Soy un bufón. Soy un gorrión

Lucas Carrasco-. De mis enemigos, los pocos que me respetan, me piden que deje de escribir tanto. De opinar contra todos, de reírme como si nada me importara, de ganarme enemigos, de tomarme la vida en joda. Debería hacerles caso. Aveces juro hacerles caso. Sobre todo, cuando con enormes resacas, juro por todos los santos en los que no creo, dejarme de joder, aceptar que soy un adulto mayor (qué hermosa, qué estúpida, definición: adulto mayor, suena tan ascético, tan....). Soy un bufón.




Después vinieron, bajando una montaña, tras treparse a las nubes, un montón de bichos raros, de colores raros, fluorescentes, bien pixelados, con muchos brazos, como pulpos aviadores, pájaros monstruosos, al ataque.
bufón, bufona
nombre masculino
  1. 1.
    Persona, generalmente de aspecto grotesco, que en la Edad Media y principios de la Moderna se encargaba de divertir a la corte con historias graciosas y chistes.

    "Velázquez pintó una serie deslumbrante de retratos de Corte, desde el rey hasta los bufones de Palacio"
  2. 2.
    adjetivo/nombre masculino y femenino
    DESPECTIVO
    [persona] Que hace tonterías o se comporta con poca seriedad pretendiendo ser cómico y resulta ridículo o molesto.

Pensé en correr. Mi valentía es una valentía de maratón solidaria, de esas maratones que se hacen para COMBATIR, epa, enfermedades raras que se ponen de moda entre las actrices, deseosas de desnudarse por causas humanitarias o animalarias, o extraterrarias, ser solidario es cool, bue, en esas maratones soy de los que salen corriendo a más no poder, para ir primero en la foto y luego, a los 80 metros, doblan en la esquina, toman aire, prenden un pucho y se sientan, en un bar, a tomar una cerveza y esperar al motociclista que me lleve, por calles laterales, hasta la meta, para la foto. No es que sea un cobarde, es que mi valentía es fotogénica.
Además de que fumo 3 atados por día, bebo en demasía cada dos días y cada dos días bebo en pocasía, pero beber, bebo siempre.
Jamás defraudaría a un enemigo con laboriosas y pacientes ganas de calumniarme.

Dos chicas están haciendo el amor. En una habitación con velas, sábanas de seda brillante, alfombras rojas, cortinas pesadas. En la mesa de luz hay una bandeja de plata con frutos del bosque. Tanto cliché enfría hasta un clítoris sudoroso. Así que la morocha se levanta, aburrida, enciende un cigarrillo, sentada en la ventana. Corre las cortinas. Mira a la calle. La luz municipal, tan aburrida, tan amarilla, tan obvia. Con lo que cree es un movimiento sensual, fuma levantando las cejas y alza las pestañas postizas y da con otra ventana, de un edificio de enfrente, donde un gordo borracho, con latas de cerveza desparramadas por el piso, se hace una paja mirando esos programas de culos y chistes bobos conducidos por candidatos del casting presidencial en el antro de la antipolítica. Y la señorita, de pronto, perversamente, se excita. Tanta vulgaridad seca y sencilla a su sofisticada vulgaridad le hace cosquillas hirientes a su sadismo de clase, le toca las terminales nerviosas de las vísceras parrilleras que cuando cortocicuitan llamamos calentura, pasión u otros sinónimos medio pelotudos que han hecho, entre la neohechicería prestigiosa fundada por Freud, un industria de la interpretación: posta, HUMANO DEL SIGLO XXII, un siglo atrás, aún existía la hechicería que interpretaba los neurotransmisores de las vísceras parrilleras como culpables de algo, de hecho, que alguien acabara era asunto judiciable. Que debía ser interpretado por el hechicero. ¿Fue legal su orgasmo o hubo un embrujo que luego notaría al fracasar en su vida? Fue una época donde estar engualichado tenía prestigio. La razón, la ilustración, el iluminismo y la ciencia habían aburrido a las clases medias altas del neovictorianismo occidental.
La chica, frente a la ventana, es mayor de edad. Lleva 12 minutos desde que cumplió 39 años -la nueva legislación estipula que la sexualidad no está sujeta a libre interpretación de hechiceros desde la mayoría de edad, que se establece en 39 años, aunque puede extenderse a mera voluntad- y lee, apurada, un Código Penal para tener un orgasmo que, en caso de no gustarle, poder demandar al causante.
Cuando va por la página 4 del Código Penal, el gordo borracho, de eyaculación precoz, se duerme. Vulnerable. La adolescente de 39 años tira el Código Penal, acaba y como siempre, después de su orgasmo, se larga a llorar.
Su novia levanta la mirada, un segundo, y vuelve a su teléfono. Está jugando a una especie de pacman 3.0.

