Ni “trapitos” ni tarjeteros: trabajadores


Víctor Gimenez-. Detrás de las escenas, a veces violentas, de discusiones entre automovilistas y "trapitos", detrás de las idas y vueltas de los distintos intendentes, hay gente de carne y hueso que vive una dura realidad.



A principios del año 2017 el municipio de la ciudad de Paraná comunicó a los medios de comunicación, la implementación del Sistema de Estacionamiento Medido, aportando un  mapa con las calles que se verían afectadas al servicio. Nada de esto ocurrió. La municipalidad había firmado por entonces un convenio con la Universidad de La Plata para llevar adelante el nuevo y moderno sistema, muy similar al que ya tienen otros municipios de la provincia como Concordia y Gualeguay que funcionan con una App en el celular. Todo quedó en la nada hasta ahora, por cuestiones que se desconocen.
Cabe recordar que durante la última gestión de don Humberto Varisco a principio del año 1998, se había firmado un contrato entre el municipio y la empresa DAKOTA S.A, que proveyó de las maquinas expendedora de tickets para tarifar el estacionamiento. Luego en posteriores gestiones, este contrato quedó trunco y se volvió al sistema de estacionamiento medido artesanal, rudimentario, que hoy conocemos: el de tarjetas mediante el cual se tarifa el estacionamiento.



Mediante supervisión del municipio los llamados “tarjeteros”, están encargados de cobrar mediante este sistema de la edad media, el estacionamiento medido. Estos se han conformado hace unos años en un sindicato que ha logrado establecer mesas de negociación con el municipio que, entre idas y vueltas, discuten condiciones laborales y el rol que cumplirían en el postergado Sistema de Estacionamiento Medido.
Según un censo realizado por el sindicato en 2017, contaban con unas 250 personas aproximadamente trabajando. El sindicato hace lo que puede y está a su alcance.
Es de público conocimiento que la anarquía vial reinante en la ciudad deja piedra libre a todo ciudadano a realizar cualquier tipo de práctica que contribuya a empeorar el tránsito en la ciudad. Los llamados “trapitos” no son la excepción para muchos propietarios de automóviles que reniegan de éstos cada vez que quieren estacionar fuera de los horarios de estacionamiento medido, y deben someterse al regenteo forzado, que en ocasiones ha terminado en hechos de violencia mientras el municipio y la policía, hacen a la par, oídos sordos.

“Trapitos”, sujetos desempleados, marginados, familias enteras y hasta casuales indigentes en situación de calle, configuran tristes postales que vemos a diario cobrar a voluntad por “cuidar” y lavar automóviles. El actual contexto social y económico ha llevado a que día a día se incorporen más gente al mercado laboral informal como estrategia de vida, cumpliendo funciones cuando no está vigente el horario de estacionamiento medido o en las arterias viales que no cuentan con este servicio, lo ameriten.
¿A quiénes molesta la presencia de “trapitos” en la ciudad?
Es un fenómeno que se da en casi todas la grandes urbes del país. Algunas lo han resuelto regulando sus actividades y en otras, directamente, se ha prohibido, como en la desarrollada y moderna provincia de Mendoza. De ninguna manera esta fiebre de “trapitos”, que viene a ser un rebusque desesperado por hacerse de una monedas, justificaría su salida prohibiendo sus actividades en el marco laboral informal, como lo ha propuesto alguna vez para la tribuna la actual gestión municipal. Pero cuando el Estado pierde o abandona su potestad de controlar y regular el tránsito, se habilita a que los “trapitos” existan. Es así.

Pero, ¿qué opinan los “trapitos” de ellos mismos?
Alejandro trabaja por las noches en el microcentro de la ciudad. Desde hace 10 años cuida coches y motos como medio de vida. Relata que también trabaja de tarjetero y que se convierte como por arte de magia en “trapito” cuando cae la noche, al cesar el horario de estacionamiento medido. No se considera ni “trapito” ni tarjetero: se considera trabajador. Los sábados y domingos por la tarde también trabaja de “trapito” por la zona de la Plaza Alvear, donde se ofrece a lavar autos o motos a mitad de precio de lo que cobran los lavaderos tradicionales. Baldes, chaleco reflector y trapos -de esta última acepción deriva el mote de “trapitos”-  hacen a su kits de herramientas de trabajo. Cuenta además, que gana más de “trapito” que de tarjetero porque tiene que comprarle al municipio las tarjetas y muchos clientes fijos que estacionan a diario para ir a trabajar, les pagan por mes y en ocasiones, ni les pagan y esto genera violencia.
Lucia se considera tarjetera y dice diferenciarse  de los “trapitos”. Ella trabaja solo de mañana por la zona de Casa de Gobierno de la provincia hace aproximadamente diez años. Por la tarde lo hace su hermano, que es changarin y tiene 12 hijos. De esta manera manifiesta redistribuir el trabajo. Es soltera y tiene ochos hijos. Cobra un paquete de planes sociales no especificado. Como la mayoría de los tarjeteros, vive en las periferias de la ciudad. Con lo que recauda durante la mañana a duras penas, le alcanza para la SUBE y cocinar a la noche, ya que sus hijos- la mayoría menores de dieciocho años- almuerzan en el comedor de la escuela. Se considera una trabajadora informal porque no cuenta con aportes, obra social y seguro de vida, característica y descripción tajante del estado laboral de todos los tarjeteros de la ciudad que el municipio mantiene bajo está condiciones paupérrimas.
“Trapitos” y tarjeteros, un cruel reflejo de una Argentina subdesarrollada.