Una historia con Lola


Manuel Langsam-.Hace muchos años, en oportunidad en que en mi casa paterna hizo falta tomar una mujer para servicio doméstico, se presentó una señora que ofreció a su hija para la tarea. Era esta una chica muy  joven, no más de 15 o 16 años, alta, delgada, muy morocha y que por su cabello rizado, negros ojos brillantes y una permanente sonrisa, debía tener alguna influencia afro por sus venas.



Sin mayores pretensiones. A la madre le interesaba que aprendiera a trabajar en limpieza, planchado, cocina y, de paso, que aportara algo a la economía familiar.
Y se quedó. Llegaba por la mañana temprano y se retiraba poco después del almuerzo. Demostró desde el principio muy buena voluntad para aprender y al poco tiempo ya nos habíamos acostumbrado a su presencia alegre y juvenil. Cuando entró mas en confianza, Lola pidió permiso para prender la radio y escuchar música de moda que solía acompañar tarareando o cantando si es que sabía la letra.

Así estuvo varios años trabajando. Siempre alegre, siempre con su sonrisa contagiosa y su buena voluntad para desarrollar sus tareas.

Una  mañana llegó con la novedad de que no iba a venir más. Se iba a casar y el futuro marido no quería que trabajara en casas ajenas y que se dedicara a la propia. Textualmente: “él gana muy bien y yo no voy a necesitar trabajar afuera”…

Supimos que el hombre integraba una cuadrilla de hacheros y se ocupaban de desmontes.

Tratamos de convencerla para que siguiera en su trabajo. Un sueldo más siempre sería bienvenido en una casa. Además al aportar su dinero contaría con más independencia económica en el futuro hogar.

No hubo forma de convencerla. Insistía que él ganaba bien y ella no tenía necesidad de trabajar.

Agradeció por el trato recibido en todo momento, cobró, se despidió y se fue.

Su puesto se cubrió con otra chica.

Pasó el tiempo, poco más de dos años, y una mañana llamaron a la puerta. Era Lola. Se la veía  bastante desmejorada y explicó que venía para ver si podía retomar su  antiguo trabajo. Que  últimamente su marido estaba desocupado y lo poco que ganaba en changas lo gastaba con sus amigos en algún bar y casi no aportaba a los gastos de la casa.

 Su estado nos inspiró mucha lástima, pero no pudo quedarse ya que no era justo despedir a la chica que estaba en su lugar desde que ella se fue.

Se le obsequió un paquete con algunas provisiones y se fue. No supimos más de ella.

Fue la primera vez que la vimos irse sin brindarnos su alegre sonrisa de antaño y, en lugar de ello nos dejó una lágrima que trató de ocultar y corrió rebelde por su mejilla.