Se viene un gran plebiscito sobre el FMI



Lucas Carrasco-. Guste o no, las elecciones venideras no elegirán cargos electivos, sino que serán un gran plebiscito, de repercusión mundial, sobre la continuidad o no del Fondo Monetario Internacional.

La representación es un concepto complejo. Martín D'Alessandro, quien preside la Asociación Argentina de Cientistas Políticos dice, en una escueta fórmula, que los partidos políticos argentinos se preocupan más por los cargos que por representar. O sea, por ocupar el poder estatal sin priorizar el fin y los medios para el que se busca ese poder estatal. Ok. Pero. ¿No es así en todo el mundo? ¿No fue, con más o menos desnudez, siempre así en la historia?
La representación no es escindible del poder. Por caso, los dirigentes de los movimientos sociales, "representan" (las comillas no son peyorativas, sino un alerta sociológico) en el ágora pública a los desocupados, la economía informal, los trabajadores precarizados.
Cualquier dirigente político con algo de calle sabe que esta representación es acotada. No solo en, pongamos, los barrios de Concordia, los prostíbulos de la ruta 14 (¿no son, acaso, las prostitutas, trabajadoras precarizadas? La CTA considera que sí, el feminismo conservador y los jerarcas católicos, dicen que no) sino en el corazón del conurbano donde estos movimientos sociales son fuertes. La sensación más extendida es que movilizan mucha gente y representan a esa gente, solo a esa gente movilizada. Algo parecido a lo que pasa con los viejos partidos de izquierda: hacen actos grandes, pero sus votos están todos ahí, fuera de ahí, sus militantes no convencen ni a su vecino.
En el específico y diverso amplio mundo de la pobreza, el caso de la iglesia católica es también representativo (no hay nada original en ésto: lo estudio Gramsci para crear su categoría de Hegemonía) de sí mismo, pero a la vez, un factor de poder. Eso sí,  cuando quieren moralizar con sus teorías chifladas sobre cómo debe ser la sexualidad ajena, ni los católicos los escuchan.
Con los sindicatos pasa algo parecido. Representan a buena parte de sus afiliados, son un factor de poder en declive aunque aún importante, pero fronteras afuera de ese sindicato la imagen de sus dirigentes y hasta de la institución en sí, está cuestionada (nada nuevo, tampoco, el fundador de la sociología argentina, Gino Germani, lo advirtió hace muchas décadas).

Los valores hegemónicos suelen estar previos a la aparición de quién los representa en la feria de la política electoral. Las crisis estanflacionarias suelen trastocar, no tanto los valores hegemónicos, que a menudo se fortalecen, sino las maneras de abordarlos. Que se radicalizan. Discursivamente nomás. Los outsiders ganan lugar, para decirlo simple.
Así, durante el año 2002, las encuestas medían que Adolfo Rodríguez Saá -que estaba rodeado de una comparsa que iba de Aldo Rico a Hebe de Bonafini, pasando por Raúl Castell y el actual macrista escondido Carlos Grosso- o Luis Zamora, podían ser presidentes, si es que no ganaba en primera vuelta una mística carnavalezca como Elisa Carrió. Un año antes, el Bolsonaro local, Carlos Ruckauf, encabezaba todas las encuestas. Un año después, un desconocido, Néstor Kirchenr, evitaba que el balotage que no fue, tuviera como adversario de Menem a Ricardo López Murphi.

Hoy hay en juego dos visiones sobre lo mismo: cómo vivir con lo nuestro. Un involuntario homenaje a Aldo Ferrer, cuya vida pública estuvo plagada de las mismas contradicciones que hoy reaparecen en una sociedad distinta, una sociedad posmoderna. Ferrer fue Ministro de Obras Públicas de la dictadura del General Onganía, que estaba bajo la estricta tutela del FMI. También fue alfonsinista y kirchnerista. No hace falta chacotear pantanos para verificar las contradicciones que van de compartir un gabinete con Álvaro Alzogaray y Adalbert Krieguer Vasena, a admirar el alfonsinismo y el kirchnerismo.
A veces, las contradicciones de un país pueden resumirse, casi como un ejercicio literario, en una persona. Como en el extenso y brillante prólogo de La Atención, la novela de Alberto Moravia.
La oscilación, la contradicción, son parte de la vida. Pero hay veces, cuando las que parecían certezas del vivir cotidiano se desploman, como sucede cuando se corta la cadena de pagos, se agrede de manera sistemática a los trabajadores, se le habla solo a los fantasmagóricos "mercados", se radicalizan las fantasías punitivistas y se lidia con una criminalidad callejera en aumento; que estas contradicciones se tuercen hacia certezas semi absolutas. Tajantes. Pero por suerte, efímeras y volátiles.
Estamos entrando en esa fase.

Hay un porcentaje de la sociedad argentina, que por primera vez en la historia nacional, se siente representada por el gobierno. Una derecha democrática es la enorme novedad del triste paisaje actual. Es un logro colectivo que sería bueno preservar.
Ese porcentaje de la sociedad, querrá radicalizar su impronta y verá en el FMI la vehiculización de sus aspiraciones, que pueden resumirse en una visión correccional de algo que creen que existe: una esencia ontológica, el Ser Nacional, una vieja entelequia del integralismo católico, que hoy es usado como objeto del deseo para situar ahí todos los males y soñar con una anglosajonamiento del país, con la mano dura del FMI ocupando el lugar donde no cupo la mano invisible. Parece un juego de palabras de Macedonio Fernández, pero es que de las ilusiones neoliberales, como la de la mano invisible del mercado, se puede decir que "se habían ausentado tantos que si faltaba alguien más, no entraba", frase que le parecía particularmente ingeniosa al conservador más creativo que tuvo la Argentina, Jorge Luis Borges.
Para este sector, el "vivir con lo nuestro" de la neoconvertibilidad que acaba de declarar la tercer presidente argentina (luego de Isabel Perón y Cristina Kirchner) y la primera en no usar el apellido de su marido, Christine Lagarde; para ese sector, decíamos, el recetario inmortal de Chichita de Erquiaga que nos inculcan con prepotencia como política monetaria y fiscal, es una especie de castigo necesario, una castigo divino, trágico a lo  Dostoyevski, del cual surgirá un aprendizaje de-fi-ni-ti-vo para la gilada que vota y vota mal.
La novedad histórica es que este sector quiere ganar las elecciones. Por lo tanto, intentará persuadirnos de que éste es el camino sacrificial para alcanzar el paraíso. Previo Juicio Final que, como se sabe, solo tiene fiscal y juez, no hay abogado defensor ni reducción de condena: el infierno es para siempre. Nada de solicitar la eutanasia. Pecado venial, además.

Hay otro sector de la sociedad, otrora ampliamente mayoritario, que tiene una visión positiva de "vivir con lo nuestro". Este sector deplora al FMI, pero difícilmente plantee la ruptura total con el organismo. Una aventura que Lenin calificaría de enfermedad infantil del izquierdismo. Sino, probablemente, la misma estrategia de los países emergentes durante el boom de los commodities, que en Argentina quedó como un activo del kirchnerismo: el pago al contado y chau, adiós, al FMI, sin dejar de ser parte del mismo y pagando religiosamente su cuota, pero sin acatar sus políticas ni aceptar sus revisiones.



La condensación de los distintos problemas sociales, humanitarios, penales, limitantes presupuestarios que rebajarán la calidad intelectual del debate público, la conjunción de una acuarela de sufrimientos en el miasma de la escasez, que se coleccionarán en los duros meses por venir, tendrá (creo) un cetro en el FMI. Porque a buena parte de la oposición le conviene y porque el PRO ha decidido salir de la zona culposa, para diferenciarse de De La Rúa y los radicales, y no asumir el camino de la intervención del país a través del FMI como algo que "lo sentimos, pero no nos queda otro camino" sino que, al buscar al kirchnerismo como contendiente exclusivo, instala por defecto la existencia de otro camino, que ocupará o no eventualmente el kirchnerismo, pero que su corpus de ideas no podrá estar ausente del escenario público.
De La Rúa no tenía un peronismo diciéndole que hay que mandar a la mierda al FMI: tenía a Ruckauf, que representaba un conservadurismo radicalizado y torpe y a Menem, que era una versión mejorada de De La Rúa.
Hoy, el gobierno y la experiencia anterior del kirchnerismo, ponen el debate sobre el FMI en otro sitial. De hecho, lo ponen en debate. Y esa es una novedad de primera magnitud en la política argentina de las últimas tres décadas.

De manera que nos encaminamos a un amplio plebiscito, no del gobierno nacional, que renunció por sí mismo a ser un prestador de última instancia (el Banco Central) y por lo tanto, al manejo último de los grandes vectores de la economía, para dárselos al FMI, quien por lo tanto será el objeto y el sujeto de ese gran plebiscito. ¿O alguien supone que la economía no será el Partenón del debate electoral, el clivage principal al cual se someterán las demás aristas propositivas?
Podría evitar este camino el PRO pero a costa de sacrificar su única política estratégica que es la reducción binaria, a lo Ernesto Laclau, del campo político en enemigo y amigo: todo lo que no es PRO es kirchnerismo en distintos grados, incluido buena parte de sus aliados, especialmente algunos radicales.
Contra lo que simplificaba Bertolt Brecht, el analfabetismo político no es la imposibilidad de entender que el precio del boleto del colectivo es una decisión política. el analfabetismo político es creer que es la única decisión posible.