La atrofia conceptual de la Independencia Americana



Lucas Carrasco-. Muy lindo todo, pero...



Tres notas con tres posiciones en torno de Artigas y Ramírez (una, dos, tres) dan por supuesto que hubo una independencia. Incluso, una revolución independentista.
Es probable que los hechos acontecidos en Latinoamérica con posterioridad a los intentos de invasiones inglesas antes de los cabildos abiertos a partir de la invasión napoleónica al decadente reinado español se acerquen más al concepto de revolución que al concepto de independencia. Depende de la escuela historiográfica a la que se adhiera, el concepto de revolución se acerca más o se acerca menos.
Lo más discutible, y a la vez lo menos discutido, es el concepto de independencia. Por una razón sencilla y fácil de entender: para que un pueblo se independice, requiere una existencia previa y, necesariamente, una existencia posterior, digamos, "liberada", independizada. Es a lo posterior, a la noción de nación concluida, donde tiene vigencia esta advertencia sobre el concepto de independencia.
Ni el cacerolazo del 25 de mayo de 1810 en Plaza de Mayo, ni la "revolución" de los orilleros en 1811, ni la declaración de independencia en Concepción del Uruguay con el liderazgo de Artigas, ni el congresito de Tucumán para dejarlo afuera a Artigas, ni la República de Entre Ríos, fueron en su acepción correcta un hecho independentista, sino secesionista. Sé que esto suena horrible porque le quita toda épica y porque, la dramaturgia de la historia, revisionista o "liberal", requiere de una dialéctica de confrontación como toda estructura literaria inscrita en la dramaturgia. Pero los hechos están bastante claros. En una época donde se creía que existían las razas.
Incluso, cuando se considera, con justa razón, que Artigas y en menor medida Pancho Ramírez, buscaban incluir a pueblos originarios, estos pueblos eran diversos y no pretendían independizarse de sus caudillos criollos (menos que menos, "revolucionar" las formas de producción, sino conservarlas). Además de que, en una mirada más amplia en torno a los líderes "independentistas" de lo que fue el virreinato del Río de la Plata, uno se encuentra con que la profesionalización de los ejércitos que lucharon contra los realistas y la incorporación de afrodescendientes, aborígenes y gauchos a las montoneras, tiene un claro propósito militar y político: el militar está bastante claro y documentado, el político, también: crear una nación.
Pancho Ramírez crea escuelas donde solo se hablaba español.
La Primera Junta abolió la esclavitud, lo cual para la época era audaz y revolucionario, pero el objetivo no era que las diversas etnias africanas recuperaran su cultura sino que se integraran a una nueva y grandiosa nación, a la que se convocaba a todos los hombres del mundo.
Los curas fueron un tercio de las primeras juntas.
La Gaceta se editaba en español.
Y así.
Esto queda más claro andando el tiempo con su cara bonita -Sarmiento trayendo maestros franceses y yanquis para fundar escuelas de maestros y crear la mayor red de alfabetización de América-  como en su cara oscura -que va del afán civilizatorio (entendido en los términos de la época) con la Conquista del Desierto que inicia Juan Manuel de Rozas a la Ley de Residencia que iba acompañada de La Hora de la Espada en la cruel literatura del genial Leopoldo Lugones-.

España se independizó de Francia.
Argelia se independizó de Francia.
Sudáfrica y Namibia se independizaron de Gran Bretaña.
Irlanda no se pudo independizar de Gran Bretaña.
Estados Unidos tiene sus "padres fundadores". También nos tiene de hijos a los latinoamericanos, pero esa es otra historia.

El concepto de secesión se aplica a los orígenes de lo que consideramos independencia argentina. Luego deriva en una visión de autonomía -más o menos cerca, según la visión del historiador, de los intereses comerciales de Inglaterra- para luego, con la generación de los 80 (de 1880), tratar de crear un país.
Los derrotados de la generación del 80, los caudillos federales, nunca se propusieron volver a un estadio anterior a la colonización española: la bandera de "Religión o Muerte" era bastante explícita.

Tanto los grandes imperios de aborígenes -el Inca, el Azteca, el Maya- como pequeñas unidades linguísticas y étnicas, eran en general, eso, imperios. Que se construían sobre la base de la conquista de otros pueblos aborígenes, el robo y el sometimiento a esclavitud de los prisioneros de guerra. Un retorno a ese estadio, no estaba en los planes de los criollos que lideraron la "independencia". Más bien les convenía, por una cuestión de clase y de estrategia política, que esas divisiones entre aborígenes se acentuaran. Ya habrá tiempo de incluirlos a las patadas al "crisol de razas" que estudiamos, edulcoradamente, en la escuela.

El caso argentino es el más elocuente. Por la ola inmigratoria que incentivaron sus autoridades. Compitiendo con Estados Unidos, donde la rebelión de las colonias inglesas se narra de manera menos fantástica que en nuestras pampas. Se deja en claro el espíritu fundacional y el concepto de "independencia", cuando se utiliza en el inglés norteamericano de la época, es más cercano al autonomismo que a la independencia propiamente dicha. En Argentina, esos marcos teóricos estadounidenses fueron los pilares de nuestros intentos de conformar una arquitectura jurídica. Tan importantes como las fogosas ideas de la Ilustración francesa.
El asunto, entre controvertido y ridículo, de "la máscara de Fernando", deja en claro que no se buscaba una independencia en el sentido estricto del término.

Esta distinción puede parecer banal, sin sentido hoy en día, pero tiene como conclusión una serie de mitologías de la historia que aún perduran. Pero ese es otro tema. Y hoy no me quiero meter en más quilombos.
Mañana, sí.