La diferencia



Lucas Carrasco-.  La Cultura Pop contra el imaginario Nac & Pop. El complot jurídico mediático contra los líderes populares. Las libertades civiles como campo de batalla. Y más.

No existía para él ni la fe, ni la sinceridad, ni la tragedia. En su aburrimiento, todo le parecía ridículo, falso, pobre. Pero comprendía las dificultades y los peligros de su situación. Era necesario apasionarse, moverse, sufrir, vencer aquella debilidad, aquella piedad, aquella falsedad, aquella sensación de ridículo. Era necesario volverse trágico y sincero.
"Los indiferentes" Alberto Moravia


Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.
 "Odio a los indiferentes" Antonio Gramsci
De pronto, a algunos voceros paraoficiales del macrismo, se les ocurre (y esto no fue Durán Barba) imitar a los progres yanquis y hablan del "público". Justo cuando, por primera vez en muchas décadas -probablemente, desde Franklin D. Roosevelt- las máximas autoridades de los Estados Unidos hablan del "pueblo" (aunque la traducción literal sí sería una variante del lenguaje de -la franquicia posmo francesa de- Luis Zamora: "la población" o Durán Barba: "la gente").
En medio de la histeria de las redes antisociales, el Jefe de Gabinete de Trolls, Marcos Peña, habla de "la conversación"; como un remake ingenioso y tranquilizador del concepto de "esfera pública" de Habermas. "La conversación", que no refiere a una novela de Alberto Moravia pero la roza, es un artilugio que elimina las relaciones de fuerza en la discusión pública. Repetido el concepto en boca de un cínico medio boludón como Marcos Peña, inflado hasta el colmo por sus empleados no registrados, da risa. Pero es parte de la neolengua del conservadurismo cool. Y trata de pujar contra el imaginario que viene a desplazar (a la ausencia de cambios radicales en la esfera económica, siempre queda como consuelo la tontería de la "guerra semiótica" que tantas alegrías le da a la Industria del Chamuyo: la verdadera industria sin chimeneas, a pesar de vender humo). Puja, por ahora, sin éxito. Aunque alcanza sus puntos fuertes cuando incorpora liberalismo al conservadurismo cool: el debate sobre el aborto, por ejemplo.
La fórmula algebraica es así: cuando el conservadurismo cool incorpora liberalismo, el imaginario Nac & Pop se desplaza, asustadito, al conservadurismo popular. Basta mirar, sino, a Julio Solanas defendiendo "las dos vidas". A Bordet hablando "como padre y como ciudadano". A Diego Lara informándonos que lamentablemente existen la Constitución Nacional y los Pactos Internacionales que son "garantistas" y le impiden volver al Medioevo. Que no se malentienda: estos muchachos aman el Medioevo, lo cual puede decir tanto el Medioevo Morales o el Medioevo anterior a la Ilustración, ese incordio "garantista".
La puja por elementos simbólicos no escapa a la globalización. Ni al posmodernismo. Se mece como un capítulo del berrinche nacional en la enorme guardería mundial. Todos piden, apenas, unas palmaditas. Triunfos pequeños y fugaces, hasta el próximo estallido de llantos. El lloriqueo es bienvenido: antes era patrimonio exclusivo (y excluyente) de los republicanos, sabiéndose minoría intensa.



Las libertades civiles, un campo propio de la tradición liberal, son el terreno de disputa de las corrientes del conservadurismo, hoy sin mas opción que seguir al conservadurismo cool del PRO o el conservadurismo popular del peronismo provinciano versus las tradiciones nacionalistas (que saludablemente, perdieron su contenido autoritario, gracias al kirchnerismo), que tienen una retaguardia de votos y una bastilla atacada por "el complot jurídico-mediático" del que se queja, con cierta razón, un líder popular latinoamericano que tuvo que poner una especie de Scioli en la Presidencia. No me refiero a Lula, ni a Cristina Fernández ni a Rafael Correa, sino a Álvaro Uribe, el hermanito bueno de los paramilitares colombianos.  ¿O no es un líder popular en Colombia? ¿O no cabe, a la perfección, en el modelo "populista" elaborado por el olvidado Laclau?

En clave de complot "jurídico-mediático" hay que leer casi toda la política latinoamericana actual. Sin escindir su historia autoritaria. Es una categoría pobre, pero cierta: en Entre Ríos, también pasa. Aunque nadie lo diga en voz alta, por las contradicciones inherentes, que quedan como fractura expuesta en un pueblo chico, infierno grande.

Cuando cualquiera de las dos fuerzas en disputa queda (o se siente) en minoría, apela al lenguaje del adversario. Sobre todo, a su lenguaje gestual. Principalmente, el silencio. Y quien tiene la iniciativa, que generalmente es quien dirige el barco estatal, va con audacia a conquistar el territorio liberal, apelando a las libertades civiles, sin descuidar su retaguardia, con manodurismo berreta, que siempre garpa. Ante el silencio culposo y cómplice de los cobardes. Que abundan. En la conversación. Por miedo al público.



Mientras tanto, los indiferentes, crecen. Los pabellones de los deseos e ilusiones de los estrategas están superpoblados de indiferentes.  Su indiferencia posmoderna la supo retratar, a los 21 años, Alberto Moravia, en una excelente novela.
Son esos indiferentes los que terminan decidiendo en las elecciones.
Contra esos indiferentes, se alza el Poder Tribunal.
Las minorías intensas captan lo esencial de este momento histórico.
Lo que tal vez no captan es lo que queda, en medio del vendaval de fugacidad.