Izquierda y catolicismo: lo que no querés saber

 Antonio Escohotado-. El lecho de Procusto como sobredeterminación.


Se objetará que negar la cesura entre comunismo milenarista y comunismo científico construye unidades saltando sobre sus diferencias, y que la vitalidad del entendimiento no depende de aglomerar sino de separar, distinguir y matizar. No hay duda de que la estupidez extrema identifica los sujetos a partir de sus predicados, deduciendo de su común blancura una identidad entre la nieve, la cal y la pasta de dientes. Pero no merece omitirse que este tipo de operación mental cunde cuando las cosas han sido reducidas previamente, y cierta audiencia aplaude oyendo decir que «quien no está conmigo está contra mí». Así como nada puede considerarse más profiláctico que discernir lo heterogéneo de lo análogo, lo parejo y lo accidentalmente afín, nada justifica ignorar un espíritu unitario allí donde se ponga de manifiesto. Una secuencia puede descomponerse en planos cronológicamente desordenados, pero el nervio del asunto reaparecerá aquí y allá, imponiendo al montador de la película transformar sus coincidencias en casualidades.

Supongamos que la tesis permanente sobre la propiedad privada y el comercio no es suficiente para postular una copertenencia. Será mero azar, pues, que la lógica del celote integrista reaparezca intacta en los comisarios ateos. No menos casual no puede ser que escribir Liberté en vez de liberté -otorgando al término una diosa patrona- justifique derogar el cuadro de libertades reconocido por la Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano, un documento que dos años después de aprobarse democráticamente le parece a la facción gobernante un recurso del antipatriota. Como los ateos previos nunca propugnaron uniformidad ideológica, un azar adicional explicará que el ateo antimercantil imponga o consienta una censura tan amplia y meticulosa como la ortodoxia monoteísta.

Para el laico en general, que juzga al prójimo por sus obras, la «pureza de principios» es tan indiferente como el número de zapato o las estrías del codo. Pero necesitamos un nuevo golpe de azar para entender cómo el ateo de la sociedad sin clases exige no sólo identidad de opinión sino de sentimiento. La cama del legendario Procusto, que cortaba o estiraba al huésped para adaptarlo a sus medidas perfectas, no sería en general una condición de su «nueva» mentalidad. Desde mediados del siglo I a mediados del III millones de cristianos pusieron todos sus bienes a los pies de sus apóstoles, por ejemplo, esperando con ello acelerar un Juicio Final donde «los dedicados al comercio aguardarán la tortura llorando y gimiendo». Esto tampoco guarda otra relación que la casual con prácticas de tribunales revolucionarios modernos y contemporáneos.

El principio de continuidad no cambia una coma de la historia, pero en casos de fenómenos con eslabón perdido incrementa la densidad del significado, aportando detalles antes unidos solamente a algún otro sector del registro escrito. La versión irreflexiva de los hechos cree que el comunismo es el fruto maduro de dificultades económicas, por ejemplo, equiparándolo así a instituciones tan intemporales como el chivo expiatorio o el imaginario del parricidio. Pero al mirar el asunto con algo más de detenimiento topamos con un proceso esencialmente histórico, dentro de una cultura donde no deja de influir desde entonces. Como acaba de recordarnos el auge del movimiento antimercantil desde el otoño de la Edad Media, no hay base para suponer que sea una función de decrementos en la renta general, sino más bien de que reaparezca el cultivo del riesgo aparejado a la existencia de libertades cívicas. Escindir la forma espiritualista y la materialista de su apostolado sólo contribuye a cerrarnos los ojos ante algo más manifiesto aún: raptos aislados de furia y un llamamiento perenne a expropiar.