¿Son inmorales los que quieren votar a CFK?




Gerardo Pressman y Lucas Carrasco-. Se ventilan arrepentidos del gran empresariado que demuestran que pagaron coimas durante el kirchnerismo, pero la intención de voto a Cristina sigue incólume. ¿Son inmorales sus votantes? Una mirada sin gorilismos hacia este problema.



Las causas de corrupción que se ventilan, con la explosiva articulación de grandes empresarios reconociendo el pago de sobornos a un gobierno que decía combatir a esos mismos empresarios, generan contradicciones ideológicas para los más sofisticados. Pero lo que a priori parece la Gran Contradicción es la cuestión moral: por qué hay gente (no importa qué porcentaje, si es mucho, si es poco) que aún quiere votar a Cristina. ¿Son inmorales esos votantes, parte de la decadencia nacional, como sostiene un relato intelectual hegemónico desde hace 70 años y que sostuvo y justificó así dictaduras, terrorismo de estado, bombardeos sobre civiles, proscripción y censura?

En este copete está la respuesta a la pregunta del título. Pero, alto, no es tan simple como parece.
En primer lugar, la política y los políticos, como acertadamente sostiene Jaime Durán Barba, están pésimamente vistos por la enorme mayoría de la población: incluso, crece esa percepción negativa a medida que se beneficia socialmente más por el Estado (y por ende, de la política) la persona en cuestión y decrece a medida que la persona en cuestión tiene mayores deudas constitucionales por parte de la política. Es decir, el malestar con la política crece según crece el bienestar económico y decrece entre los más pobres, que a pura lógica, deberían ser los más indignados: contra la vulgata reaccionaria que toma a los pobres como meros rehenes; hay una evidencia republicana: en esos pobres se conjugan las defraudaciones constitucionales sistemáticas, la conculcación de derechos de diverso tipo, una conculcación tan extrema y tan cínica legalmente, que de ahí debería surgir el caldo antisistema y el embrión antidemocrático. Pero no sucede así, es al contrario. Son principalmente los trabajadores argentinos los que con su voto sostienen los fundamentos de la democracia como fin y la política como instrumento de mediación en esa red confusa que es el Estado. Lo demuestra la historia: contra ellos fueron los Golpes de Estado, la censura, la proscripción.
En cambio, quienes tienen todo, desde asfalto hasta cloacas, desde recolección de basura a acceso a la salud, desde trabajo hasta la posibilidad de salir y entrar del país cuando quieran, desde imaginar un futuro a poder elegir qué régimen alimentario convertir en identidad cultural, (cosas que parecen tan naturales, pero de las que carecen las mayorías argentinas), sienten que esa totalidad material y simbólica es proveída en exclusiva por su propio esfuerzo individual. Algunos, los más estúpidos, creen que incluso se esfuerzan de más, para "mantener" a los otros, los pobres, los rehenes, etc.
Pero, alto ahí.
En algún punto tienen razón. Y es en ese punto inestable de una geometría semiótica donde se construye el muro que torna imposible el diálogo con la (ya gastada) narrativa K que les impelía a agradecerles a fuerza de aplausos y llantos histéricos las maravillas geniales de un ser divino que venía a salvarlos y hacer, en el orden de lo sacrificial, el trabajo administrativo épico que no le reconocían. Se iban tanto de mambo que terminaban radicalizando la narrativa del otro lado del muro defensivo que la narrativa K se construía. Y en pequeños ejércitos de trolls se hacían guerras de policía en las redes sociales: un cansador ir y venir de noticias irrelevantes.



Raúl Scalabrini Ortíz, que fue muy crítico del gobierno de Perón, a pesar de que lo apoyaba y que nunca aceptó un cargo de gobierno (lo cual le valió quedarse sin trabajo, razón por la cual se fue a Entre Ríos a trabajar como agrimensor) sostenía, durante la elección de 1946, que a pesar de ser él muy crítico del GOU y su revolución de los coronesles: “No se trata de optar entre Perón y el Arcángel San Gabriel. Se trata de optar entre Perón y Federico Pinedo”.
Federico Pinedo, del partido socialista, ideólogo del plan económico de la Década Infame) del gobierno fraudulento de la Concordancia, era el abuelo del actual senador nacional del PRO. Por cierto, también abuelo del actual diputado de provincia de Buenos Aires, por Unidad Ciudadana.

La pregunta que desde cierto estadio ético se hace es por qué la política es tan inmoral. Y en ese tan  que relativiza, se conjugan con sutilidad las relaciones de fuerza y se cuelan las percepciones ideológicas, en el sentido marxista de falsa conciencia. La pregunta que muchos votantes, en cambio, se hacen, es por qué no debería ser inmoral. Y no parten de la falsa conciencia sobre la igualdad nominal (o legal) y la desigualdad real, sino que parten de la base de la que política es quien los ha arrojado a la inmoralidad de la conculcación de sus derechos constitucionales: el asunto, y acá cabe invertir el tan del primer postulado, dado que no se trata de elegir entre el Arcángel San Gabriel o Algún Pinedo, sino en qué tanto nos joderá Algún Pinedo o el Arcángel San Gabriel.