Al borde de una catástrofe



Lucas Carrasco-. El potencial triunfo del candidato de Lula en Brasil, paradójicamente, le conviene a Macri y Piñera. Pero un triunfo de Bolsonaro sería una tragedia no solo para Brasil, sino para la humanidad.


"Vote para defender el capitalismo, vote por el Partido Comunista" podría decir la candidata a vicepresidente de Fernando Haddad, el exalcalde de San Pablo que va segundo en las encuestas gracias al apoyo de Lula, que está preso en Brasil.
Todo el miedo, lógico, del establishment, se concentra en el dirigente fascista Jair Bolsonaro.
Destrozando así una vieja tesis de la historia oficial francesa, hoy en revisión, que fue adoptada por la historiografía argentina predominante, sin una pizca de crítica: que el fascismo es (fue) un giro en defensa del propio capitalismo. En tiempos de Guerra Fría era fácil creer en esa homilía tranquilizadora, que además partía de una sociología esquemática y clásica, con una lógica atendible.
La tesis trataba de justificar la alianza de la Unión Soviética con los Estados Unidos contra el Eje, luego de que la primera rompiera el pacto con Hitler. En realidad, fue Hitler quien rompió, unilateralmente y de manera estratégicamente equivocada, el pacto con la URSS. Una historia contrafáctica, imposible de verificar, es entretenida como ejercicio literario de ciencia ficción (hay un libro de Philip K. Dick, llevado a una aburrida serie, con este tema, pero partiendo de otra tesis contrafáctica para derivar en el triunfo del Eje): si Hitler respetaba el pacto con Stalin, ¿acaso no hubiera podido invadir Inglaterra con la misma facilidad que lo hizo con Francia? No importa. El caso es que esa tesis francesa autoexculpatoria podría tener verosimilitud en el mundo actual si se aceptara que Rusia y China están gobernados por regímenes fascistas. Entonces, sí, las postales del Foro de Davos, con el Partido Comunista de China defendiendo a rajatabla el capitalismo financiero contra los tuits del presidente de los Estados Unidos, además de una postal tragicómica de la agonía de la democracia viral y los derechos humanos, serían una explicación con ilación histórica afilada, que por otra parte, ni siquiera hace falta.

Bolsonaro es el terror no solo de los progresistas numismáticos y los sargentos del lenguaje inclusivo, que en Brasil son pocos porque no existe una abundante cultura de clase media como en Argentina. Por el contrario, es de los países más brutalmente desiguales del mundo. Ahora y cuando gobernaba Lula o Dilma. Con el debido respeto y el pedido de disculpas correspondiente a quienes se sienten ofendidos por mencionar datos de la realidad, Brasil no logró superar a Ruanda, en materia de desigualdad social ni cuando los precios internacionales de los commodities volaban en la estratósfera. Sí pudo superar a Haití, gracias a la invasión que junto con Néstor Kirchner hizo Lula, a pedido de Bush. Oh, los antimperialistas son tan amables que no pueden negarse a un pedido de El Padrino. Todos sabemos que son esa clase de ofertas imposibles de rechazar.

Bolsonaro pretende legalizar la pena de muerte (hoy se ejecuta sin juicio previo), "blanquear" el racismo de Brasil, ponerle límites a los mercados financieros y "depurar" la clase empresaria. Los grandes empresarios apuestan al triunfo de la temible centroizquierda antimperialista de Lula. Porque durante su presidencia, a cambio de dejarlo hacer un poco de demagogia con los miserables -apenas que puedan seguir subsistiendo como esclavos del siglo XXI, para lo cual, naturalmente, necesitan comer- ganaron tanta guita como nunca en la historia de Brasil, desde que tiene mediciones oficiales serias.
Bolsonaro irrumpe en un ambiente cultural tóxico, donde los grandes monopolios de contenidos en comunicación no pudieron fabricar un candidato, ni destruir a Lula, ni integrarse al complejo empresarial demonizado (como si el área de comunicaciones fuera un rubro con menos corrupción que la obra pública o el petróleo), ni frenar la ola de internacionalización del capital, aún cuando su planta de ensamblaje -la creación de contenidos- sea competitiva, necesaria, baratísima. El Estado, en Brasil, frena la trasnacionalización del capital, al modo del régimen malayo actual, con salarios sudafricanos. Por eso, Bolsonaro genera terror en las élites de Brasil.
Es una especie de Trump escolarizado, con la diferencia de que Brasil no tiene instituciones militares y eclesiásticas estables, que gobiernen con independencia del presidente de turno. Por eso, Bolsonaro, un payaso de ultraderecha, es temido. Por la ausencia de instituciones estables que puedan frenar los males de la democracia, como por ejemplo, que los ciudadanos voten los planes de gobierno que propone un candidato. Con perdón de los amantes de las fantasías, esta dosis de realismo es necesaria para comprender lo brutal de la situación: casi un tercio de los votantes de Brasil se inclina por Bolsonaro por lo que dice, no a pesar de lo que dice. Más aún, sus votantes están en la misma base social que el Partido de los Trabajadores tuvo antaño, cuando era de una centroizquierda más osada.
La extrema derecha interpela a los trabajadores, recoge sus demandas. ¿Es un horror? Sí. El mensaje xenófobo, misógino, racista, delirante, belicista de Bolsonaro conecta, con sus peculiaridades cariocas, con Verdaderos Finlandeses, Demócratas Suecos o con la simpática hija de Le Pen en Francia, el Partido Republicano de Estados Unidos o Miguel Pichetto y Patricia Bullrrich en Argentina; solo que el horror cuando viene de afuera nos permite objetivarlo.

