Brasil y nosotros



Lucas Carrasco-. Cómo impacta el resultado electoral en Brasil en Argentina y Entre Ríos.


Hace unos dos años, Mauricio Macri y el saliente presidente de Brasil, Michel Temer (se va con una popularidad de un 2% de imagen positiva pero, aún siendo probablemente corrupto y probadamente cómplice del mamarracho que fue el derrocamiento de Dilma, con el tiempo, será mejor recordado porque hubo un inminente intento de militarización del gobierno, y finalmente logró que haya elecciones democráticas y limpias, con el exclusión de Lula, que las vuelve cuestionables, pero esa no fue una decisión del Poder Ejecutivo) anunciaron que para el cumbre del G-20, que está por hacerse en Buenos Aires, ya estaría en marcha el acuerdo de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea.
Los reparos que ponían desde el 2012 los integrantes "menores" del Mercosur, como Uruguay y Paraguay, fueron quedando en el olvido por las propias resistencias de países de peso en la Unión Europea, como Francia. La situación mundial, además, cambió y la Unión Europea necesita comprar más productos agrícolas a Europa del Este para contener el avance de Putin, lo cual le viene bien a los EEUU.
Sin embargo, durante las elecciones presidenciales argentinas del 2015 y las de 2018 en Brasil (y todo indica que las de 2019 en Argentina) ningún candidato puso en cuestionamiento al Mercosur. Ningún candidato, ni de partidos importantes, ideologías extremistas o popularidad perversa o prestada.
Aunque, claro, recién en el último tramo de la campaña presidencial brasilera, Argentina por primera vez en muchísimos años no tiene déficit en la balanza comercial con su "socio estratégico" producto de la feroz devaluación local.
Vistas las elecciones desde el punto de vista económico de la Región Centro, en todo caso la destrucción de la producción automotriz en Córdoba y de sus derivados en el Gran Rosario, que está íntimamente vinculada al Mercosur y las grandes multinacionales del rubro, tiene sus problemas por políticas económicas locales, no por rispideces institucionales en la relación con Brasil. Es poco probable que esto cambie. Y la competencia en el rubro agrícola ganadero, que también incluye a Entre Ríos, hoy es competencia desleal por la salvajada que lleva adelante el gobierno de Macri en esta fiesta para los ricos.
Desde el punto de vista político, hay una extrapolación demasiado facilista. Que la corrupción. Que la polarización ideológica (¿no era que las ideologías habían muerto?). Que la derecha y la izquierda (¿no era que estas categorías eran obsoletas?). Que los antisistema. Que la crisis de los partidos políticos. Que esto es una remake de la rivalidad entre el kirchnerismo y el macrismo y así.
Todo está por verse.
Difícilmente, la descomposición institucional del Brasil se deba exclusivamente al proceso selectivo de investigación de la corrupción, que lejos de desmoldar la salvaje desigualdad social, la profundizó. Y en todo caso, en Sudamérica, donde se resucitó la esperanza de la izquierda mundial, hoy corrupción e izquierda son sinónimos. Y esa es una derrota cultural de primera magnitud, que no se soluciona escondiendo el problema bajo la alfombra, donde la mugre tiene mejores condiciones para la reproducción de bacterias, hongos y microorganismos potencialmente más dañinos que la mugre que se quería esconder. Tampoco se soluciona poniendo la alfombra en el lavarropas, porque se deshilacha. Ni tirándola y comprando una nueva, porque ya no sería la misma alfombra.
¿Cómo se soluciona?
Ni idea. Lo único que se es que el problema no es la alfombra, es la mugre.

