Volverse viejo



Lucas Carrasco-. Cómo es para un periodista volverse viejo: mi primer nota publicada fue en un diario en papel, antes de que se masificara internet. De eso hace cuarto siglo. Aún estoy empezando y aprendiendo.

Metáforas. Metáforas cursis. Como un barquito de papel en el andarivel de una vereda lluviosa, la vida laboral fue pasando frente a mí como un astronauta ajeno que mira desde arriba lo que jamás, si vuelve, volverá a sentir de la misma manera.
Ya no podré ser jamás un justiciero.
Ya no seré nunca más, más de lo que ya fui, un escritor admirado mientras viva. Importa poco si escribo libros o no. Si escribo notas geniales o tonterías de ocasión. Mi tiempo, en vida, ya ha pasado. Por razones que todos, bah, "todos", conocen.
Soy un hombre más libre que antaño, ya ningún daño mayor pueden ocasionarme.

Hay dinero disponible, aunque nunca se explicite ni quede dicho ni sea ilegal, si escribo para alguna que otra tribuna. Hay premios. Aplausos. Prestigio y poder, disponibles, ahí, solo hace falta saber manejar el airbag​ del recambio del poder. Me sobra el talento, me falta la modestia. Me sobra la intuición para entender estos ofrecimientos de gloria y honor, me falta capacidad para hacer dinero.

Recopilador obsesivo de historias, vivencias de la gente común, tímido en la vida concreta, exuberante en la vida pública, táctico inteligente para el nuevo mundo de redes y circuitos; de pronto, para esto. Y esto es sencillo. Trágico. Hermoso, a su manera. Impensable: me estoy volviendo viejo.

De pronto, la vida que hice, está ahí. Entera. Como una aburrida pintura de un museo. Si alguien se esfuerza en ver - pero ¿por qué deberían hacerlo; para qué, además?- hay matices, movimiento, vértigo, desesperación, frustración y esperanza en la pintura inexistente de la vida que viví.
Mañana, pasado, cuando sea, moriré. Es inevitable.
No dejo al mundo que me trascienda nada de valía. Pero, supongo, que si muriese, por ejemplo, esta noche, si mañana no amaneciese vivo, no me importaría. No tendría cómo importarme. Dado que no hay más allá, que siempre lo importante estuvo más acá. Y en el más acá yo me gané el cielo. Supongo que lo hice por las dudas, por las dudas que el más allá sea todo chamuyo, me dediqué con pasión al más acá. Me divertí bastante. Mi vida ha sido divertida. Que es mucho más de lo que pueden decirse a sí mismos la mayoría de la humanidad, apenas.

Ahora que hay que cuidar la espalda al atarse los cordones, que hay que cuidar las teclas para no ofender al gobernador de turno, ahora que mis exnovias me siguen tratando como a un niño grande y tonto, como el tonto que no sabe qué hacer con su inteligencia, que tropieza con su torpeza; ahora que ya no les doy bola a los culposos cuidacoches emocionales, ahora que la vida me importa más que nunca, ahora no es momento para frenarse, para correr la pava y el mate, para encender un cigarrillo, mirar el río y tener en cuenta, contra el atardecer cuajado a punta de un facón galáctico, la finitud de las cosas. Este cuerpo avejentado, esta barba canosa, esta calvicie, esta panza, estos ataques de asma, estos cigarrillos que me consumen, esta ginebra que me hunde, esta vida que llevo...está bastante bien. Es cierto que tengo más problemas con la policía entrerriana que con la bohemia poética, es cierto que en el fondo no me conviene vivir en medio de este aceptado régimen fascista provinciano, es cierto que lo que mejor es irse y ser valorado, pero es taaaaaan aburrido. Y uno se va volviendo viejo. Empiezan a doler las rodillas. Los recuerdos de parque con copos de azúcar. Los tobillos. La iglesia donde me confesaba sigue ahí. Los punzones en la espalda, la tensión en el cuello. De viejos murieron los del quiosco donde compraba figuritas del Papa Juan Pablo II. La tos que me despierta. Las risas que no me reí. Las chicas que abandoné. Las chicas que me abandonaron. Las heridas que conforman mi tenue pero impostergable tranvía a la vejez. La estupidez de la injuria. Las morisquetas de los perros que han muerto. Las tetas que imaginé en cada compañera de la escuela. La factura de luz que no pagué este mes. Las lágrimas de mi madre. La canción que bailaba cuando besé por primera vez a una chica. La policía que me para en cada esquina, porque soy quien soy. La ciudad apagada. La ciudad que me niega y me rechaza. El gallo de la infancia. El campo que olvido. Las flores que nunca regalé a la chica que amaba. La caries. El colesterol. Las canciones que me olvidé. Las canciones que ya ni conozco. La farmacia. Un reloj despertador. Todo este monólogo aburrido. Un patovica parándome en la puerta. Las líneas que le escribí a mi última novia. Echado a las patadas de tantos trabajos. La vida mezclada. Intensa. Hacerse viejo. Todo es más lento. Más lento. Más.

Hay una furia en mí. Una furia gigantesca. Grotesca. Idiota. Infernal. Una furia que se va debilitando, con los años. Una furia a la que le he hecho tanto bullying que soy lo más parecido a un tipo feliz, a un adulto mayor que envejece tranquilo. Lo más parecido a un canalla del sistema. Lo más parecido a todo lo que odié.
Lo más cercano a lo que soñé.