Con soda



Manuel Langsam-. Los viajes desde las colonias a Villaguay eran toda una aventura. Llevaban prácticamente el día completo. Cero colectivos o cualquier otro medio de transporte. Los malos caminos no lo permitían.

Así que cuando el trámite a realizar era impostergable y había que ir indefectiblemente, no había más remedio que levantarse a las tres de la mañana, desayunar, atar el sulky y salir.
Y uno de los trámites impostergables correspondía al pago de alguna cuota en el Banco de la Nación para la amortización de un crédito, normalmente tomado para la compra de un lote de campo o financiación para la siembra. Muchas veces el dinero solo alcanzaba para pagar los intereses y había que gestionar la postergación de las deudas de capital.

Ese era el caso de Don Jaime que había comprado un lote de unas 25 hectáreas linderas a su campo mediante un crédito otorgado por el banco. Y cada seis meses, debía viajar a Villaguay a pagar. Y cumplía rigurosamente.
Salía muy temprano, dejaba el sulky a la entrada de la ciudad, en el famoso almacén de Mallarini, parada inevitable para todos los viajeros que entraban a Villaguay desde el sur. (El edificio aún se conserva. Ahora es un bar que está en Velez Sarsfield y Rogelio Martinez).
Después de hacer  todos  sus trámites, Don Jaime volvía a lo de Mallarini, almorzaba, descansaba algo y emprendía el regreso para llegar a su casa a la tarde.

En una oportunidad un vecino le preguntó si no era muy cansador ese viaje, a esa edad y pasar casi todo el día sin comer, a lo que Don Jaime le contestó (y muy convencido):
No, si yo como muy bien. En lo de Mallarini me siento a una mesa, saco medio pan casero y un pedazo de queso que traigo de mi casa, me compro “un sifón” y lo tomo todo yo solo…

¡Que hombres aquellos! Vivian trabajando toda su vida, y consideraban que si cada seis meses se compraban un sifón de soda y lo tomaban ellos solos, se permitían un lujo digno de ser contado.