Para qué sirven las palomas



Mercedes Derna Viola-. En fila en el patio de la escuela había una niña pequeña, con un enterito de jeans, camisa y zapatillas de tela rojas, el cabello atado en una media cola y los brazos relajados al costado del cuerpo. 

Porque a los cuatro años no se sienten aún esas cosas que nos hacen no saber dónde poner las manos, y luego tomar cursos de teatro para adultos no portados para la acutación que no saben qué hacer con el propio cuerpo (tampoco con cuerpo ajenos) de pié ni sentados, solos o en compañía. Que después de haber hecho el curso, siguen sin saber qué hacer. Pero lo hacen pomposamente: con amplios movimientos de los brazos y ligeros movimientos de las manos, hablando con los ojos cerrados por párpados temblorosos cual cantantes melódicos de los años, precisamente, ochenta.

En vez de quedarse con esa incomodidad que los haría mas creíbles, llevan en el bolsillo el manual de instrucciones donde están escritos los movimientos de las cejas y el tipo de mirada para las diferentes situaciones. Las situaciones están catalogadas con frases. Por ejemplo: “¡Jorge, no me digas!" o “Nunca más, Jacinta. Nunca más.” Para las reuniones de trabajo se estudian “Sí, señor sí” y “Es la primera vez en todo mi ciclo de reencarnaciones que escucho una idea TAN inteligente”. Si la reunión la dirigen ellos, se estudian: “Como es resabido, estimados míos…” y “Gonzáles, dígalo en voz alta, así nos reímos todos.” Es todo muy divertido, o muy triste, depende. Si dormiste poco o estás apurado, es exasperante.

Pero volviendo a las palomas. Eran blancas. La niña escucha el ruido que hacen las alas cuando se agitan, como de pollos que se cachetean. Ese ruido precede el momento en el cual salen chocándose, trastornadas, como si dentro de la jaula hubiera explotado un incendio. Jaula que viene llamada canasta, porque jaula es más para quien viene privado de la libertad para ser liberado, como fin último. La canasta es como un purgatorio.

Qué lindas son, piensa la niña mirando hacia arriba, preguntándose qué tendrán que ver las palomas con la muestra de educación física de fin de año.

Aparte de la trillada historia de la paz, la paloma es símbolo de maternidad, ya que es de los poquísimos (cinco en total, junto con el pingüino, el pez disco, un seudo alacrán y la cucaracha: la cucaracha que no puede caminar, por eso cuando la pisas pasa lo que pasa, y de ahora en más, además de asco te va a dar pena) no-mamíferos que producen una especie de leche para la propia prole, “leche de pico”. Simboliza también la fidelidad eterna, por eso las sueltan en los casamientos; y también la muerte, y por eso las liberan en los funerales. A ustedes las asociaciones.  

En fin, para ser un animal estúpido, digamos que tiene variadas potencialidades, cuanto menos, simbólicas.

A un cierto punto habían soltado tantas que, en los años noventa, nació un nuevo trabajo: el halcón. Es decir, matador de palomas, porque las palomas están tapizando de líquido blanco balcones, patios internos y peladas brillantes. Y es así que cualquier borde viene recubierto de terrificante puntas metálicas que las estúpidas palomas, no se sabe aún cómo, lograban evitar y, una vez acomodadas detrás, la usaban como baranda y le sacaban la lengua a los peatones. Ocuparon, sin hacer distinciones, los árboles, las plazas, los campanarios de las iglesias y los tanques de agua potable, que en Argentina reinan soberanos sobre todas las casas.

No obstante, los animalistas y los depredadores naturales liberados junto a los francotiradores en los aeropuertos, los colombófilos aún existen y organizan eventos. Como hacen todos aquellos que tienen una pasión por una cosa, que organizan eventos para hacer ver su cosa a todos, y sobre todo entre ellos, amantes de la cosa, para ver quién la tiene mas linda, o como en éste caso, más inteligente, rápida, orientada y mensajera.

En los carteles de los eventos, las palomas figuran como participantes. Participan 3265 palomas, ponele. Si ‘Participar’ es dejar que alguien abra la canasta y salir con ruido de pollo cacheteado con desesperación, digamos que los participantes podrían ser tantos, no necesariamente alados. En base a ésta habilidad, podríamos definirnos ‘participantes’ de reuniones escolásticas, presentaciones de libros, fiestas infantiles, salas de espera y colas en autopista, cenas empresariales, reuniones familiares y quién sabe cuántos eventos más.

La niña mira el cielo y aplaude junto a todos los demás pero piensa que liberar palomas que ellos mismos encierran, para después encerrarlas nuevamente y llevarlas a otro lado, es una cosa muy triste. Pero después descubre que, cada tanto, durante la vuelta a la canasta después de la ‘participación’, alguna paloma se pierde.

Para el criador, esa es la paloma que la selección natural decide sabiamente eliminar. La paloma estúpida, que no entendió dónde debe ir, qué debe hacer.

Para la niña, no.