UNA HISTORIA MORAL DE LA PROPIEDAD

Antonio Escohotado-. I- Antes de Marx



Introducción

«La humanidad no posee regla mejor de conducta que el conocimiento del pasado.»
Polibio, Historia del ascenso de Roma, I, 1. 

Hace algo menos de una década, cuando empecé este libro, me había propuesto en principio algo sencillo y dictado por la necesidad de reconstruir para entender. El objetivo era precisar tanto como fuese posible quiénes, y en qué contextos, han sostenido que la propiedad privada constituye un robo, y el comercio es su instrumento. Varios años más tarde —tras averiguar quiénes fueron esas personas y grupos desde el siglo XIX— comprendí que su tesis era muy anterior, que había reinado largos siglos sin oposición y que esa zona del árbol genealógico comunista era pertinente para no confundir allí el tronco y las hojas, lo perenne y lo caduco. Como cabía esperar, el trabajo de documentación se hizo a partir de entonces mucho más arduo e incierto, acechado a cada paso por una evidencia tan incómoda como lo mencionado por un sabio a propósito de otro anterior: «Entonces un hombre era capaz de recorrer toda la ciencia y todo el arte, y trabajar en campos muy distantes sin condenarse al desastre».

En mi caso el desastre no venía de campos sino de tiempos vertiginosamente distantes, y la anticipación del fracaso se habría sobrepuesto si el trabajo no hubiese sido compensado con descubrimientos en gran medida imprevistos, que ofrecían una prolongación del sentido. Al leer la cuarta historia del socialismo, por ejemplo, pude ver que no sólo todas manejaban un paquete de información casi idéntico, sino que hacían gala de un pionero gusto por lo políticamente correcto. Cuando mucho, mencionan de pasada a una secta israelita que identificó la compraventa con un pecado de hurto, sin añadir que buena parte de sus miembros se transformaron en nazarenos o ebionitas —el grupo original de Juan Bautista y Jesús—, y que su enseñanza vertebra el Evangelio. El especialista en historia moderna de las ideas entiende que esto es religión, que lo propuesto por Fourier, Blanqui o Marx es política, y que el comunismo constituye una rama del pensamiento socialista.

Preguntándome por qué la genealogía de este movimiento se encuentra en un estado tan rudimentario, a despecho de su inexagerable impacto universal, no encuentro mejor respuesta que la de respetar el divorcio entre sus militantes teológicos y sus militantes ateos. Las crónicas suelen estar guiadas por el sine ira et cum studio de Tácito, que en definitiva quiere saber más sobre nosotros mismos, pero en este terreno los protagonistas principales insisten en no querer saber nada el uno del otro. La Academia de Ciencias de la URSS patrocinó cientos de obras sobre el materialismo dialéctico, aunque nunca asumió una historia circunstanciada y veraz del comunismo, donde habría sido imposible no aludir a san Juan Crisóstomo y al Código de derecho canónico al documentar la idea llamada más tarde fetichismo de la mercancía. La Santa Sede, custodio de un archivo incomparable sobre herejías y alzamientos comunistas con raíz evangélica, tampoco ha instado alguna historia del fenómeno, porque exhumar el conflicto entre la civilizada Iglesia actual y sus milenaristas de otrora abriría heridas profundas. Véase, sin ir más lejos, cómo ha preferido perder feligreses en Iberoamérica a admitir en su seno la corriente llamada Teología de la Liberación.

Por otra parte, despreciar el principio de continuidad se paga con dogmatismo, «y grandes perjuicios se han seguido de ceder a esa tentación, que traza anchas líneas divisorias allí donde la naturaleza no ha dibujado ninguna». En el caso del movimiento comunista, la tentación simplificadora lleva a pasar por alto la tenacidad de algo que desde la cristianización del Imperio romano alterna fases explosivas con otras de eclipse, sin desaparecer jamás. En realidad, atender a esa combinación de escrúpulos e ignorancia nos vela la evolución del más formidable disidente conocido, cuyo parto coincide con el momento en que nuestra cultura se lanzó a apostar por la libertad política y la innovación, como hicieron algunas ciudades griegas en el siglo VI a. C.

