El peso electoral del Estado



Osvaldo Quinteros-. Nunca hay que desdeñar el peso electoral de quien comanda el Estado. Aunque esto no signifique sacar conclusiones apresuradas sobre clientelismo, fraude o cosas por el estilo.



Mientras no gobernaba el país la derecha, sus voceros más notorios como Luis Majul o Jorge Lanata, decían que el kirchnerismo iba a ganar en el 2015 porque había X cantidad de jubilados, X cantidad de receptores de planes sociales y X cantidad de empleados públicos. Hoy hay menos jubilados pero es en esa franja etaria donde la derecha tiene mejor intención de votos. Hay más empleados públicos, más cargos políticos y más planes sociales. Pero la derecha no hace más esas cuentas. Ahora se trata de lo maravilloso que es Macri o Vidal, etc. Un periodismo militante en el que ya nadie cree.

Esas cuentas son inútiles y no sirven para generar ningún análisis serio. Son pura propaganda. El voto de la gente no es mecánico. Ni hay uniformidad social al interior de esos números.
Por ejemplo: nunca hubo tantos cargos políticos para la clase alta porteña, pero difícilmente esto explique por qué el PRO, probablemente, arrase en Recoleta, uno de los barrios más ricos de la Ciudad de Buenos Aires. Donde el PRO siempre arrasó electoralmente.
Hay más planes sociales, pero difícilmente esto explique por qué Cristina Kirchner según las encuestas arrasaría en el empobrecido distrito de La Matanza, uno de los más pobres del conurbano bonaerense.
El clientelismo llegó a límites increíbles con Milagros Sala (esto no justifica su prisión, calificada como presa política por organismos internacionales competentes, así como esta calificación no desacredita la crítica al autoritarismo de su organización social) en Jujuy, sin embargo, su partido político siempre quedó tercero y fue indispensable para que el Frente Renovador, aliado en la provincia al PRO y la UCR en 2015, le arrebataran por primera vez en la historia la gobernación al peronismo.
La candidatura a Senador Nacional por Provincia de Buenos Aires de Florencio Randazzo es un ejemplo claro: sostenido por los planes sociales que administran las organizaciones K cercanas al PRO como el Movimiento Evita, su desempeño electoral fue por debajo de la suma de esos planes sociales.

Es decir que la relación no es lineal.
Pero sí hay un dato histórico: el partido gobernante en el poder central, siempre hace una buena elección.
Pasó hasta con Duhalde, que fue presidente interino pero impuso a su candidato, Néstor Kirchner.
En plena hiperinflación alfonsinista, el candidato radical, Eduardo Angeloz alcanzó casi 40% de los votos.

De manera que no hay que subestimar el peso de los resortes estatales a la hora de ir a una elección. así sea en medio de una profunda estanflación (recesión con inflación) y una corrupción galopante que los medios oficialistas se esfuerzan por tapar hablando del gobierno que se fue hace casi cuatro años.

El Estado es tan opaco, hay tantas presiones cruzadas, que es difícil ver en qué punto se sustenta este peso electoral del Estado. Lo que sí hay que consignar es que no es una cuestión ideológica. El mismo uso del Estado, sobre todo con los más pobres, hace la centroizquierda del peronismo con Cristina, como la centroizquierda republicana del socialismo en Santa Fe, el conservadurismo peronista de Urtubey en Salta y el conservadurismo radical de Gerardo Morales en Jujuy, los punteros de Larreta y Santilli en CABA y los punteros de Vidal y Ritondo en provincia de Buenos Aires. Hay para todos los gustos en materia ideológica. Lo que no cambia es el intento de utilizar electoralmente a los pobres.
Sin embargo, no siempre lo consiguen.
La muestra está en que los aparatos no son invencibles. Dependen para su funcionamiento de muchas variables, la mayoría de las cuales está por fuera de la lógica propia del aparato, como por ejemplo, las políticas de empleo o de seguridad.

Como conclusión provisoria, se puede constatar que el manejo discrecional de los resortes estatales permite:

-Comenzar la campaña con una enorme ventaja electoral

-Neutralizar la intensidad del eventual malhumor social, pero no frenarlo.

-Tornar a los candidatos propios de competitividad electoral de entrada, aunque no el triunfo seguro.

-Es independiente de la cuestión ideológica. Lo cual lo torna en un asunto a discutir seriamente, si queremos que mejore la transparencia de nuestra democracia.

-Sin embargo, por esta misma razón, esta agenda no está en el debate público de manera seria y sin oportunismos.