Por suerte, todo indica que el sistema vencerá y lo mas probable es que Bolsonaro sea derrotado. Si bien eso significará que a Macri y Piñera, en Argentina y Chile, tanto Estados Unidos con Chindia (China más India, hay que mirar esos dos países continentales en conjunto para la geopolítica, por ahora, hasta que pase algo distinto en India) se esmerarán en seducir y contener. Para que junto a Colombia actúen como freno de uno u otro. De China o de EEUU.
Porque...¿hay garantías, para los chinos, de que Haddad (o Lula, para hablar claro) no se incline hacia los Estados Unidos? Desde los sectores financieros de la Costa Este de los Estados Unidos, tienden a creer que Lula es la mejor contención al avance de China. La industria militar de los EEUU piensa al revés: lo cual es lógico, está en juego su negocio. Que es la incertidumbre. Ése es su principal activo. La lógica financiera está empachada de certidumbres; la venta de armas y el negocio del asesinato masivo, necesita de la incerteza para retroalimentarse. Por eso es taaaaan oportuno el terrorismo.
En China, el sector en retirada, nostálgico de Hu Jintao (hijo político del verdadero estadista, Deng Xiaoping) abogan por una expansión en Latinoamérica desplegando el poder blando, como se hizo originariamente en África y buena parte de Asia, respetando los territorios bajo control de los EEUU y avanzando sobre las zonas controladas por los países más débiles de Europa. En la traducción sudamericana, sería continuar con el avance chino a través de Portugal y España, como se venía haciendo hasta que Xi Jinping tomó el poder en China, en el 2013 y luego, en 2017, se proclamó emperador y barrió con el ala "moderada" de la dictadura china.

La guerrita comercial, entre aranceles y tuitazos, no tiene en Latinoamérica una zona caliente. Y el mercado de armas en Siria no alcanza para distraer a los EEUU de cuidar su patio trasero, como le sucedió a Bush con la invasión de Afganistán y el empantanamiento -en rigor, en términos militares clásicos: la defensa estratégica- en Irak. Acá es donde la cosa se complica. Por el rol de Putin.
Sin Putin controlando la carnicería siria, poniendo a raya a la teocracia israelí pero también a los sunitas radicalizados (con armamento chino y turco de diseño nórdico-europeo), con la astucia de incorporar a los kurdos y tensionar internamente a Turquía (tercerizando el quilombo en la Unión Europea, con una ayudita de Polonia y Hungría), EEUU se vería obligado a meterse de cabeza en la carnicería para defender su bocado. Eso crearía condiciones políticas para el crecimiento de una centroizquierda en sudamérica, de carácter nacional-popular, como al comienzo de los 2000. La guerrita comercial podría hacer volar el precio de los commodities para garantizar el combo perfecto. Porque...¿Hay Chávez, Lula y Kirchner sin salto financiero histórico de los productos primarios? ¿O si estos precios se deprimen hay Maduro, Dilma y Cristina?

Un triunfo de Bolsonaro no haría de Brasil una Bielorrusia con discurso de ultraderecha, sino una Hungría en pleno enclave sudamericano. Nada, repito, nada garantiza que Bolsonaro no derive en el sostén local de energúmenos como Nicolás Maduro o Daniel Ortega, de Nicaragua.
Un triunfo de Bolsonaro no solo sería una tragedia para Brasil, sino para toda la humanidad.
Pero su casi segura (en política nada es seguro) derrota no borra la realidad que nadie quiere pensar: con una centroizquierda boluda, perdida en un callejón sin salida por la política de las identidades que deviene en policías del lenguaje, a la extrema derecha le queda el campo arado para interpelar a la clase obrera.
Sin un sujeto social que sea un sujeto político (para lo cual necesita cambios radicales y reales en su vida material, no solo discursos paternalistas del progre psicoanalizado) ya no es la izquierda la que está en peligro, ya no es su razón de ser la que se pone en la guillotina, sino la propia esencia de la democracia. Como muestra Bolsonaro. O mejor dicho: el tercio de los brasileños que quieren votarlo.