¿Por qué votan así?

 Lucas Carrasco-. ¿Cuál es la razón principal por la que los votantes eligen a uno u otro candidato, de uno u otro partido político?




Aunque no convenga comenzar una columna de esta manera, va el desafío: aún no se sabe. Las investigaciones académicas al respecto, no arriban a conclusiones lapidarias, que sí abundan en la ciencia en general, incluidas las ciencias sociales. El método científico no ha logrado despellejar este entuerto crucial para el principal desafío de la democracia, que es mantenerse. Para lo cual necesita modificarse, internamente, continuamente. Y lo hace, porque la dinámica de lo social lo hace. Y esto último sí está comprobado por las ciencias sociales.
 "Y así granizaron sobre ella cuartos, que la vieja no se daba manos a cogerlos. Hecho, pues, su agosto y su vendimia, repicó Preciosa sus sonajas..." La gitanilla. Miguel de Cervantes.
Una aclaración: las campañas electorales son en Argentina la principal "industria sin chimeneas" como les gusta decir a los vendehumo del turismo. Es un negocio en sí mismo, donde un montón de profesionales; una minoría de los cuales son serios y hacen el trabajo que dicen que hacen (reitero: una minoría, pues la gran mayoría se abusa de la falta de calidad intelectual de los políticos profesionales), hacen su agosto gracias a esta minoría. Eso y "el rol de los medios" encarecen las campañas electorales, año tras año y en todo el mundo occidental. De ahí, además de la eventual venalidad, surgen los escandalitos que tanto agradan a los que lo generaron: es una nueva oportunidad de negocios para el gran Negocio del Chamuyo.
Vamos por todo: la democracia es relativamente nueva como experiencia de la especie humana. Sus remotos antecedentes en la Grecia Antigua no remiten tanto a un hilo conductor que se quebró en la gélida Edad Media, como pretende la vulgata de las Ciencias Sociales como primer estadio necesario para la comprensión de la Historia de las Ideas. Un primer estadio necesario en lo pedagógico, pero infecundo en el conocimiento de la complejidad de la política.
Esa democracia ateniense anterior a la aparición de Cristo, el hijo hippie de dios; tiene mayores continuidades con los cuerpos colegiados, que de una u otra manera son constantes a lo largo de la historia de la especie humana, aún en tensión con las diversas formas de mando: desde los primeros hechiceros, que fueron jefes de tribus, hasta los patriarcas, emperadores, dictadores, presidentes.
Los concejos deliberantes guardan mayor relación con esa incipiente asamblea griega de "ciudadanos", categoría que se ha recuperado y expandido, aunque hoy esté en franco retroceso con la cruel imagen de refugiados muriendo en la opulenta Europa, chozas de exiliados venezolanos incendiadas en la frontera por brasileños racistas, familias buscando comida en el container de basura de la puerta de mi casa. Y de la tuya.


Si la democracia tal y como la conocemos es nueva, en Argentina es aún más nueva: vivimos el período de mayor continuidad democrática desde las primeras rebeliones orales de los cabildos porteños, donde los ciudadanos de aquel momento, que eran pocos, pidieron en nombre del encarcelado Rey de España la continuidad de la colonia. Tal acontecimiento se conmemora como la Revolución de Mayo y da inicio al feliz cumpleaños de lo que hoy conocemos como Argentina.
Las ciencias sociales que estudian el fenómeno del por qué del voto, son aún más nuevas. Y han avanzado a pasos agigantados, en medio de discusiones intelectuales en torno a paradigmas y escuelas científicas, que en Argentina se exportaron de Francia primero y EEUU ahora, sin beneficio de inventario. Pero ni en Francia ni en EEUU había (ni hay) un consenso en torno al por qué último. Sí hay consenso sobre la importancia de los instrumentos metodológicos, científicos, a utilizar. Aunque estemos asistiendo a un retroceso colosal en materia semiótica, como un retorno a los orígenes de los estudios científicos de la comunicación, con el triunfo apabullante de un conductismo primigenio, lineal y trivial, que se creía superado. El caso de Cambridge Analytica y Facebook que se debate a nivel mundial (y otros menos conocidos en estas pampas, como el caso del monopolio Google y Microsoft) ilustran esta acuarela infantil.
Las diversas disciplinas académicas no han logrado un consenso sobre pilares inevitables de la discusión. Por ejemplo, ahí va: ¿las campañas electorales influyen sobre el voto? ¿la popularidad, obtenida de disciplinas extrapolíticas a priori como la farándula, el negocio del deporte, los 15 minutos de gloria de un video de youtube con una acción solidaria, modelan buenos candidatos? ¿cuánto incide realmente "el aparato"? ¿se pueden comprar votos? ¿por qué se distorsiona la percepción de recambio político?

Haría larguísima esta columna si pusiera ejemplos, para que el lector sienta la incomodidad que brota cuando se le sacuden certezas, pues de las preguntas anteriores, casi todos los ciudadanos actuales que están informados y formados tienen respuestas, que creen válidas por acto de fe más que por las razones por las que creemos que la luz eléctrica se enciende con un interruptor, que la muerte de un humano comienza cuando tuvo un paro cardiorespiratorio definitivo, que un buen marketing puede hacer que una mayonesa igual a otra venda más, que las expectativas se contagian, que el sueño es tan importante como hacer ejercicios.
Lo que pocos saben sobre el voto es lo poco que se sabe sobre el voto.
Y conocer estas limitaciones, aún en democracias occidentales avanzadas, es fundamental para el análisis político. Porque corre el eje exclusivo sobre la "oferta" de las élites políticas y la construcción de candidatos en la Industria del Chamuyo (que va de periodistas a youtuber, de la espiral de silencio a los intercambios entre punteros, de las causas judiciales al papel final del sistema financiero, etc) para prestar atención a la "demanda", para decirlo con categorías lineales del conductismo primigenio nuevamente en boga.