Café y bar de Tarija



Manuel Langsam-. El café y bar de Tarija pertenecía a Don León Lemelson (a quien le decían Tarija), que se hizo cargo de él cuando su fundador, Dave Kalesnik, lo vendió para dedicarse a otro ramo comercial (Casa Raijer y Kalesnik).



Como una escuela de todas las cosas,
Ya de muchacho me diste entre asombros:
El cigarrillo,
La fe en mis sueños
Y una esperanza de amor.

Estos versos pertenecen al tango de Mores y Discépolo “Cafetín de Buenos Aires”. Hace unos días escuchándolo en la radio acudieron a mi mente los recuerdos de nuestro propio “Cafetín de Domínguez” que, para toda persona del lugar que cuente hoy con más de 50 años, debe estar presente en su memoria.

El café y bar de Tarija pertenecía a Don León Lemelson (a quien le decían Tarija), que se hizo cargo de él cuando su fundador, Dave Kalesnik, lo vendió para dedicarse a otro ramo comercial (Casa Raijer y Kalesnik).

En un principio fue solo un bar con dos mesas de billar, un mostrador y algunas sillas al que concurría un número limitado de personas, sobre todo los bolseros que trabajaban enfrente, en el galpón de acopio de cereales del Fondo Comunal (hoy este galpón es parte integrante del Museo de las Colonias).

Cuando Don León Lemelson se hizo cargo del bar, le dio un nuevo impulso y si bien la parte ya existente continuó igual, le construyó un salón al lado destinado a la celebración de fiestas familiares y, como estas eran escasas , normalmente se destinó a “café” .

Como personal para la atención se incorporaron: su esposa Doña Sofía y su cuñada soltera la Perlita, un personaje muy querible por su dedicación, el excelente servicio que nos brindaba con su famoso café batido, que consistía en una mezcla en la proporción justa de Nescafé, azúcar y agua caliente, y, sobre todo, por su simpatía y conversación sobre todos los temas locales.

Era nuestro segundo hogar. Ahí nos reuníamos indefectiblemente todos los días, después del almuerzo hasta la hora de volver al trabajo y a la noche después de la cena. No hacía falta ponernos de acuerdo. Era sabido que en esos horarios nos encontraríamos ahí. ¿Y qué hacíamos? Jugar algún partido de carambola o casín en los billares, o al truco por parejas, al tute o al chinchón. En los billares jugábamos por el costo de la mesa y a los naipes por el café batido o por una Tita o Rhodesia. Tampoco era obligatorio hacer un gasto. Se podía estar simplemente conversando o leyendo el diario, ya que Tarija siempre tenía un ejemplar de La Nación sobre una de las mesas.

No solo nosotros los jóvenes éramos los concurrentes habituales. Jubilados y campesinos que tenían sus campos arrendados se pasaban horas y horas jugando al chinchón y dejando pasar el tiempo en partidas interminables y que se repetían día a día.

Estábamos tan habituados a pasar el tiempo en el café que, en ocasiones en que el salón estaba ocupado por alguna celebración, Tarija nos habilitaba una pieza en el interior de su casa (lugar al que llamábamos “el verde” porque la mesa de juego estaba cubierta por un paño verde) y cuando algún hueco en su trabajo lo permitía, la Perlita nos alcanzaba algún plato con masas o una bebida de la fiesta que se estaba desarrollando al frente.

Calores, heladas, secas, lluvias, no había contingencia climática que impidiera encontrarnos en el café. Si bien no siempre concurrían todos, uno iba seguro que a alguien iba a encontrar. Y si por casualidad faltaba uno para completar la mesa, Don León se sentaba a completar el número.

Tarija falleció repentinamente a consecuencia de un ataque cardíaco. Doña Sofía y la Perlita no siguieron con el negocio y cuando abrió con un nuevo dueño, ya no fue lo mismo. Muchos de nosotros ya estábamos casados o vivíamos en otras ciudades y aquella barra de muchachos tan unidos se desintegró, aunque con algunos hoy, después de tantos años, continuamos viéndonos cada tanto y recordando aquellas reuniones famosas en el café y bar de Tarija.

A mis amigos de entonces, mi hermano Iche, Tachuela, el Pato Bebe (f), los dos Julios, Mote, Tatín, Paliyo, Coco Villagra (f), Lucho, a los dentistas que mientras estuvieron en Domínguez se integraron a nuestras mesas, Capurro, González Ceballos, Agustín, les dedico este recuerdo y quiero que sepan que siempre los tengo en mi memoria y son parte de los mejores momentos vividos en el querido Domínguez de antes.