Cuando lo nuevo es lo viejo con Photoshop



Lucas Carrasco-. La política de las identidades en el campo de la epistemología no tiene por qué erigir un muro contra los inmigrantes teóricos que defienden (defendemos) a rajatabla la libertad individual pero no consideran que esa identidad particularista constituya un sujeto político.




Hay un problema de orden teórico, que sigue en debate (en círculos reducidos, lo cual es natural), y que resulta fundamental para comprender la realidad. El problema es complejo y profundo, pero voy a tratar de simplificarlo: la identidad, tanto individual como colectiva y social, del sujeto político, ha ampliado sus márgenes de estudio. Lo que antes eran componentes relativamente simples y cuantificables a través de la empiria en las ciencias sociales, hoy tiene sus fronteras expandidas, casualmente en un mundo donde proliferan los muros físicos en las fronteras y los muros simbólicos en las tribus, guetos, desplazados, inmigrantes, solitarios (hay un notable aumento de la depresión y los trastornos de ansiedad, así como de la tasas de suicidios; aunque en estos casos hay que hacer la salvedad de que las enfermedades mentales se diagnostican de manera muy reciente y su compilación estadística, aún más). En las grandes ciudades del mundo occidental, vivir solo es más común que vivir en familia. Y tenemos la realidad de la naturalización (positiva, a mi juicio) de familias ensambladas mientras la cultura popular -el cine yanqui, en su mayor exponente- sigue honrando una estructura familiar tradicional y la sociología institucional, como en las mediciones de ingresos del INDEC para determinar los deciles de la sociedad, rige el estereotipo de la familia tipo, lo cual es todavía más complejo dada que esa medición sirve para diagnosticar el porcentaje de pobreza a indigencia, justamente las franjas sociales donde la familia tradicional menos pregnancia tiene.
Hasta hace poco, la clase social, vinculada ésta a las calificaciones laborales y la estructura productiva; además de la nacionalidad y el sexo, servían para hacer grandes caracterizaciones de un sujeto político.

El Partido de los Trabajadores de Brasil, la centroizquierda más grande del mundo hasta hace unos años, lo definía todo en su nombre partidario. El Partido Nacional (los Blancos) que se remonta a la propia fundación de la República del Uruguay, también lo decía todo en su nombre. Y así, se pueden seguir enumerando ejemplos, como la Unión Cívica de la Juventud (actual UCR) o el Partido Laborista, que fue el más votado llevando como candidato a presidente al Coronel Perón.
Esas formas de la identidad podían ampliarse a esferas religiosas, como el tradicional Partido Demócrata Cristiano, hacer un culto del policlasismo, como los estadounidenses Demócrata y Republicano o definirse ideológicamente, como el Partido Socialista Obrero Español (que no es ni Socialista ni Obrero ni Español) o el exitoso Partido Liberal de Corrientes, que es el partido político, fundado en 1856, más antiguo de la Argentina de los que están en actividad. 17 gobernadores correntinos pertenecieron a este partido.

La identidad del sujeto político, postulan algunos teóricos, ha mutado incluyendo el género, las preferencias sexuales, el sexo, las particularidades étnicas, la defensa de algún tipo de comidas (los partidos animalistas crecen en todo el mundo). A tono con el posmodernismo y con el nuevo mapa del Marketing Político que posibilita los nombres naif, tanto a derecha como a izquierda (Frente Amplio, Unidad Ciudadana, Somos Entre Ríos, PRO, Podemos, etc) y de la revolución en el campo de las tecnologías de la información que posibilitan la creación de grupos cerrados donde la Verdad del predicador de turno es una verdad consagrada y, según la creencia de los miembros de los grupos cerrados, una obviedad que el resto se niega a ver. Una versión ligth y vulgarizada del acomodaticio concepto de alienación marxista, sujeto dividido en Lacan o el subconsciente, cuyo exponente más famoso fue el hechicero Sigmund Freud, aunque el concepto lo había copiado de otros filósofos alemanes. Hoy hay versiones de lo mismo en la medicina trucha, como el Miasma (pobre Oliverio Girondo) de la Quiropráctica, la Inteligencia Innata de la Homeopatía o el Poder Mediático Mundial de algunos delirantes filósofos como José Pablo Feinman. En el fondo, son variaciones berretas del Espíritu Absoluto de Hegel.

El asunto, no menor, es que muchas veces se cae en una ontología de esa identidad y de ahí deriva su paso de la identidad cultural a la identidad como sujeto político. Es decir, si no como carne, porque amo a los animalitos, no es un asunto entre mi estómago y yo, sino un programa de gobierno que incluye una posición tajante sobre la energía nuclear, la deuda externa, la educación primaria, la industria automotriz, y así. ¿Y si mañana se me da por comer carne o enamorarme de una persona del sexo opuesto, tengo que cambiar todo mi programa político? ¿Las identidades son inmutables?
El posmodernismo hace un culto de la fugacidad, por lo tanto, esta dura ontología sin muchas bases, está siempre en tensión irresuelta con la permutabilidad y la experimentación. Es fácil caer entonces en viejas versiones del genetismo (aunque el increíble avance en el campo de la genética no avale ninguno de estos disparates). Las elucubraciones genéticas, que derivaron en las políticas raciales más monstruosas que conoció la humanidad en la era moderna, surgieron en las cultas y sofisticadas naciones escandinavas, en estudios con aval estatal, que luego desembocaron en el nazismo.
Las tonterías de autoayuda, complementan los conceptos derivados de la enajenación, aunque sean su exacto opuesto. La reafirmación del yo como poblador exclusivo del mundo se confunde con el yo que es poblador exclusivo (y hasta ahí nomás, en realidad...) de mi mundo de fantasías. El cual se enriquece en la interacción con la otredad. Pero, bue. 
El Everest está lleno de cadáveres de gente que creía que "basta con querer algo para lograrlo".