Fukuyama tuvo razón



Lucas Carrasco-. Estamos asistiendo al fin de la historia. Aunque el Partido Comunista, garante mundial del capitalismo, pudo demostrar que la democracia no va de la mano del liberalismo económico. Lo que está  en peligro es la democracia, no el capitalismo.



En 1992, el funcionario del Departamento de Estado de EEUU y docente universitario, Francis Fukuyama, publicaba el libro The End of History and the Last Man, como continuación de su ensayo "¿El fin de la Historia?" que recorrió las revistas académicas de todo el mundo. Para criticarlo.
Fukuyama fue y es poco leído y muy citado, para refutar lo que nunca dijo. Un deporte argentino. Importado de Francia.
Crítico de la concentración de la riqueza, de la faz financiera del capitalismo y a la vez, un hombre de derecha, supo ver que el capitalismo iba a triunfar en todo el mundo.
No hace falta explicar que es el Partido Comunista Chino quien sostiene en el Foro de Davos las banderas rojas del capitalismo de libre mercado (que no practica), en contra de la postura intervencionista de la economía de Donald Trump, electo Presidente de EEUU por el Partido Republicano. No fue Hegel el que fue puesto patas arriba, como quería Marx, sino el propio Marx.
Y es que Fukuyama se inspiraba, justamente, en Hegel. Y en la visión hegeliana de la historia. Y siguiendo esa línea de pensamiento, vio venir el nuevo mundo.
Eso sí, pecó de exceso de entusiasmo al presuponer que la desigualdad social se minimizaría, cuando en realidad creció. Y es que, la democracia liberal no vino de la mano del capitalismo ahí donde el capitalismo fue ganando espacio a la versión comunista del maoísmo y el estalinismo.

Laos, un país de seis millones de habitantes, está gobernado por un partido único, de carácter marxista -el Partido Popular Revolucionario- pero permite que en su Asamblea Nacional, que es la que elige al Presidente y el Primer Ministro, haya legisladores independientes. Solo hay un puñadito. Pero en su vecina China no se consigue.
Eso sí, la economía de Laos, aunque creció al transformarse del estatismo autoritario al capitalismo, sigue siendo una economía de la escasez, donde 8 de cada 10 practica la agricultura de subsistencia, a pesar de las minas antipersonales, reducto de la guerra de Vietnam o segunda guerra de Indochina Francesa, de las cuales solo se han desactivado un 1%, por falta de dinero. Laos vive de préstamos del FMI.
Su mayor apertura política (se permiten las religiones, se puede votar con mayor libertad que en las dictaduras clásicas, hay mayor equidad de género que en los comunismos vecinos, no está prohibido ningún idioma -se hablan varios- y varias etnias conviven pacíficamente) contrasta con China, una dictadura cerrada y feroz. Pero China es un enorme éxito económico y Laos no tiene ferrrocarriles, siquiera.

Aparte: parte de la comunidad hmong huyó de Laos hacia la Argentina, por la violencia en su país. Fueron recibidos por la última dictadura militar argentina, dado que huían del comunismo (en realidad, se había roto la alianza entre los soldados realistas que defendían la monarquía y las milicias comunistas). Ya gobernaba el dictador Viola. Los hmong se integraron a la Argentina a través de sus conocimientos en la agricultura. Hoy se han asimilado y las nuevas generaciones, aunque son llamados "chinos" como se habla de "turcos" para mencionar a los árabes y de "gringos" para clasificar rusos y alemanes inmigrantes, tienen sus raíces en Argentina y han perdido contacto con el empobrecido Laos, que en aquellos momentos, instado por Vietnam (satélite de la Unión Soviética, peleado con China) cortó relaciones con China y solo tuvo una balanza comercial -naturalmente, deficitaria- con Vietnam, hoy otro país capitalista con dictadura comunista. Al igual que Laos. 

Fukuyama consideraba que la religión es un factor de atraso para la civilización. Y que el fin de la historia no quería decir que dejaran de pasar cosas, que se acabara el dinamismo y el avance a la complejidad, sino que la ciencia reemplazaría los paradigmas preexistentes. Tuvo razón. A pesar de los brotes de irracionalismo -en Entre Ríos lo vemos en el ecologismo bobo, pero en el primer mundo, su colmo son los antivacunas o los terroristas "animalistas"- es la ciencia el paradigma triunfante en los mayores avances de las últimas décadas.
Le erró al creer que el desarrollo industrial traería libertad política y derechos civiles. Por eso más adelante matizó esta tesis.
Sin embargo, uno de los pilares de la democracia liberal, que es para él una cierta equidad jurídica, han logrado sobrevivir en los países democráticos a las diversas olas de linchadores y neofascistas con lenguaje progre que presionan por abolir derechos elementales como el juicio, la prueba, la defensa, los derechos humanos. Esta resistencia de la democracia se da incluso en latinoamérica, donde muchos gobiernos se arrodillan ante la dictadura china y alaban el capitalismo militar de Venezuela y Cuba y ven en Putin, el cesarista ruso, una especie de aliado de vaya uno a saber qué rumbo. Es tal la confusión y el desamparo de una izquierda nostálgica del estalisnismo, que hasta siente simpatía por el terrorismo islámico y su califato, cuando atacan a civiles de EEUU u occidente en general. Por lo bueno que tiene occidente, no por lo malo. Aunque sí sea responsable, en parte, del surgimiento y mantenimiento de ese fabuloso negocio que son los árabes chiflados que se arman su pyme de suicidas. Buena parte del PBI de Suecia proviene de vender armas al terrorismo. Porque los suecos son siempre militarmente neutrales. Como Argentina, para poder vender granos y vacas a todo el mundo. Solo que nadie dispara con porotos de soja.
Esta confusión del pensamiento de izquierda es, en buena medida, producto de que las tesis principales de Fukuyama, fueron correctas. Y éste es el resultado.

