¿El pueblo nunca se equivoca?



Marcelo Brignoni-. La elección de Brasil merece un análisis más complejo, más riguroso, menos complaciente y sobre todo, alejado de la “ética” y del “honestismo”, que pretenden darle carácter moral a un hecho estrictamente político.

Desde hace tiempo la ciencia ha demostrado que el error humano es posible, es habitual, e incluso es inevitable en muchos casos. Pero esta hipótesis, cierta en el análisis de los comportamientos, es bastante más cuestionable en política.
Escuchamos desde el domingo a la noche diatribas de todo calibre contra el pueblo brasileño, “fascista”, “idiota”, “fácil de engañar”. Es cierto que este domingo le dió un triunfo claro a un personaje nefasto como Jair Bolsonaro votándolo masivamente, dándole nada más y nada menos que el 56 % de los votos, pero la explicación del “error histórico” no parece la adecuada para analizar lo sucedido.

¿Esta elección se explica por la detención arbitraria e injusta de Lula da Silva?, en parte.
¿Lula se habría impuesto en las elecciones presidenciales?, probablemente, aunque nunca lo sabremos.

Las causas del triunfo de Bolsonaro son múltiples, pero tres ejes son indudables. Bolsonaro percibió que los reclamos de orden, de seguridad y de terminar con la dirigencia política de Brasil en su conjunto, eran masivos. Sólo Lula parecía seguir en conexión de respeto mutuo con su pueblo. Su proscripción y encarcelamiento nos impide saber qué hubiera pasado con su candidatura, y le da menor carácter democrático aún,  a la elección de Bolsonaro.

Más allá de esto, es bueno aclarar que no es cierto que Bolsonaro exprese lo viejo de la política brasileña. Está claro que sus ideas no nos gustan, y que hace tiempo que forma parte del elenco estable del parlamento federal, pero no ha gobernado ni siquiera un Estado. Por ende los electores no lo responsabilizan de la situación actual de Brasil. Dilma Rousseff, Fernando Henrique Cardoso y Michel Temer, los tres dirigentes más importantes de Brasil hasta hace poco más de dos años, tramitan sus respectivas jubilaciones por estos días, como parte de este repudio, que Bolsonaro uso en su favor.

El triunfo de Bolsonaro se viene construyendo en la descomposición del tejido social brasileño desde hace mucho tiempo y también forman parte de esa historia, errores de gran tamaño de los gobiernos del PT.

La inviabilidad del MERCOSUR, de la que potenciales ministros de Bolsonaro hacen gala en este fin de octubre, empezó a gestarse hace mucho tiempo, allá por la  Primera Reunión Cumbre del BRIC realizada el 16 de junio de 2009, en la ciudad de Ekaterimburgo, en Rusia. Entonces Brasil, por fuera del MERCOSUR y de la recientemente creada UNASUR decidió desairar a sus aliados regionales y presentarse ajeno a ambos bloques para construir una nueva orgánica internacional que priorizó. El daño que esta decisión le causó a la politica regional de integración fue visible.

La economía brasileña funcionaba entonces. El primer gobierno de Lula cerraría con un incremento promedio del PIB del 3,5%; y durante su segundo mandato del 4,6% anual.

Luego llegaría Dilma, con un primer mandato difícil y un segundo inaugurado con la decisión de entregarle el manejo de la economía del país, a un neoliberal de puro cuño, formado en la Catedral de la Universidad de Chicago, y colega de ideas con Paulo Guedes, potencial Ministro de Economía de Bolsonaro. Ante la sorpresa generalizada de los votantes del PT, que nunca entendieron esa decisión, Joaquim Vieira Ferreira Levy, sería el Ministro de Economía de la presidenta economista Dilma Rousseff. El gobierno de Dilma languideció hasta su injustificable destitución, y la desafortunada decisión de los parlamentarios del PT, de permanecer en el mismo Congreso que había violado la constitución y el mandato popular, destituyendo a su propio gobierno.

Temer asumió el gobierno y avanzó en sentido inverso a la historia. Sus tres grandes legados, son una reforma laboral esclavista, una reforma previsional medieval y un límite del gasto público destinado a la justificación legal de la deserción absoluta del estado brasileño, de sus responsabilidades sociales mínimas.

En paralelo a esto aparecería el Juez Moro. De fluidos contactos y similares aspiraciones con el otrora poderoso presidente de la Corte Suprema de Justicia de Argentina, se tomo muy en serio la tarea encomendada de perseguir, proscribir y encarcelar al único líder popular vigente en Brasil, ante la debacle del Partido de los Trabajadores, Luiz Inacio da Silva, Lula. Pero el plan que culminaba con el ingreso triunfal al Palacio del Planalto de Geraldo Alckmin, el delfín del impresentable Fernando Henrique Cardoso, fracasó.

Y entonces apareció Bolsonaro, y la explicación más sencilla de su triunfo parece ser “Hitler llego al poder ganando elecciones”. Explicación absurda que los argentinos conocemos bien. Años de escuchar a los antiperonistas y golpistas decir eso sobre el peronismo. El peronismo de Argentina, ese hecho maldito del país burgués, siempre entendió que el concepto de vanguardia, que produce análisis de este tipo, era inviable a la idiosincrasia y la cultura argentina y latinoamericanas.

Bolsonaro es un grito desesperado, muy probablemente equivocado, de millones de brasileños, que compraron erróneamente los odios y los intereses de sus patrones.

Trabajadores y vulnerables, que pidieron sin éxito que el Partido de los Trabajadores ampliara su mirada ante la amenaza de un gobierno imprevisible y muy probablemente violento, que pensaron que la unidad con Ciro Gómez era posible, y que él sería el candidato a vicepresidente.
En lugar de eso, el PT decidió radicalizar la propuesta con una agenda de minorías y una candidata a vicepresidenta que fue el blanco ideal de la derecha bolsonarista.

Los intentos desesperados de Haddad, de recomponer vínculos con la Iglesia Católica de Brasil, muy lejos de ser reaccionaria, y con los sectores moderados de los grandes centros urbanos, aquellos que votaron a Lula en forma masiva hace no tanto, llegaron tarde y fuera de formato.
Aquí no se trata de crucificar a Haddad, por el contrario. Su comportamiento fue digno y estuvo a la altura, pero el escenario lo desbordó, por acciones y errores que lejos estuvieron de sus áreas de decisión.

El presente es de angustia y el futuro una amenaza, pero también es una lección por aprender. Aprender que las fuerzas populares tienen que entender y respetar  la cultura y la identidad de los pueblos a los que quieren representar, porque el pueblo no se equivoca, se equivocan los dirigentes que no son capaces de construir los canales para que el pueblo pueda expresarse en su propia defensa, sin subestimaciones, ni agendas impuestas que no son de su interés.

Las fuerzas populares son las que comprenden los desafíos y expectativas de su pueblo, no las que pretenden que su pueblo "las comprenda".

Solo el Pueblo salvara al Pueblo. Ningún “moralista” lo hará por él.