entre ambos grupos en algún momento se van a hacer evidentes y ahí sí que vamos a ver a muchas pibas conflictuadas. Es muy grave no distinguir y no hacer autocrítica, siempre es un pelotazo en contra.

Nancy Giampaolo: volviendo al lenguaje inclusivo, me viene a la mente una nota muy buena de Daniel Molina titulada “Una solución falsa para un problema que no existe” en la que te explica claramente por qué imponerlo haría que el castellano pase a ser otra lengua, y por qué en realidad es una movida sin otros sustento que la militancia de lo políticamente correcto, pero además, agrega una reflexión excelente que cito textual y que me parece un buen cierre para esta parte de la charla: “¿Por qué convendría seguir con el castellano? Porque es el idioma más inclusivo que jamás existió. Lo hablan 570.000.000 de personas desde que nacen, desde analfabetos pobres a catedráticos ricos. Se habla en más de 30 países en cientos de culturas distintas, en miles de contextos lingüísticos. No existe nada parecido al castellano: no son culturalmente semejantes ni el inglés (el idioma más hablado por los que aprenden una segunda lengua) ni el chino mandarín (el idioma más hablado -algo más que el castellano-, pero solo por una parte de los chinos y por nadie fuera de ese territorio acotado de China)”. Y luego se explaya: “Según los militantes del género neutro (o “lenguaje inclusivo”), el masculino genérico es un resabio machista que debe ser eliminado de la lengua. Esa es la posición que sostiene la gente que apoya lo políticamente correcto. Creemos que se debe a la ignorancia de la gramática castellana. ¿Por qué decimos esto? El masculino genérico no viene del castellano medieval ni del latín, sino del indoeuropeo. Viene del fondo de la generación del lenguaje”.
Ante esto, me parece que el corolario es el frecuente en muchas iniciativas del feminismo hegemónico: la ignorancia hace que la buena intención quede solamente en el plano de la intención y nada se concrete o, peor aún, se concretan algunas cosas que son buenas para unos pocos y dejan afuera a muchos... ¿o muches?

La segunda parte de esta conversación, continúa acá. 
La tercera parte de esta conversación, continúa acá.