Humanos que se alimentan de la basura o ¿activistas freegans?


Víctor Gimenez-. Caravanas de familias salen todas las tardes-noches a recorrer volquetes de basura y rescatar de la solidaridad de vecinos, comida desechada o que simplemente sobró del mediodía. Activistas freegans o no, son parte del paisaje cotidiano de la ciudad de Paraná.




Según Wikipedia, el término freegans refiere a la "persona que compra lo menos posible y hace uso de bienes y materiales descartados o reciclados, con el objetivo de lograr un mejor aprovechamiento de los recursos, limitando los impactos sobre el medio ambiente".  El friganismo es un movimiento, un estilo de vida anticonsumista que tiene sus orígenes a comienzos de los años ´90 en New York y Londres junto a movimientos antiglobalización y ecologistas. Son considerados activistas que critican el consumo y desperdicio excesivo de productos, sobre todo alimenticios. Las actividades que realizan es por lo general de noche, juntando de restaurantes y supermercados alimentos en condiciones para preparar comidas.  ¿Te suena este estilo de vida? Pues bien, consientes o no de la existencia de este movimiento, en la ciudad de Paraná cientos de familias e indigentes lo practican hace décadas de exclusión social, no como parte de una ideología, sino de una forzada necesidad de subsistencia.
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires  (CABA) existen grupos de personas que practican el friganismo de forma consiente, que conforman en la actualidad movimientos activos. En Paraná no está muy desarrollado y maduro el movimiento pero se conocenpequeños grupos universitarios que militan en la izquierda, que lo practican en silencio.
En la ciudad de Paraná los volquetes de basura son una fuente de riqueza nutricional al lado de los inexistentes de Venezuela o los que directamente no tienen razón de ser en Burundi, África, el país más pobre del mundo según un informe de 2018 del Banco Mundial, con una tasa de pobreza que asciende al 66,9% de la población. Es decir, lo que podría ser una catástrofe humanitaria en un país como Argentina, con más de 30 % por ciento de pobreza y que produce alimentos para más de 500 millones de personas, es una “alternativa” como estrategia de vida.
Según datos oficiales del Indec, de los primeros 6 meses del año 2018, marcan que en el gran Paraná creció la pobreza un 4,5%, subiendo de esta manera el índice del 18,6% al 23,1%. Respecto a la indigencia, se informó que creció un 2,7%, por lo que se pasó del 4,8% al 7,5%. Es mucho, ¿no?
La desocupación no se queda atrás: en la capital provincial del empleado público se pasó del 3% al 4% en el primer trimestre del 2018.  Números que no tienen rostros, no sudan, no se alegran ni entristecen, se humanizan solo cuando los interpretamos y vemos por las calles caravanas de familias, niños,  adultos mayores y perros con la lengua afuera corriendo detrás, recorrer volquetes de basura en busca de alimentos, metales para revender o ropa. Todo sirve ante no tener nada o poco. Vecinos solidarios que no perdieron el asombro de esta triste realidad, colaboran dejando alguna sobra de comida en bolsas que quedó del mediodía. Frío, lluvia o calor, no importa, hay que salir a buscar algo que llene panzas vacías. No son conscientes de la existencia del friganismo: lo hacen por la fuerza, por necesidad, porque el Estado no ha generado condiciones de sustentación básicas para desarrollar la actividad económica y garantizar educación pública de calidad, más allá de ayuda social como los denominados “Planes sociales” que solo han generado más pobreza en todo sentido.

Para las mayorías, estas caravanas de gente buscando alimentos en los fondos de volquetes o donde se encuentre basura a diario, no son más que “cirujas”, “indigentes” o “pobres”. Lejos están de identificarse como parte de un movimiento friganista. Sería “cool” llamarlos así, ¿no?, como parte de un eufemismo para no hablar de las raíces del problema de la exclusión social.

Salí a caminar como todas las noches. Intenté hablar con una joven  mujer que se encontraba dentro de un volquete mientras sus tres pequeños hijos - todos varones- tocan el timbre de una vivienda para pedir “una cosita”.  Me presento para hablar pero me rechaza. Solo me dice que la llaman “La Pachi” y que cobra la Asignación Universal por Hijos (AUH) por los tres hijos que tiene. De a poco comienza a entrar en confianza y relata que se las arregla para llegar a fin de mes con lo que cobra por la AUH y los bolsones de alimentos que retira del Desarrollo Social de la Municipalidad por mes, pero que desde chiquita está acostumbrada a salir a “cirujear”, y que hace algunos años lo hacía en un “carrito”-como solemos identificar a la tracción a sangre- antes que su padre muera en un enfrentamiento con unos vecinos. 

Si la solidaridad tendría rostro, creo que sería la un de argentino nativo. Existen ONG civiles, cristianas y evangélicas que brindan un plato de comida caliente casi todas las noches en plazas de la ciudad y comedores fijos como el de la Iglesia San Miguel, mientras la política y los políticos intentan resolver sus internas partidarias.

Un joven sopla la comida en un plato de plástico para que se enfríe en un banco de una plaza. El menú de la cena: arroz, verduras y menudos de pollo, que se acompaña con un trozo de pan y un vaso de jugo. Pregunto cómo se llama pero no tiene tiempo para contestarme. Me retiro y le deseo buen provecho. Decenas de personas hacen fila para recibir una porción de comida ante un automóvil último modelo estacionado sobre la banquina mientras una patrulla motorizada de  policía, observa que no se produzcan pelas entre bandas rivales.
En fin, en la vida hay que luchar por todo.