Las Boquitas Pintadas de Néstor y CFK



Lucas Carrasco-. Estirar, estirar, estirar...

Uno de los libros de la edición original de la Colección Séptimo Círculo (no puedo recordar cuál, lo siento) que dirigían Bioy Casares y Jorge Luis Borges, tenía el mejor comienzo de toda la saga de esa colección: un hombre confesaba que había cometido un asesinato. Con un comienzo así, uno sigue la trayectoria de la novela solo por curiosidad. Y hace falta mucho talento literario y una enorme imaginación y eficacia para sostener la trama.
Aunque había otra novela con un comienzo sorprendente (tampoco recuerdo el autor; bue, La Nación creo que los reeditó a todos, así que quizás alguien me ayude y corrija esta nota, poniendo los nombres en cuestión). Un hombre decía que había sido asesinado. Una especie de "hay un fusilado que vive" pero en primera persona.

La cuestión es la importancia del "cadáver en la biblioteca", a lo Agatha Christie, para darle mas volúmen a la historia. Porque, luego del fracaso de la road movie excavando media Patagonia, esta es una historia de crimen en cuarto cerrado. Y transcurre, como la posmodernidad, en tiempo presente. Aunque sea en pretérito pluscuamperfecto. En una Argentina donde, Néstor Perlongher graficaba, sobran cadáveres.



Veamos. En esta versión formato telediario de Boquitas Pintadas, narrada en pretérito pluscuamperfecto, se respeta el espíritu de Leopoldo Torre Nilson, que consideraba que el lenguaje escrito era superior al lenguaje audiovisual. Así que hay bolsos, valijas, bóvedas secretas, amoríos, peleas, charlas de quincho, aprietes, extorsiones, pero lo prioritario son las palabras escritas por un chofer. Además del desfile de arrepentidos, con la originalidad de que en este culebrón los arrepentidos dan este giro argumental en el inicio, como en las dos novelas citadas del Séptimo Círculo. El melodrama nos ha acostumbrado a que el arrepentimiento sea al final. Quizás por eso falta un cadáver en la biblioteca. Donde seguramente, hay una pared falsa, que al correr un libro misterioso, aparece un túnel hacia bóvedas de frondosos tesoros. Como adentrándose a otra etapa de la narración, como Julio Verne en Viaje al Centro de la Tierra.
Hay algo de Miss Marple, mezclado con Mosca & Smith, en el chofer Centeno.

Viste que en esos bodrios españoles que vende Netflix, cuando la trama empieza a ser un cacho floja, se meten dramones románticos un poco retorcidos, un poco forzados, un poco tontos. Así se alarga la trama unos quinientos capítulos para cada una de las setecientas temporadas. Pero el público va cambiando. La mayoría pierde interés.
Hace falta un vuelco hacia las porquerías que vienen de Escandinavia. Porque los folletines carcelarios con las Últimas Novedades del Penal de Ezeiza, lejos de la espesura de Enrique Medina, tienen un gusto a Intrusos en el Pabellón, con la conducción de Jorge Rial. O Mauro Viale. Que son los empleados de supermercado en el taller literario, tratando de aprender cómo es ésto de los bolsos con dinero negro para sostener gobiernos. Su ingenuidad genera empatía.
El giro hacia la basura escandinava tiene que incluir un cadáver.
Antes de que la atención del público se agote.



Están las locaciones: un asesinato en una cárcel es algo fácil, pero daría un giro espectacular en la trama. Por supuesto, tiene que parecer un suicidio. Todo gobierno, además, tiene su suicidado estelar.
Pero el toque nórdico lo daría la muerte de algún arrepentido, así sea un suicidio real (son los costos de la extorsión legalizada), total nadie se lo creería. O mejor todavía: uno de los testigos reservados, misteriosamente, es asaltado, o muere en un siniestro vial. Algo que le puede pasar a cualquiera. Pero si es un personaje clave de la narración, las sospechas no necesitarían fundarse en datos -de todas maneras, nadie creería en nuestros forenses ni investigadores judiciales- para hacer un implosión semiótica.

Hasta ahora, los chimentos sobre el carácter violento de Néstor Kirchner, una fiera indomable ante señoritos ingleses que solo buscaban amor y comprensión (como José López, Daniel Muñoz, Claudio Uberti, toda la salita rosa del jardín de infantes) o el apriete, por el cogote, del delicado exjuez Oyarbide, sirven para esos primeros 20 minutos que se van en una serie pintando las características de los personajes principales. No le agregan solvencia jurídica (que a esta altura, nadie le importa, pero quizás sea necesaria para balancear el toque kitsch) y solo refuerzan los prejuicios de la audiencia cautiva, dejando afuera a otras audiencias, por centrarse demasiado poco en el desarrollo de personajes olvidados en el desarrollo de la serie: Paolo Rocca, Aldo Roggio, Franco Macri.
Las mujeres despechadas ya dieron todo para el avance de la serie. Falta un personaje femenino en el empresariado y el pelotón de arrepentidos. Para balancear. Y darle más sustento al momento en que declaran que eran apretados, extorsionados, obligados por razones de fuerza mayor a cometer tropelías que jamás se perdonarán.
La femme fatale es además la mejor actriz de la saga: cuando Cristina Kirchner se vuelve Jennifer Lopez en el Senado, el rol de Kevin Spacey de Pichetto queda atribulado, pequeño, pequenísimo. Son los puntos altos de la tensión, pero es colateral a la trama, aunque ya se sospecha el final: hacia ahí apuntarán los cañones del final. Dejando gusto a poco. ¿Quizás para una segunda temporada, con el próximo gobierno?
Quién sabe.

Eso sí: un cadáver en la biblioteca y la trama se subleva, cobrando vida propia y saltando las esquirlas del relato hacia lo gótico, con el trasfondo de la segunda temporada de Mr. Robot. Un caos incontrolable, algo aburrido, que desvía la atención de la trama original. Con final abierto. Un final que probablemente aburra a todos los espectadores. Como esos clásicos diciembres argentinos con saqueos y muertos desparramados.