Bolsonaro y la democracia



Eduardo M Romero-. El pasado domingo 28 de octubre Bolsonaro triunfó en la segunda vuelta de las elecciones, transformándose en el nuevo Presidente electo de la República Federativa de Brasil, triunfo que motivó la alegría de muchos; pero además aparecieron fuertes críticas de los opositores denunciando el carácter de Bolsonaro con incluso apreciaciones hacia su tendencia fascista y algunos políticos han llegado a sostener que se equivocaron los brasileños.

Estas actitudes vuelven a poner en el tapete el conflicto que generan algunos a raíz de entender que la democracia, y consecuentemente el pueblo cuando vota, solo lo hace bien y con contenido democrático cuando lo acompaña con su voto y cuando pierden descreen en la valoración del pueblo al emitir su voto.
Para ser más claro, cabe señalar que el estilo de vida democrático es una características de algunas pocas sociedades, otra cosa es la interpretación, que del término democracia, se aplica al acto de elegir los gobernantes por medio del voto popular; cuando mayor participación mayor grado de democratización en la elección, sin dejar de expresar que un país puede ser democrático en el acto electoral pero no serlo en su conformación social o en otros aspectos como el colonialismo o la falta de reconocimiento a otros pueblos a darse su forma de gobierno.



Partiendo de la democracia como forma de elección de los gobernantes, las elecciones de Brasil vuelven a instalar algún debate sobre los resultados de las mismas.

Siempre he expresado que el pueblo no se equivoca al elegir a sus candidatos y por ello pienso que Trump o a Bolsonaro, a pesar de no resultar de mi agrado, son elegidos por un pueblo que no se equivoca a pesar de sus expresiones misóginas, racistas, discriminatorias, violentas, denigrantes, soberbias e incluso ridículas o chabacanas.
Muchos dicen que el pueblo a veces se equivoca, como expresó Mujica, el ex presidente de Uruguay, en alusión al triunfo de Bolsonaro, quizás observando que los alemanes votaron a Hitler por un camino democrático.

En realidad sigo pensando que el pueblo no se equivoca, ocurre que los gobierno no le acarrean soluciones a sus votantes y tampoco muestran sincera preocupación por sus dificultades y enarbolan siempre excusas que impiden la solución de sus problemas y para colmo, ellos, la casta política gobernante y opositora viven y disfrutan de un pasar sin ninguna dificultad, llegando incluso a la impúdica ostentación que lleva a la masa de votantes a explotar y por ello recurre a la búsqueda de salvadores mesiánicos sin importarles mucho su plan de gobierno sino que diga las cosas que ellos no pueden decir y que los tiene en el hastío y del cual desea que alguien los rescate.
Antes de pensar en cómo pudieron elegir como líder a Hitler, veamos cuál era la situación de la Alemania en 1933. Ésta venía con una fuerte devaluación y pérdida de su moneda, sumida en una profunda crisis económica y tanto marxistas como nazis no podían remontar. Hitler perdió varias veces la posibilidad de hacerse del poder y los alemanes probaron de todo sin buenos resultados, por lo que terminaron optando por sostener a Hitler; de allí que el pueblo no se equivocó: optó por Hitler ante el fracaso de sus antecesores y luego de soportar muchas necesidades y Hitler les prometió volver a fundar el tercer Imperio “Reich”. Eligieron lo que deseaban, no se equivocaron, otra cosa es el camino que luego emprendió Hitler cuando ya había logrado el poder.

Tuve la oportunidad de viajar al Sur de Brasil luego de la primera vuelta y a una semana del balotaje y cuando hablaba con los “gaúchos” expresaban que votarían a Bolsonaro, no encontré votantes de Hadad; pero cuando preguntaba las razones de su elección ellos decían que en el Sur estaban cansados del populismo del PT de Lula; es más, daban cuenta que ellos tenían hasta dos o tres trabajos, dos diarios y uno en los fines de semana, y que mientras tanto con sus impuestos tenían que mantener a los que no querían trabajar (en alusión a los del Norte). Además, daban cuenta de la necesidad de tener mano durísima con la delincuencia y el narcotráfico y que Bolsonaro estaba dispuesto incluso a poner el ejército en esta lucha, lo que les permitiría salir del marco de dura violencia por la que atravesaban.

Pocos me hablaron de la corrupción tanto de Lula como de Temer y quienes refirieron a la corrupción solo lo hicieron como una excusa secundaria para optar por Bolsonaro; tampoco nadie se sintió molesto por las expresiones de Bolsonaro contra las mujeres, los negros y los homosexuales y algunos indicaban que estos temas eran secundarios ante la necesidad de culminar primero con el gasto populista y con la violencia delincuencial. Pareciera que los desatinos de gobiernos anteriores llevaron al pueblo brasileño, incluidas mujeres y negros, a votar a un Bolsonaro a pesar de lo explosivo de sus manifestaciones públicas en contra precisamente de mujeres y negros.
Hasta en la favelas votaron por el defensor de la mano dura. Una vez pregunté a un filósofo por qué un mensaje de mano dura es aceptado en las villas cuando saben que este tipo de políticas los perjudican por la visión de criminalizar la pobreza y me contestó: es sencillo, antes robaban a los ricos, hoy en las villas le roban las bicicletas o motos a los albañiles y a los changarines, por lo que ellos también piden castigo para los que delinquen.

Me parece que decir que el pueblo se equivoca es simplificar la cuestión y no entender que la democracia no es broma.