Marcianos, Manuelita y el hombre que no llegó a la luna



Lucas Carrasco-. Aún hoy me parece increíble. Fue una noche, en Buenos Aires, en un bar de Palermo que da a una plaza que se llena de gente por la noche. Estaba con un amigo, culto, erudito, buen escritor, músico, un músico conocido al que se le acercaban cada dos por tres personas a sacarse una foto y la cosa se ponía molesta, porque nos interrumpía la apasionada discusión: me quería convencer de que el hombre jamás llegó a la luna. A mí me sacaba de quicio, porque no podía creer (todavía no lo puedo creer) que repitiera esa tontería enorme. No había modo de convencerlo -ni él a mí- dado que ambos conocíamos las pruebas a favor y en contra, pero yo me apoyaba en la ciencia y él en las teorías conspirativas. Así las cosas, no había forma de ponernos de acuerdo.



El hombre no llegó a la luna solamente la vez que todos conocemos. Fue en varias misiones más. Alguna que otra, falló. Pero en general, se fue perfeccionando el método. Fue pasada la mitad del siglo pasado la primera excursión y no se entiende del todo -ni el origen de las teorías conspirativas- sino se entiende la Guerra Fría.

La Guerra Fría aún existía y se producían películas y libros en torno al tema cuando yo leí, de niño, De la Terre à la Lune Trajet direct en 97 heures, la novela de ficción y ciencia de Julio Verne, publicada un siglo antes de que el hombre llegara a la luna. Yo sabía que el hombre, efectivamente, había llegado a la luna cuando la leí: ya no era ciencia ficción. Pero como admirador inconmensurable de Julio Verne en la infancia, ese asunto científico me parecía menor. La tintorería de la madre ciega de unos mellizos amigos, se llamaba Apolo, en homenaje a esa llegada. Y la perra que en ese entonces teníamos y en ese entonces murió, se llamaba Laika. Sabía que mi abuela del Opus Dei y acérrima anticomunista -de hecho, se negó a ir a un viaje turístico por el Caribe porque pasaban un par de días en Cuba, "donde está ese dictador barbudo"- le había puesto el nombre y ahora sé, que era imposible, que mi abuela,, no supiera el significado fonético (la Huella Fonética, en términos técnicos de Semiótica) de "Laika", siendo que es probable que haya vivido con intensidad las luchas por "Laica o Libre" durante el gobierno de Frondizi, por supuesto, del lado de los "Libres"; y que Laika fue una perra soviética, el primer ser vivo en orbitar el planeta Tierra en 1957. Mi abuela era una voraz lectora.
Así como mi tortuga se llamaba (llama, aún vive) Manuelita, a pesar de haber nacido el mismo año que yo, en 1978, cuando no era muy común (estábamos en el "mejor momento" de la dictadura) escuchar a María Elena Walsh; la mayoría de las tortugas se llamaban Manuelita y la mayoría de las perras se llamaban Laika.

El enorme impacto de la primer llegada del hombre a la luna fue alucinante (literalmente, obvio). Eran tiempos de Fake News reales, de marcianos verdes encarcelados por la NASA, parapsicólogos en prime time, OVNIs con fotos trucadas, raza de Hombre Nuevo gracias al Socialismo Científico, Revolución Cultural de Mao, videntes que se decían asesores de la CIA, un Tirano Prófugo al que todos quería votar, medicina oriental antigua (inventada en París en los años 20) y milagros en los que la gente creía de manera intensa y real. La realidad, como tal, no era objeto de debate por fuera de los circuitos del psicoanálisis y el arte y la posverdad se veía, todavía, como falsa conciencia o como realidad opresiva, a través de la literatura de denuncia, la panfletaria pero exquisita y que en realidad trascendía lo panfletario excepto en sus libros canónicos, los de Orwell y Huxley, hoy tan citados y tan poco leídos. Exactamente al revés que en aquellos años.

Hoy estaba en la radio mientras en uno de los televisores -solo en uno de los 7 u 8 que hay en el estudio- mostraba las imágenes de la sonda InSight de la NASA en Marte.
A nadie le importa. No tiene el impacto que tuvo la llegada del hombre a la Luna. Es una noticia más. Dentro del combo habitual. Sin los ingredientes del morbo, la violencia, el sexo, los freaks, los lenguaraces, los giles, el espectáculo banana de ocasión. La sistemática catarata de idiotez rigurosamente planificada con la que llenamos de mierda la cabeza de la gente a diario los periodistas. Incluso los que no queremos sumarnos a la ola de boludización reinante, pero de algo tenemos que vivir. Es cierto, lo siento, "la gente" no solo pide eso, sino que lo viraliza y luego nos quiere dar cátedras de moral y clases de periodismo y comunicación. A mí me chupa un huevo, me divierto. La pandemia de ignorancia no sería posible sin la destrucción del sistema sanitario mental: a mí me cuesta un huevo cambiar alguna pequeña conducta y me voy a andar poniendo la mochila de soberbia de cambiar el mundo. Vamos.

Las imágenes de Marte son un salto impresionante en la ciencia y en el estadio civilizatorio. Pero también revelan un momento en la historia de la humanidad. El que hubiera soñado Saint Simon o su plagiador y creador de la Iglesia de la Diosa Razón, Auguste Comte.
Un optimismo en que la ciencia avanzará, romperá barreras de lo posible aún cuando la realidad como objeto de estudio, trasciende la perimida filosofía canónica institucionalizada y se aborda desde casi todas las ciencias sociales, para problematizar su ontología.
¿No es raro y, a la vez, fascinante, el mundo en que vivimos?
¿No son poderosas y atractivas las contradicciones a las que hemos llegado en nuestro imparable avance hacia la complejidad? Aún cuando, este imparable avance hacia la complejidad, muestre "retrocesos" como , para escenificar de manera potente, un terrorista del ISIS grabando en Youtube cómo le rebanan la cabeza a un periodista occidental al lado de terroristas con armas sofisticadas de última generación, mientras la ideología del automóvil que describía Roland Barthes le siga estando vedada a las mujeres en buena parte de Musulmandia, a pesar de que los automóviles, como explicaba Eduardo Galeano, se han masificado tanto -lejos de ser el objeto de élite que fue antes del fordismo- que si todos los habitantes del planeta tuvieran per cápita la misma cantidad de automóviles que los habitantes de Estados Unidos, no sólo habría un colapso ambiental, sino que la superficie de la Tierra no cabría para estacionarlos. No tendría ni por dónde caminar mi tortuga Manuelita, que encima ya está ciega. Como la tintorera del Apolo.
Tendríamos que inaugurar playas de estacionamiento en la Luna.