El poder es una droga potente



Lucas Carrasco-. El peronismo no puede parar con su dinámica de resolver las internas en el resto de la sociedad, luego de que la debacle radical del 2001 lo dejara solo en la cancha. El problema es que el resto de la sociedad ya no quiere participar de su interna.
Así las cosas, las peleas entre peronistas, entusiasman poco y nada. Pero sus dirigentes se forjaron en los años 90, aunque su corpus ideológico sea ochentoso (y su narrativa épica es algo que vivieron otros), el aprendizaje sobre el manejo del poder lo hicieron durante la década del 90, cuando Menem fue reelecto y salió segunda una fórmula de peronistas disidentes (Bordón, hoy funcionario de Macri y Chacho Álvarez, que luego de varias décadas tuvo que abandonar el presupuesto público, que ya lo vestía como si fuera una segunda piel). Fueron los arquitectos de la fugaz Alianza y del interludio duhaldista, para luego sumarse al carro kirchnerista, siempre de la manito con Clarín, porque el amor es más fuerte. Cuando en el 2008 tuvieron que optar entre Clarín o el presupuesto público, se divorciaron del Estado y Menem ya era kirchnerista. El mundo seguía estando a sus pies: la interna del peronismo se libraba en toda la sociedad. El que gana conduce, el que pierde es traidor. Así se fueron sucediendo las cosas hasta el paroxismo. Y la gente se hartó. El antiperonismo básico al que apeló el PRO para justificar el espanto económico que provocó para enriquecer a los amigos del Presidente, ya no construye una identidad. Ni emociona a los venerables ancianos que aún recuerdan la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora, porque los yuppies posmodernos que bailan al ritmo de Gilda, además de grasas son unos ladris. Por más que se casen con una Blanco Villegas.

Este es el sustrato de la barranca peronista que se está desmoronando en Concordia. Como ya pasó, casi impensable, en La Paz y Nogoyá. Como va a suceder en Gualeguaychú.
Ok, es cierto. Ayuda a su supervivencia que Macri y sus adláteres sean indefendibles, más allá del odio ancestral al peronismo. Que hoy es más bien un odio light, cosa de viejos. Un asunto sin rating, que a nadie le importa demasiado, en verdad. Por eso la sobreideologización en auge, tanto a derecha como a izquierda, de Bolsonaro (candidato a la presidencia y el posterior juicio político en Brasil) a Evo Morales, se da en un contexto donde los modelos económicos en pugna no se condicen con las abismales diferencias verbales. El balotage en Brasil no dirime la conducción del Banco Central y es tan explícita esta política de estado suicida que ni siquiera se discute, a pesar de los sucesivos fracasos y bancarrotas ideológicas en el casino global donde quiso jugar Brasil y le quedó grande. Es un remake de la Guerra Fría visto en Netflix. A la distancia, no es más que un show televisivo. On Demand. Aunque el microclima de la política -que depende de las prebendas, subsidios, decisiones penales y demás oscuridades necesarias que se definen en los conventillos partidarios- cree que está en juego la vida, la libertad, la democracia, la gente no ve con el mismo prisma melodramático estos asuntos. ¿Está mal, está bien? Yo que sé.

Los reflejos de los dirigentes peronistas que no captan este escenario semiótico que se vale de un nuevo contexto sociológico, reaccionan tratando de envolver para regalo sus cuitas al resto de la sociedad, que los mira con indiferencia, como si fueran radicales de comité.
-¿Radicales de comité? ¡Vivos!
-No, Susana, vivos no.



Cuando Evo Morales dijo que comer pollo causaba la enfermedad de la homosexualidad, no hubo ningún alboroto porque Evo es "de los nuestros", frase que podría ambientar una reunión de progres psicoanalizados o al directorio del Fondo Monetario Internacional.
El psicoanálisis es hechicería, ya no es más la religión de las capas medias, ahora su religión es el progresismo linguístico. Así como para la derecha, el prestamista de última instancia para la fuga de capitales, el FMI, tiene un carácter sacrosanto. Todos paganos, si se los compara con el miasma eclesiástico que asustaba a sus abuelitos.

La insoportable levedad del ser responde a un estadio civilizatorio en crisis y, aunque en el mundo ha crecido brutalmente la desigualdad, ha bajado dramáticamente la pobreza y aumentado la esperanza y calidad de vida.
Así como el aburrimiento y la soledad son las pandemias de un mundo donde lo sanitario tiene ya criterio policial, la potente droga del poder llena el vacío existencial de una élite a la que el dinero -el principal medio de comunicación de la humanidad- de tanto que tiene, le resulta poco. Es así. Nuestras élites tienen tanto dinero que les resulta poco para los fines con que lo buscaron: esos fines psicológicos (por otro lado, imposibles, pero el mito de la felicidad es capaz de suplantar la evidencia racional del sufrimiento psíquico inherente a la condición de la existencia) se escapan, no se pueden comprar con dinero, sí con poder. De manera fugaz y con altibajos ciclotímicos enormes. Como toda droga de diseño derivada de los opiáceos.
El poder es la única línea de fuga que permite el sistema. Para reproducirse. Como en la metáfora de Perón sobre los gatos. Es decir, lo contrario a lo que creían Deleuze y Guattari. O el último Foucault. Pero esa es otra discusión, más teórica, más aburrida. Y para que una nota sea leía en el microclima de los que aún leen, debe contener emociones fuertes, chismes maliciosos, escraches altisonantes, puterío de baja estofa, patrullaje moral, bue, lo que hoy llamamos periodismo, a falta de un nuevo nombre para el género literario del escandalito efímero.

Los playitos creen que la conclusión, ante un razonamiento que les parece extravagante porque sus líderes de ocasión aún no lo han examinado, es que uno está diciendo que "todo es lo mismo". No es así. De hecho, es una proposición filosóficamente incorrecta: una totalidad es su mismidad, pero dos totalidades no pueden ser lo mismo. No, no es lo mismo que gane el PT a que gane Bolsonaro, por ejemplo.
Lo que tampoco quita que Bolsonaro tenga razón y el PT sea un partido socialdemócrata, lo que para Bolsonaro equivale a chavismo. Por el contrario, está lejos de la socialdemocracia de Hugo Chávez, es un partido capitalista exitoso: hizo del Brasil una sociedad más desigual pero con menos pobreza, supo aprovechar y leer bien la coyuntura internacional y tuvo un discurso disociado de la realidad que fue efectivo mientras tenían el poder, porque el saber y la verdad emanan del poder, no en una relación lineal ni mecánica, pero sería una ingenuidad no captar estos mecanismos sutiles. Con Lula Brasil pudo sentir el orgullo de volver a sentirse el imperio que siempre quiso ser (frente a Bolivia, Paraguay y algunas republiquetas africanas, pero algo es algo). La misma promesa que ofrece Bolsonaro, solo que con un discurso fascista.
No es lo mismo. Pero tampoco es el fin del mundo.