Madariaga, Juanele y el yaguareté



Lucas Carrasco-. En estos días, comienza un Congreso de Literatura en la Universidad del Litoral, en Santa Fe, al que va a asistir mi amigo Martín Rodríguez. Estábamos organizando para almorzar, ya que yo estoy en Paraná. Me cuenta que va a exponer una tesis sobre Francisco Madariaga, el genial poeta.
Le cuento, que hay cierta tesis que vincula a Madariaga con Juanele, que los unifica a partir de que ambos escribían bajo la influencia de su entorno y esos entornos, vistos desde lejos, son parecidos. Hablamos de los Esteros del Iberá en Corrientes y la Selva de Montiel (que no es selva) en Entre Ríos. Esta tesis se basa en la descripción que Juan José Saer hizo de Juanele.

Aunque Juan L Ortíz puede considerarse dentro de las vanguardias, lo cual sería su único punto de contacto con Madariaga, el correntino estaba dentro de las corrientes surrealistas. Con toda la diversidad que esa corriente tuvo en Argentina. Cuyo principal ícono fue Oliverio Girondo, pero también Olga Orozco y Enrique Molina.
Entre Saer y Girondo existen parecidas distancias espaciales como entre Juanele y Madariaga, me parece. E incluso, como recién termino de leer esta nota, me parece que hay una metáfora para explicarlo mejor.
En Paraná, aunque nadie lo lee, Juan L. Ortíz es conocido: hay un Centro Cultural municipal con su nombre, queda gente que lo conoció, siempre es mencionado en esos eventos aburridos sobre literatura que hacen las instituciones estatales, etc. En cierto modo, es como el yaguareté: hecho en Buenos Aires, es un monumento a alguien que nadie sabe que se extinguió de la Selva de Montiel (que no es selva).
En cambio, Madariaga, es como el caso del yaguareté en los Esteros del Iberá: fue reintroducido en el año 2015 desde Buenos Aires. Hay que ver si el experimento conservacionista funciona.

EL PEQUEÑO PATÍBULO (1954)
Francisco Madariaga

El riesgo de la verdad


Caes en mí como una brusca levedad del clima,
del agua,
de una oblicua y desterrada colina,
castigo delicado de un paisaje solamente hollado
por su propia demencia.
Mi desnudez asume así tu cálido cristal
y se destina más al fondo del celo con piel sonriente candente de tu herida.
Adorada mía tapizada de rayos,
con tu colina bajando todas las aguas de la
locura.
Niña mía, con la boca cargada del esplendor del
plátano, alguien,
alguien tiene que depender del canto.