Malas noticias: la realidad existe



Lucas Carrasco-. Entre el vendaval de información inútil, entre la fugacidad vertiginosa de lo efímero, hay un asunto que es necesario recordar.


Uno de cada tres argentinos vive en la pobreza. El número es estremecedor, trágico, pero hay que admitirlo: nos hemos acostumbrado. Lo hemos naturalizado. La elegante idea del ascenso social a través del esfuerzo, del trabajo y la educación, es un lujo que ya no podemos darnos. Hay generaciones ya que no vivieron la dinámica de esa sociedad con movilidad social ascendente, donde la igualdad (relativa, siempre es relativa dado que la igualdad es un concepto residual, que antes fue emergente: es imposible que el propio concepto no se transforme en el tránsito) era un valor compartido por las mayorías. Mayorías de un país donde los conservadores y la oligarquía fundaron una extensa red de escuelas públicas que fue orgullo nacional en el mundo de aquella época, donde el 70% de los seres humanos era analfabeto. Hasta en los rincones más inhóspitos llegó la escuela pública, laica y gratuita. Para que luego los radicales incorporaran la democracia y los derechos civiles a la dinámica política del país. Y el peronismo originario transformara la estructura social, en un marco de pleno empleo e industrialización, donde los trabajadores tenían creciente poder.
El mundo cambió. Argentina cambió.
No todos los cambios fueron malos. Argentina sigue recibiendo oleadas de inmigrantes de países vecinos y hasta de medio oriente, mientras en Europa reeditan la crueldad del nazismo con los refugiados árabes que sus armamentos generaron. Argentina es pionera en el juzgamiento a militares que hicieron un particularmente cruel golpe de estado. Fue pionera en que los homsexuales puedan adoptar. Desató una ola verde feminista en un mundo donde los jefes árabes analizan si las mujeres merecen morir por una infidelidad o si solo basta con la cadena perpetua. Un mundo con la foto del Congreso del Partido Comunista Chino, donde no hay ninguna mujer, decidiendo que el dictador de turno pase a ser emperador. Un mundo con Trump. Un mundo con Guantánamo, Estado Islámico, eurodiputados de extrema derecha.
En Argentina, el presidente Macri, de tendencia conservadora y de centroderecha, posibilitó un amplio debate por la legalización del aborto. Argentina despenalizó el uso recreativo de las drogas recreativas (en algunas provincias, como Entre Ríos, donde la Constitución es papel mojado, existen leyes de contravenciones y narcomenudeo, pero es el enclave africano en un país que en promedio no es tan idiota como la dirigencia política entrerriana). A diferencia de los imperios, como Estados Unidos y China, en Argentina la tortura no es legal. Incluso, hay casos, hasta en Entre Ríos, de torturadores policiales que fueron enjuiciados.



Pero uno de cada tres argentinos vive en la pobreza. Cambian los gobiernos, los signos ideológicos, los escándalos de turno y sigue, oscilando hacia arriba o abajo de manera tenue según los precios internacionales de las materias primas, un tercio de los argentinos viviendo en la pobreza.
La mayoría de la dirigencia política no tiene la más puta idea de cómo resolver ésto. Sus usinas intelectuales no se lo plantean siquiera. En el ámbito académico casi nunca se pasa del diagnóstico y una etnología que parece rescatar el espíritu de Lucio V Mansilla.
El país, en su conjunto, ha decidido que la prioridad no es esa. No es resolver la pobreza, cuyo estatuto de inconstitucionalidad estructural transforma a la democracia en una barcaza rota amarrada a un crucero. Es triste constatar que por fuera de los eslóganes cínicos, el asistencialismo paternalista y la indiferencia, no hay una acción colectiva movilizadora de fondos y recursos humanos para terminar con la indignidad de la pobreza. Con esta afrenta a la letra muerta de las leyes. Con esta estafa de la república.

Alejado el fantasma del Partido Militar, la democracia debe interrogarse a sí misma sobre sus deudas. Sus olvidos. Sus secretos compartidos. Un debate, el de la pobreza, que está compuesto por la ausencia. La ausencia de ese debate es en sí mismo el dato objetivo y resolutivo sobre el tema. Es una mierda. La sociedad ha decidido que los niños y los viejos paguen caro su ciudadanía, rodeándolos de carencias. Esto insensibiliza a la sociedad. Nos vuelve inmunes. Inmersos en disputas banales sobre cosas venales, pero que se licúan en el torbellino lejano donde vive alejada la dirigencia, los periodistas, los empresarios, los líderes religiosos, los gerentes de las universidades.
Uno de cada tres argentinos vive en la pobreza.
Y los cuadernos del chofer y el discurso del presidente y los viajes de un legislador y la peleíta ocasional entre dos faranduleros y el embajador que usa bermudas y el video viralizado de un robo y el rating de este fin de semana y las fotos exclusivas de las casas de los ricos y el servicio meteorológico y los consejos nutricionales y el fiscal de moda y lo que pasa en Instagram y a nadie le importa. Uno de cada tres argentinos vive en la pobreza.