Figuritas



Manuel Langsam-.Un  recuerdo para los años de la infancia. Dejo aclarado que no quiero comparar épocas. No voy a decir que los años anteriores eran mejores o peores que los de ahora. Que cada uno decida por sí mismo cómo los considera.



Nacidos y criados en hogares de inmigrantes europeos, pertenecíamos a lo que puede llamarse “escasa clase media”. No nos faltaba nada de lo necesario, pero tampoco sobraba nada superfluo. Y nuestras ocupaciones se limitaban a dos cosas: Escuela y juegos. Fuera de las horas de escuela, todo el resto del tiempo era juntarnos los amigos a jugar. Fútbol con pelota de trapo, escondida, policías y ladrones, mancha, “boliya”, remontar barriletes (pandorgas) caseros o, simplemente, vagar por las calles del pueblo. Si cuando llovía no nos dejaban salir (“lluvias fuertes eran las de antes”), ni bien paraba ya estábamos afuera haciendo barquitos con papel de diario para jugar carreras aprovechando las aguas que corrían por los desniveles de las cunetas al costado de las calles.

Pero había una época especial. La temporada de las figuritas.

Esta no dependía de nosotros, sino de la fábrica de chocolatines Águila-Saint, que cada tanto (y no con la frecuencia que lo hubiéramos deseado) ponía en circulación “las figuritas”, que no venían en sobres para comprar en los quioscos sino incluidas en los chocolatines de la marca, que se vendían en los almacenes. Un chocolatín que costaba diez centavos traía incluida la figurita de un jugador de fútbol (un cartoncito circular). Esta figurita tenía múltiples usos.

Primer uso: se la podía pegar en un álbum que proveía el viajante de Águila que venía al pueblo una vez por mes o dos meses para proveer de mercadería a los negocios. Entonces era cuestión de localizar al furgón distribuidor y pedir el álbum para coleccionar las figuritas. Si se lograba completar ese álbum con todas las figuritas  requeridas se lo podía cambiar por una pelota grande de fútbol, de cuero. Nunca supe de alguien que lo hubiera completado, siempre había “figuritas difíciles” que no aparecían nunca…

Segundo uso: otro destino. Juntar una cantidad estipulada y cambiarlas por un obsequio. Así, por cien figuritas te daban algún juguete, por doscientas un juegos de útiles escolares (lápices, gomas, escuadra, regla, cuadernos para colorear, lápices de colores). Por quinientas, una pelota de goma... Recuerdo con qué ansiedad esperábamos la visita del furgón Águila cuando reuníamos la cantidad requerida para el canje. Cada uno iba con su bolsita con las figuritas bien contadas y el viajante las tomaba y tiraba todas juntas sin contarlas a una caja en el furgón y luego preguntaba a cada uno cuánto había traído para darnos el premio estipulado. Nunca se nos ocurrió llevar figuritas de menos por si se le ocurría contarlas y al ver que faltaban, perder todo…

Tercer uso y el más utilizado: salir con las figuritas repetidas y hacer desafíos por cantidades determinadas. Se podía intentar ganar (o perder) jugando a “la arrimada a una pared”, “la tapadita” o “al vuelo”. También podías hacer un canje por una figurita que se consideraba difícil por diez, veinte o treinta de las comunes.

¡Lindo haberlo vivido para poder contar..! Como dice la canción Chiquillada, del cantautor uruguayo José Carbajal, de quien me permito copiar una estrofa:

Fiesta en los charcos

Cuando para la lluvia

Caracoles y ranas

Y niños a jugar

El viento empuja

Botecitos de diario

Lindo haberlo vivido

Para poder contar!...

Aclaración: No explico cómo eran los juegos de la arrimada, la tapadita o el vuelo. Mis contemporáneos han de acordarse en que consistían. Y las nuevas generaciones, no podrán hacerlo. Es solo con figuritas. Con celulares, no se puede.