Hasta entonces el autogobierno era una rareza propia de las sociedades sin Estado —grupos de ágrafos que nunca alcanzan un mínimo de densidad demográfica—, y las sociedades demográficamente densas estaban sujetas a un autócrata divino, que al legislar fundía por fuerza el derecho natural o permanente y sus privadas ocurrencias. Con la democracia que pusieron en circulación Atenas y otras polis comerciales llegó un Estado sencillamente inaudito, donde la autoridad dejaba de ser sagrada. Innumerables automatismos y suposiciones sucumbirían a consecuencia de ello, y la expresión más brillante de escándalo es una República platónica concentrada en oponer seguridad y libertad. Allí, junto a la propuesta de regresar a la severidad del ayer, encontramos también por primera vez la de reconvertir lo privado en común.

Desatendido políticamente por sus compatriotas, Platón se convirtió más tarde en el principal inspirador de la teología, la pedagogía y la ética cristiana. Su crítica de la democracia como demagogia triunfó y, sin embargo, la aspiración al autogobierno no pudo erradicarse. Por caminos casi siempre sinuosos acabó imponiéndose una libertad inseparable de innovación, y Europa se convertiría en foco de una cultura occidental llamada a ser política y económicamente hegemónica. La tradición china, la hindú y tantas otras se aplicaron a anular la erosión del tiempo, concentrando las energías presentes sobre un retorno perenne de lo igual. La nuestra acabó descubriendo cómo servirse de la caducidad para convertir el círculo en una figura abierta, y se sostiene —de modo tan próspero como acrobático— sobre un cultivo del hallazgo. Como el motor de propulsión a chorro, que jubiló al de hélice, vive de excitar controladamente la turbulencia y es —atendiendo a la conocida expresión de Schumpeter— un sistema de desequilibrio creativo.

En otros términos, la sociedad competitiva o abierta se construyó polemizando con un alter ego soliviantado por el prosaísmo calculador. Al exigir una identidad mucho más estrecha como garantía de sosiego estable, este anverso del yo comercial se demostró capaz de «crear, educar y subvencionar un disfrazado (vested) interés por el desasosiego social», y como podremos seguirlo en sus pormenores baste recordar ahora dos momentos estelares. Al principio, antes de que el Imperio romano se convirtiese en un Saturno devorador de su prole, el régimen de amplísima autonomía municipal diseñado por Julio César creó clases medias locales, y un número creciente de personas pasaron a ser hombres de negocios. Pero es precisamente entonces cuando llega una denuncia del propietario y el comerciante como enemigos del pueblo, unida al anuncio de un Juicio Final donde los pobres se regocijarán viendo cómo Dios fulmina a los ricos. Dos milenios más tarde, en un mundo secularizado, cincuenta años bastan para que ateos enérgicos impongan dicho trance a la mitad de la población mundial. Han cambiado muchas cosas salvo el contenido, que antes y después es un ajuste de cuentas precisamente «implacable».

El sello occidental del fenómeno brilla en el hecho de que acabase siendo asumido por veintidós estados de cuatro Continentes, sin que ninguno de esos gobiernos le encontrara algún paralelo o precedente autóctono al marxismo-leninismo. Tanto en África como en Iberoamérica y Asia un alemán y un ruso iban a ser, y son, su única brújula. Entre los europeos de mediana edad, quienes no resultaron guiados materialmente por ella se criaron tomando partido a favor o en contra, y ahora —a juzgar por el espacio que ocupa en los medios— la actitud se encuentra en una de sus fases poco expansivas, más proclive por ello a ser pensada sin tanto apasionamiento. Al ritmo en que hemos ido acostumbrándonos a no padecer guerras, el marxista ha ido decantándose por una lectura alegórica de proposiciones como que «la última palabra de la ciencia social será siempre el combate o la muerte, la lucha sangrienta o la nada».

Por lo demás, las democracias sólo están a cubierto de tentaciones demagógicas mientras se mantengan relativamente prósperas, y reflexionar sobre las «otras» democracias parece más realista que dar por difunto al alter ego. Ser occidental significa de alguna manera tener sitio en el corazón para un altar donde lo venerado es la igualdad humana, principal motivo de orgullo para nuestra cultura. Sin embargo, algunos limitamos ese principio inviolable a un trato no discriminatorio por parte de las leyes, y reclamamos una igualdad jurídica compatible con las más amplias libertades. Otros —a cuyos motivos e iniciativas se dedica este libro— llevan veinte siglos abogando por abolir compraventas y préstamos para defender a quienes obtuvieron peores cartas, son incapaces de autogobernarse o sencillamente no están dispuestos a tratar la vida como un juego, aunque sus reglas sean claras.