Que un altísimo porcentaje de los brasileros haya decidido votar por Jair Bolsonaro es alarmante. Con independencia de su próximo destino político (lo cual también está por verse), de que en su devenir luego se disfrace de otra cosa, el dato profundo es que hay un porcentaje altísimo que lo votó por su faceta fascista, su costado grotesco, su imbecilidad y odio irracional. Por el amor a la familia tradicional y esa sarasa misógina, patética, inexistente. A años luz de la derecha argentina.  Por o a pesar de esos "valores": la línea edulcorada que separa ambas proposiciones es tan...delicada. ¿Por qué anteponer la voluntad consoladora pero imaginaria a la cruda realidad?
El principal activo de Bolsonaro es, fundamentalmente, el alto grado de criminalidad imperante en las grandes ciudades de Brasil y la cobardía de la centroizquierda de Lula y Dilma que dejó en manos de los militares el control étnico, sin ningún resultado en relación al objetivo demagógico propuesto, que era bajar las índices de criminalidad. Un clásico de la demagogia Latinoamericana.
Según el Instituto Brasilero de Geografía y Estadística, el 54% de los habitantes de su país se considera negro o mestizo. No es lo mismo tener algún porcentaje mayor de "negritud" (genéticamente, todos lo tenemos, dado que provenimos del África, luego, hay distintas tonalidades de "negro") que asumirse como tal. Hasta la irrupción de Bolsonaro, los analistas críticos -abundan los brasilfriendly, sobre todo, progres de Palermo- creíamos que la élite brasilera era racista, estábamos equivocados: buena parte de su población, también. De hecho, el perfil "antisistema" de Bolsonaro tiene ahí sus sustento semiótico: alega, implícitamente, que la élite de su país es poco brutal con los negros. Hasta un simio de manual como los que conocemos y son clásicos parece moderado, al lado de un cavernícola como Bolsonario. Que ya ganó: el desprestigio de Brasil, su verdadera cara -que no es una mayoría, pero sí es la primer minoría y es muy amplia y no la conocíamos- ya la conoce todo el mundo. Así que para votar en defensa de un capitalismo liberal hay que votar al PT y al Partido Comunista, je. La crisis ideológica no está solo entre los conservadores lúcidos como los presidentes de Alemania, Canadá y Francia que ven con horror al presidente de Filipinas, Estados Unidos, Venezuela, Polonia, Hungría, Nicaragua, Italia, Rusia y siguen las firmas... Adrede, no hay ningún pintoresco dictador africano ni autócrata petrolero de Musulmandia: a esos no los eligen por "los votos". Los eligen como en los países donde gobiernan dictaduras del Partido Comunista como en Bielorrusia, China, Vietnam, Corea Del Norte, Cuba, en fin, esos países donde el derecho a huelga es un delito penado con pena capital y sin juicio previo. Un encanto proletario.

Con lo cual, la primera conclusión política que puede sacarse de estas elecciones es que el gobierno que asuma será débil, que perderá influencia dentro del ya casi desintegrado grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica: las mayores economías "emergentes"): China juega su propio partido, con una propuesta que implica conquistar Latinoamérica, empezando del sur al norte, de la misma manera que Sudáfrica fue la cabecera de playa en su conquista del continente africano.
A veces, China usa como aliado táctico a Rusia, que se debate entre la megalomanía de Putin, su intento (¿exagerado?) de influir en Europa Occidental mientras trata de contener el avance del desborde en Oriente Próximo y Medio Oriente.
Sudáfrica está en una crisis financiera, que la pone junto a Turquía  y Argentina en ese lugar de paria financiero del casino global.
La gran incógnita es India. Merece un artículo aparte. Solo basta consignar que India, un país clave para el devenir del futuro geopolítico del planeta, no tiene ningún interés estratégico directo en Brasil y Argentina.

El traslado mecánico de lo que acontece en Brasil a la Argentina se hace de manera esquemática, sin profundidad, lineal.
No es que lo que esté aconteciendo no vaya a tener un impacto importante en nuestro país. El asunto es que difícilmente congele o refuerce el escenario político argentino actual. Al contrario, probablemente, lo vuelva más revulsivo. Y por lo tanto, disparándose en nuevas direcciones.
Una cosa es segura: no vendrán buenas noticias desde Brasil para la Argentina en muchos años.