Ataque de pánico



Mercedes Derna Viola-. Los ataques de pánico integran el repertorio de los sufrimientos posmodernos, junto con las intolerancias nutricionales y el impuesto a las ganancias.





Ataque de pánico es una religión que gana creyentes solo después de haberlos atropellados, iluminados de un inmenso horripilante. Antes: es solo una cosa que no se entiende, un evento para mirar con los codos apoyados a la baranda o parados en un escalón con las manos en los bolsillos. Se pueden hacer chistes sobre eso, un poco de ironía y hasta sarcasmo, se le puede desconfiar y difamar hasta cancelarle totalmente su dignidad existencial, reduciéndolo a una voz más en la nomenclatura de los sufrimientos post modernos, junto con intolerancias nutritivas e impuesto a las ganancias.

Ataquedepánico debería escribirse así, todo junto. Como cuando decís lasagna, que no es masa con carne, tomate, salsa blanca y queso, no, lasagna es algo mas que la suma de sus ingredientes, en ella se cela la historia de nombres y manos que la hicieron y la enseñaron.

Remitiéndonos al diccionario, Ataque puede ser un punto de unión funcional entre dos objetos, o la batuta que da el vía en la música, pero también una acción ofensiva contra el enemigo o un asalto conducido con las armas de la polémica.  Mientras Pánico estaría definido como adjetivo, relativo al Dios Pan, y como sustantivo masculino, reacción, individual o colectiva, que invade improvisamente frente a un peligro real o imaginario, quitando la capacidad de reflexión y empujando a la fuga o a actos inconsultos.

Ataque de pánico entonces podría ser un punto de unión funcional entre vos y el Dios Pan, quién, según narra la historia, huyó del miedo que él mismo se daba. O quizás el ataque de pánico sea la primera batuta de una música que invade improvisamente, que te asalta con las armas de la polémica. Bien podría tratarse de jazz, polémico y adorable.

Pero no, no es música. Te corta el respiro pero no deja rastros de belleza cuando se va, ni siquiera  de esa belleza trágica y melancólica con la que están dibujados algunos atardeceres. Es solo un bastardo mal vestido e inoportuno, que llega sin aviso y se pone a gritar cosas que no entendes y te patea la boca del estómago, te afloja las piernas y te hace hormiguear los brazos. Y vos, confundido, en vez de ponerte los guantes y sacarte el hormigueo a puños, te quedas ahí, quieto, aguantando el respiro, porque te parece que te vas a morir, y si te estás muriendo mejor ahorrar aire, capaz que vivís un poco más antes de que se te pare el corazón para siempre. Pero no, respirar es bueno, esto lo sabe cualquiera, entonces tomas aire, pero el aire nunca es suficiente, porque tu pecho está lleno de Dios Pan. Desgraciado, y no es blasfemia. Y si lo fuera, se la tiene merecida.

De lejos escuchas una voz, un poco tuya y un poco de cosas escuchadas y un poco de amigo que te toma la mano y con disimulo te cuenta los latidos. Entre los gritos en tu cabeza, el sudor en el bigote y el sofocar en la garganta esas voces te hablan, te cantan un arrorró, te cuentan cuentos para hacerte olvidar de Dios Pan, que desde que fue derrotado vaga en busca de un refugio, busca una grieta donde infiltrarse, una crepa de fragilidad, es el que vuelve al ataque con un cuchillo entre los dientes la noche después que fue declarado el final de la guerra. Pero no es malo. Es solo un idiota. Y pasa.
Seguir respirando es fundamental. ¿Gran noticia, eh? Pero es así. Crees morir pero respiras, hasta que el aire comienza a hacerse espacio, las piernas vuelven a ser tuyas y sentís el cuerpo como si te lo hubieran agarrado a patadas de a veinticinco, y un dolor en medio del pecho que no se irá  por un par de semanas. Pero pasa. Y estás vivo. Y esa es la cosa más linda del sentirse morir: descubrirse vivo. Igual no queremos repetir la experiencia.

Lo bueno es que a Dios Pan basta vencerlo una vez, que después todas las siguientes te pondrás los guantes y le prenderas a puños las mayúsculas, hasta convertirlo en dios pan. Luego ni dios. Y luego pan se convertirá en pena. Nada de ataque ni pánico ni dios ni pan ni polémica. Solo pena. Que no será condena, sino solo sufrimiento, sufrimiento con los zapatos llenos de barro, hecho saltando charcos de agua de lluvia de atardeceres grises, que dejará huellas que podrás seguir, en todas las direcciones que sabe tomar, y las limpiarás si podes, o las confundirás en un cuadro, un paso a la vez, una pincelada por paso. (Y algunas benzodiacepinas). Amén.