¿Eso quiere decir que me gusta el resultado?
No.

"La guerra contra el terrorismo" no es más que un eslogan. El terrorismo es una táctica -como explicaba Lenin- y no es intrínseco a ninguna religión milenaria, a la par que lo fue a todas, porque es una táctica, no una ideología ni una estrategia. Declararle la guerra a una táctica es como declararle amor a una estatua...y casarse con ella. 
El supuesto califato de ISIS (Estado Islámico de Siria e Irak, por sus siglas en INGLÉS) no roba armas, ni las fabrica, las compra; ni detiene la comercialización de petróleo: lo vende (y vaya casualidad, hace aumentar los costos y por ende el precio en boca de pozo). Es, en este sentido, el rostro más cruel del autoritarismo conviviendo con el capitalismo: no se proponen reemplazar los medios de producción ni estatizarlos ni ponerlos al servicio de una ideología que destierre el formato capitalista.  

Una cosita más, pero quizás es demasiado técnica: el mito del fin de la historia, como finalización de los grandes conflictos ideológicos, en el devenir dialéctico (en el sentido hegeliano de tesis versus antítesis resultando síntesis) está presente en Hegel, en Marx, pero también en las primeras corrientes fundadoras del liberalismo, incluso en su extrema izquierda (el anarquismo) y su extrema derecha (el fascismo) porque sí, ambos nacen de la mano del liberalismo.
Pero la corriente antiliberal, que se sitúa en el mismo origen del iluminismo, es en realidad la creadora del mito del fin de la historia, que es anterior al liberalismo.
En cierto modo, como hasta la Ilustración el pensamiento filosófico no estaba radicalmente separado del pensamiento teológico, es en la versiones agonistas de la teología donde se sitúa con facilidad el comienzo del mito del fin de la historia. Las grandes religiones monoteístas tuvieron y tienen un fin posible de la historia, que por supuesto, no es éste, sino no tendrían razón de ser. El apocalipsis es una novia que tarda en salir, mientras se arregla y maquilla según las circunstancias. Es en el en sí y para sí de la teoría de Fukuyama donde el triunfo del capitalismo -no el fin de los conflictos que el capitalismo ocasiona- se consagra.
El desarrollo científico -esto va por mi cuenta, no lo dice Fukuyama- posibilitó que una diversidad de países, por cierto, todos capitalistas, tengan bombas nucleares capaces de desatar la muerte del propio planeta Tierra. ¿Qué lugar queda, entonces, para una reedición de la Guerra Fría, bajo cualquier formato distinto del capitalismo, incluso alguno del cual hoy no podemos ni imaginar, si no es desde dentro del capitalismo mismo; es decir, de manera dialéctica? Incluso, un conflicto posible, que enfrente a China con EEUU, no puede ser en el terreno militar definitivo. Ni sería un choque civilizatorio, porque no está en juego el capitalismo, sino la democracia. ¿Se puede, desde el pensamiento de izquierda, abandonar el materialismo dialéctico y jerarquizar la "superestructura", es decir la "ideología" en sentido marxista, que sería la democracia liberal, por encima de las condiciones materiales de producción, la estructura, que sería el capitalismo? Sí, se puede. Es esta izquierda caricaturesca (imitación del Partido Demócrata yanqui y el laborismo inglés, que con pomposidad se denomina "políticas de identidad", es decir, la izquierda sin sujeto social, esa que aman los grandes bancos y fondos de inversión) que la juega de policía semiótico y termina siendo funcional al ascenso de Trump, Bolsonaro, Maduro, Putin y Xi Jinping. Pero si eso es la izquierda, entonces habrá que dar por muertas las ideologías. Hasta nuevo aviso.
El fin de la historia no necesariamente sea eterno, sino que es desde dentro de este marco histórico dominante, el capitalismo, de donde saldrá, quién sabe, su superación.

Nosotros leemos ésto: