Por qué éramos drogadictos



Manuel Ibiza-.  La camada de mi generación entrerriana, sus mejores mentes, fueron drogadictos. Algunos murieron. Otros son grandes periodistas. Otras actrices. Otros poetas. Otros docentes. Otros científicos. Algunos están en bancarrota. Casi todos seguimos creyendo en la libertad, en los derechos civiles, en la vida, en la creatividad.

Es mi primer nota en prosa. No tengo experiencia como periodista. No sé cómo saldrá esta nota. Sí sé que será publicada, lo cual no es poca cosa. En el mundo actual. Donde tantos son pequeños policías. Como bomberos voluntarios. Comecabezas. Que andan vigilanteando al Otro. Mi viejo amigo me animó a escribirlo. Así que lo estoy intentando. Veamos que sale. Si es que sale algo. Contra tanto careta. Tanto chanta del oficio de escribir. Sin respetar el sagrado oficio de las letras. Tanto calumniador. Tanto alcahuete. Confío en que será publicada porque conozco al editor desde hace mas de 20 años, es parte de esta crónica. Él dice de este prontuario. En argentina un parte policial es en verdad un currículum artístico. Los entrerrianos siempre expulsaron a sus mejores mentes. A los tipos talentosos. Les hicieron la vida imposible. Porque prefieren la comodidad del conservadurismo. Su prisma sagrado y trucho. La cosa pequeña. La cosa controlada. Esa es la palabra. CONTROL. Los entrerrianos aman el control. La inmovilidad. La imposibilidad de la sorpresa. Son prisioneros. Del miedo.

 Soy parte de una generación de entrerrianos. Que fuimos drogones. Delincuentes. Borrachos. Pecadores, infieles. Buenos amigos. Soñadores, auténticos. Hay algunos nombres. Algunos son conocidos. Otros no. Algunos usan su nombre real. Otros no. Qué importa. Engrosar prontuarios es una actividad policial. A contramano del arte.
Mi generación fue parte de un mundo que cambiaba, para mal. Un mundo que se caía a pedazos. Se caía para mal. Todo nos salía mal. Éramos de clase media entrerriana. Podíamos huir con la excusa del estudio universitario. Nuestros padres nos bancaban. Filosofía. Letras. Psicología. Antropología. Había algunos de los nuestros que no. Debían mantenerse por sí mismos. Trabajan. Oficios tontos. Algunos se recibieron. Otros no. La vida fue pasando y pasando. Algunos nos volvimos a reencontrar.
La mayoría -yo sí- no aspiraba cocaína. La habían dejado. Por aburrimiento. Otros fumaban marihuana. Casi todos los que seguían enganchados, como adictos, a las drogas más sofisticadas, las de diseño, legales o no (¿importa?), eran médicos o psiquiatras. Daban cursos para dejar las drogas.
Después de los 35 años el mundo te empieza a pesar. Algunos tienen hijos. Otros se radicaron en el extranjero. Otros no se movieron del lugar y fueron la joya de la literatura o el periodismo. Nos ha ido bien.

Nosotros estábamos equivocados. Creíamos que la droga era una rebeldía al sistema. Ninguna droga es ninguna rebeldía. Algunas drogas expanden el universo sensible de las personas, otras hacen que una guardia hospitalaria no te duerma.
Ninguna te ayuda a hacerle frente a lo que sos.
Ese fue nuestro error.
Por eso fuimos drogadictos.
Porque creíamos que encontraríamos nuestro verdadero yo.
Nuestro verdadero yo era y es solamente esto que somos.
Tardamos en comprenderlo y lo pagamos muy caro.