Los enojados



Osvaldo Quinteros-. Los políticos sólo le están prestando atención a los convencidos de uno u otro microclima, pero en el medio hay una mutación en la gran mayoría de la población. Y esa gente vota. Conviene prestarles atención.
Temerosos del botoneo trucho de la prensa que apoya a la derecha macrista, cautelosos ante los medios que apoyan la centroizquierda de Unidad Ciudadana, todos los políticos, aún los que no están en ningún bando, quiere captar a los militantes de una u otra tendencia, que se obstinan en comportarse como los pinta su adversario. Porque se aman tanto que se odian, porque a ambos les conviene.
La gente no es tonta. Se da cuenta que huele a farsa, a arreglos bajo la mesa. En cierto modo tiene razón. Pero vamos a hablar de un tipo especial de gente, que pronto serán mayoría. Los enojados.



Lo siguiente no es una categoría de análisis político ni un estudio sociológico. A veces, a los sociólogos, la abundancia de Big Data -que siempre es bienvenida, sobre todo para la investigación social científica- nos hace olvidar la importancia de la intuición. La intuición política sirve para elaborar hipótesis que luego con las herramientas del estudio científico social, evaluar las hipótesis correspondientes.

Aclaradas las limitaciones, vamos a hablar de esa rara avis que parece estar en crecimiento, sobre todo en las grandes ciudades. En Rosario el fenómeno me viene sorprendiendo. A Paraná hace un tiempo que no voy. Y en Buenos Aires es un clásico permanente, lo que cambia entre los porteños es la intensidad.
Son los tipos con los que hablás en la cola del banco, en los cafés, arriba de un transporte público, en la verdulería. Gente que sociológicamente está en el amplio espectro de quienes son o se creen clase media. Generalmente, tienen entre 35 y 55 años.
Consumen mucha información, casi todos medios sensacionalistas (Lanata y sus variantes locales) y los resignifican. Probablemente hasta hace poco fueron oficialistas y votaron a esta derecha cool que es Cambiemos, pero ahora no le creen absolutamente nada ni al gobierno nacional ni a los periodistas militantes del macrismo y, especialmente, del Grupo Clarín, cuyo desprestigio está muy instalado. Pero tampoco le creen a la oposición. Y prescinden de cualquier dato objetivo. Pero sobre todo, se alejan de quien quiera emitir una opinión razonada, sensata, sin entrar en el chiquero. Aman el chiquero. Se pasan audios de WhatsApp de ignotos gritones que reivindican a Videla y la dictadura para luego pasarte un discurso propinante de llorosa y hasta cursi sensibilidad social y algún costado oscuro, infaltable, sobre SOCMA y la dictadura. Todo les da lo mismo. Aunque los irrita, buscan información que los irrite más. Por supuesto, hoy hay información para que cualquiera crea lo que ya quería creer.

Están molestos. Con el feminismo y con los machistas. Con la izquierda y la derecha. Ya no creen que "en los países serios" las cosas sean distintas. Ya no piensan que "el problema es que la Argentina...". Tienen un pesimismo mundial. Pero activo. No es propositivo. No saben ni quieren saber cómo solucionar lo que piensan son problemas. Quieren morbo. Quieren sangre, pero lejos, televisada. Tienen miedo a sangrar. A perderlo todo. Tienen miedo a todo, se diría. Oscilan como un péndulo hiperactivo de una proposición a la contraria, siempre y cuando las proposiciones sean tajantes, sean enunciados cerrados, por más descabellados que suenan. Esperan que uno reaccione con calma. Para enfurecerse más. No esperan que uno les recite, como hacen los militantes, el discurso de uno u otro canal de TV, esos discursos facilistas los conocen de memoria y pueden rebatirlos fácilmente, a ambos a la vez, estando a favor del contrario del canal que ven para luego hacer zaping y estar en contra del contrario.
Es un enojo improductivo. Están furiosos contra el mundo.
Buscan información contra los ídolos emergentes de la TV política, desde Juan Grabois a Javier Milei: los ven iguales, los enfurecen con la misma pasión. La paradoja es que son los que efectivamente hoy ven televisión política, cuando ya casi nadie mira los programas partidarios (así se llamen "periodismo independiente").

Está pasando. Son cambios capilares que pueden irse para cualquier lado. Solo me animaría a dar no una certeza sino una hipótesis, o mejor dicho dos hipótesis, ya que mi hipótesis de quién puede capitalizar el voto in crescendo de los enojados implica la premisa de que alguien los podrá capitalizar, que no se reeditará el "que se vayan todos". Me freno un segundo en este punto.
A diferencia del 2001, cuando los sectores del amplio espectro que se considera clase media (que según las encuestas en Argentina abarca casi el 80% de sus habitantes) salieron a cacerolear, hoy este sector de los enojados no es el que va a las marchas de derecha que se hacen en Recoleta (en Rosario y Paraná, también, pero con menor presencia) contra "los corruptos". Esos grupos que serían el caldo de cultivo de un Bolsonaro local hoy son contenidos por Elisa Carrió. Mucho menos, los enojados, irían a una marcha católica de los piqueteros o a una "asamblea del pueblo" del kirchnerismo de clase media militante. Los enojados no van a ninguna marcha, aunque son activos en internet, en grupos cerrados, son más activos en la vida cotidiana, en la calle, en el trabajo, en la vía pública, que la sienten invadida por estos grupos militantes. También ven las redes sociales como invadidas por "los militantes" de uno u otro bando que aborrecen por igual, excepto a los grupos cerrados (por eso la preferencia por WhatsApp) y especialmente algunos foros multitudinarios como Forocohes o Taringa, por nombrar dos ejemplos. Taringa fue hasta hace poco la red social más visitada de Argentina y la segunda más visitada en Latinoamérica. Me animaría a decir que la mayoría de los políticos desconoce qué es Taringa o Forocoches (que tiene un sesgo de clase más alto).


Los enojados pueden ser capitalizados políticamente. Están ahí, disponibles para los laboratorios electorales. Tarde o temprano, los Durán Barba serios que captarán esta tendencia creciente -ya se ve reflejada en la publicidad de productos comerciales, que suele contar con los mejores sociólogos-.
No tengo ni idea de quién o quiénes los capitalizarán, pero sí que será una persona ya medianamente conocida, no mucho, que empiece a hacer campaña por internet y en la calle y que sea repudiada por el periodismo de salón de uno u otro bando. Y no deberá mostrar una gran estructura ni mucho financiamiento, aunque lo tenga.
A costa de escándalos verbales, se ganará el repudio generalizado de los que se ofrecen a pensar por nosotros desde los medios de "la grieta", donde no se puede emitir ninguna opinión sensata, todo debe ser denuncia sensacionalista cargada de indignación moral más o menos hipócrita.
¿Alcanza para ganar una elección?
Mi intuición: depende de la economía. Con esta economía, quizás. Si se profundiza mucho el empobrecimiento sistemático, quizás no. Ahí, el amplio espectro que se considera de clase media quiere recuperar su estatus y vota masivamente una u otra opción peronista.