¿Carrió y la UCR o Macri?



Pablo Mori-. El estigma que cargan tanto Carrió como la UCR tras el fracaso del 2001, los obligó a aceptar hasta lo más inmoral y antirepublicano del autodestructivo gobierno de Macri. Son quienes lo sostienen con vida, sin embargo, el macrismo los sigue maltratando.



El dilema no es menor. Carrió, considerada con razón una dirigente tóxica y mesiánica que se bandea ideológicamente para cualquier lado solo guiada por su egocentrismo delirante, estuvo obligada a quitarse ese estigma durante tres años. Lo mismo la UCR, que no pudo terminar el gobierno con Alfonsín y con De La Rúa.
Carrió cuestionando que la injerencia de Macri en el Poder Judicial no sea más profunda para profundizar la persecución a la oposición, es una bomba atómica contra el discurso democrático, políticamente correcto y republicano de la derecha cuando está en la oposición. Está minando el relato de un gobierno que tiene la economía desplomada y cuyo legado servirá para varios ciclos de gobiernos peronistas.
Mientras tanto, todo el poder territorial de la UCR ve con asombro y resignación -el caso de Sergio Varisco es paradigmático- cómo Rogelio Frigerio hace acuerdos con el peronismo para perjudicar a los radicales. Hasta hace un tiempo, con ingenuidad, los radicales creían que los acuerdos de Frigerio le servían a Macri y no al propio Frigerio, que supo leer bien que el Presidente en realidad, está pintado.
Ahora lo sabe todo el mundo, dado que el FMI maneja la economía y los bloques legislativos de Cambiemos son autónomos mientras los operadores judiciales del macrismo no diferencian bien los intereses comerciales propios de los intereses políticos del gobierno, dejándole a Carrió un frente de batalla para ella redituable, aún a costa de empeorar la crisis que bancó mientras se incubaba. "Quiero llevar tranquilidad al país, el dólar está a 17 pesos pero bajará en las próximas semanas" dijo Carrió hace menos de un año.
La prensa macrista toma distancia y los intelectuales del poder empiezan a cuestionar a Carrió. A la UCR no le dan ni bola.
Nadie se anima a decir en voz alta lo obvio: quien está rompiendo Cambiemos es el propio Macri, con sus pretensiones de ser un líder cesarista y populista de derecha pero en los hechos, sin liderar nada. Es difícil liderar una coalición si se vive de vacaciones y se dedica una jornada laboral entera a organizar un posteo en Facebook. Eso es Macri, que además manosea a sus socios tratándolos poco menos que de súbitos, aprovechándose con crueldad del estigma de la ingobernabilidad.

Es justamente ese estigma de la ingobernabilidad, con todos sus miedos asociados, lo que en parte domestica al peronismo y lo fragmenta, contiene a los disidentes de Cambiemos y le lleva el apoyo de un tercio de la población a un gobierno nacional que no gobierna, que no sabe qué quiere ni cómo lo quiere.
El trauma que dejó en el país De La Rúa sigue condicionando la política. No sólo sirvió para que el kirchenrismo se fortaleciera y gobernara 12 años sin oposición, sino que hoy ante el desplome brutal de la economía, un presidente alienado y maltratando a quienes lo quieren ayudar - incluso Vidal y Larreta- tiene un tercio de apoyos. Lo cual no quiere decir que vayan a votarlo nuevamente para Presidente, sino que quieren que termine su mandato. Aunque algunos, una mitad de ese tercio según las encuestas serias, podría respaldarlo en una reelección. Es un caudal electoral muy pobre como para tanta soberbia.