La luna sigue ahí. Todavía. Algún día no serán los rascacielos ni los aviones. Algún día los radares y satélites nos taparán la luna, que será un country multicultural de ricachones. Cultura avanzada, como había profetizado Posadas. El revolucionario que fue caricaturizado porque en sus años de senilidad dijo boludeces sobre los marcianos. Uno de los tipos que más clara la tuvo durante los momentos complejos intelectualmente, para la izquierda, terminó siendo malrecordado. Sin tener en cuenta su vida entera.
Yo escribí una biografía de Posadas. Investigué mucho. Estudié bastante. Conseguí material único cuando pasaba más tiempo en Bs As que en Paraná o Santa Fe. Homero Cristalli Frasnell,cuyo seudónimo fue J. Posadas, tuvo una vida difícil y apasionante, fue una estrella cósmica, un planeta sin órbita.
Hubo una negociación con una editorial, para publicar esa biografía. No la aceptaron. Pero la publicarían, me explicaron, si firmaba un contrato para escribir sobre mis amoríos con chicas famosas. Amoríos que jamás existieron, eran el chusmerío de por entonces. De cualquier manera, me negué. La biografía de Posadas murió durante la quema de una de mis computadoras. No fue accidental. La tiré al piso. Porque estaba escribiendo una cosa, otro librito, sobre los pueblos originarios y los mitos del progresismo. Y de pronto, bue, estaba borracho, quizás exageré, pero de pronto, cuando estaba en lo mejor de la escritura, me di cuenta que nadie tampoco querría publicar eso. Porque obvio, porque...

Hay días que tengo una estaca en el pecho. Dicen que es ansiedad. Cosas así. Medicables. Los que no me soportan siempre quieren medicarme. Hay días más normales, donde solamente escribo, salgo a caminar, converso con mis amigos, debato de filosofía, poesía, semiótica. Apago mis teléfonos. Salgo a vivir un rato, por ahí. Recorro los barrios de pescadores, las casas obreras, las barriadas tomadas por los soldaditos y los dealers, los paisajes tristes de hormigón triste donde se estrellan nuestras pasiones políticas tristes. Donde se emborrachan nuestras categorías sociológicas. Y yo sigo caminando. A ningún lado. No hay a dónde huir de uno mismo.
No hay dónde quedarse. Dónde habitarse con cierta calma. Y cierta elegancia. No hay.
Hay ésto.
Solamente ésto.
No es poco.
Y si lo mirás bien, el mundo es grande y hermoso.
El mundo es grande y diverso.
El mundo es esa inconmensurable e intensa manzana donde vivo, los libros que no he leído, las películas que no me aburren, las novias que me abandonaron, los amigos con los que me emborracho, las sorpresas de mañana, si es que tengo la suerte de despertar. Todo lo demás es turismo, psicoanálisis, tarjetas de crédito, ilusiones, control, salas de espera.

Hace algunas semanas, uno de los grandes músicos uruguayos -con quien pasamos muchas noches de bares y lindas charlas de literatura- pasaba por calle Billinghurst, en Bs As. No sé si me vio. Uno en Bs As no anda pensando con quién me encontraré en la calle, porque jamás te encontrás a nadie. Lo vi. Crucé. Rápido. Para el otro lado. Me metí a un kiosco, compré un pancho y una gaseosa, salí tranquilo. Probablemente no me vio.
Hay días donde soy un hueco enterrado en sí mismo.
Hay días que busco ser un hueco enterrado en mí mismo.