Los muchachos




Manuel Langsam-.Un grupo de productores radicados en Lucas Norte me trajo al SENASA su preocupación por una majada que estaba muy afectada de sarna y pastaba en la calle. Pertenecía a una señora que vivía en un rancho sobre su campito, de unas 20 hectáreas ubicadas en cercanías de la Rta 20, en un callejón hacia el oeste camino al Río Gualeguay.



Fui al lugar a constatar la denuncia y me encontré con la majada de unas 30 ovejas en estado lamentable. Casi sin lana, flacas y con unas lesiones de sarna que les cubrían gran parte de su magro cuerpo.

Me acerqué a la casa, un rancho muy humilde y encontré a su dueña que estaba cerca de un fogón, debajo de un tala, lugar que hacía las veces de cocina. Era una mujer de edad indefinida, pequeña de físico y con la cara marcada de arrugas, seguramente cicatrices de lo que había sido su larga lucha en la vida. Le expliqué lo grave de la situación, a la que había que poner  término porque su majada representaba un foco peligroso de contagio para toda la zona.
La solución sería comenzar de inmediato el saneamiento o, directamente, eliminarlas.
Como no había ninguna posibilidad de ingresar a un bañadero vecino por la gravedad de la parasitación, ni ella tenía medios para adquirir medicamentos y hacer el tratamiento manual (no existían los inyectables actuales), le propuso eliminarlas directamente.
Me pidió que no lo hiciera, ya que juntamente con el maíz que sembraba y una pequeña huerta, consistían su sustento diario, agregando que cuando vinieran “los muchachos” les pediría que compraran lo que hiciera falta para curar las ovejas.
Me contó que “sus muchachos” se habían ido hacía ya muchos años a Buenos Aires a trabajar en una curtiembre y que cada tanto, sin fecha fija, venía alguno. Le traía ropa y le dejaban algunos pesos para aliviar su situación. Que ya le habían ofrecido llevarla con ellos, pero que quería quedarse ahí, en lo que era su lugar ya que “no se hallaba en  la ciudad".

Como había que tomar medidas de inmediato por el peligro de contagio que representaba para la zona, le pedí que se consiguiera una batea grande y dos hombres que estuvieran dispuestos a ayudarla.
Hablé con el viajante que vendía el mejor y más conocido producto para combatir la sarna, quien me cedió la cantidad necesaria para los dos primeros baños.

Ya todo organizado, le envié un paratècnico con la orden de bañar a mano en la batea todas las ovejas, quemar todos los restos de lana enganchados en los alambrados, palos, árboles, rascaderos y pasaderos y regar luego con el contenido del baño todo el piso del corral.

La operación se repitió a los diez días y luego, ya sin peligro de contagio, se mandó la majada a un baño de inmersión en una estancia vecina.

A los pocos meses las ovejas estaban irreconocibles. Cicatrizadas sus heridas, con lana nueva y firma y varios kilos más.

Doña C… quedó muy agradecida y, como siempre me decía que cuando vinieran “los muchachos” les iba a pedir que me pagaran. En lo sucesivo, cuando pasaba por Lucas Norte, inspeccionaba el lugar sin encontrar novedades.

Pasó el tiempo, ya me había olvidado del caso, cuando una tarde paró frente a mi casa una cupé Torino de la que bajaron dos hombres bien vestidos, con ropa de primera calidad y muy moderno corte de cabello. Se presentaron como los hijos de Doña C… (Ah!, los muchachos, pensé yo), diciendo que venían a pagarme los gastos y agradecerme lo actuado con “las ovejitas” de su madre.

Resultó que, habiéndose iniciado en Buenos Aires como peones de una curtiembre, eran actualmente los fabricantes de ropa de cuero de una de las más conocidas marcas del país y cuya producción, en su mayoría, se exportaba.

Al no quererles cobrar, ya que no me debían nada, me dijeron que, para que quedara como recuerdo, aceptara un obsequio de parte de su madre. Fueron al auto y bajaron una caja en cuyo interior encontré la más fantástica campera de cuero que haya visto.

Han pasado treinta años. Aún la conservo.