"La brecha salarial es una mentira"



Joakito-. Gonzalo Garces es escritor, periodista, crítico literario y editor. Ha publicado entre otras novelas "Hacete Hombre" y fue editor del libro feminista mas vendido en el 2018 "Putita Golosa" de Luciana Peker.


El under literario y las diferentes revistas especializadas han como construido una cierta idea de que para ser buen escritor hay que ser lumpen. ¿Qué opinás al respecto? ¿No tendríamos que dejar de "robar" con Aira y Fogwill y buscar nuevos caminos?

Pero ¿existe realmente esa idea? Los escritores más prestigiosos y más leídos ahora son Pedro Mairal, Samanta Schweblin, Claudia Piñeiro, que no tienen nada de lúmpenes. Quizá haya algo de eso en la imagen de Mariana Enríquez, aunque no la conozco y no sé cuán real puede ser. Y agregaría a Pola Oloixarac, que quizá sea la más singular y radical de todas, y menos lumpen que nadie. Lo cierto es que escribir, acumular sentido, por esencia es lo opuesto a la improductividad del lumpen. “Toda obra es fascista por acumulación de masa”, decía Elías Canetti. Es decir que la concentración de sentido que produce una obra literaria, la exclusión de los demás sentidos posibles, el sacrificio masivo de sentidos en el altar de la obra, es antidemocrática. Yo no llegaría hasta decir que es fascista, pero sí elitista, por naturaleza.


En Hacete Hombre hay ciertos pasajes humorísticos en los diálogos entre el padre, la prostituta y el protagonista que considero el "mainstream" del feminismo no los aprobaría, sin embargo, el nivel de reflexión para que pensemos qué es lo que significa ser hombre es muy profundo. ¿Por dónde pasa hoy la "masculinidad", cuando nadie o muy pocos escritores hombres sienten "temor" de alejarse de lo políticamente correcto, sobre todo a partir de lo que significó el #niunamenos?

El #NiUnaMenos es un reclamo contra la inseguridad que padecen muchas mujeres. ¿Quién puede estar contra eso? Ese problema es real. Pero cuando vos en una sociedad tenés un problema real y no lo atendés desde una posición universalista, de interés público, aparecen grupos radicalizados que vienen a llenar ese vacío. Eso es justo lo que pasó. Hoy el feminismo mainstream está tomado por el discurso tribal, paranoico, narcisista, delirante, estilo Malena Pichot. Es una minoría que logró instalar el terror ideológico, no sólo en los varones —que era la idea—, no sólo en la mayoría de las mujeres que no se considera feminista, sino incluso ¡entre las mismas feministas! No tengo derecho a deschavarlas, pero a cada rato hablo con referentes del feminismo que, en voz baja, dicen que están hartas de la policía ideológica que castiga, incluso dentro del feminismo, cualquier desviación de la ortodoxia. Frente a eso, creo que es importante el humor. El "lenguaje inclusivo" es ridículo: riámonos de él. La “brecha salarial” es una mentira, las mujeres no ganan, por hora trabajada, menos que sus pares varones. Para empezar, la ley lo prohíbe. Si no fuera así, ¿qué empresa, pudiendo reducir costos de una manera tan espectacular, contrataría hombres? ¿Y cómo se explicaría que ni en la Argentina ni en Estados Unidos, donde las denuncias ya son una industria, no se haya producido un #NiUnaMenos del salario? La imagen que el feminismo quiere imponer de la masculinidad —como violencia, como opresión— es ridícula. La imagen que quiere imponer de la feminidad —como víctima a priori— es ridícula también. ¿Tengo que ver como víctimas a las amigas, las artistas, las periodistas y escritoras, las emprendedoras, las líderes políticas a las que admiro? La idea de “reeducar” o “deconstruir” la masculinidad es ridícula. Primero, porque ¿quién las eligió para ejecutar esa ingeniería social? ¿A quién representan? A la mayoría del país, no. A la mayoría de las mujeres, tampoco. El feminismo sólo representa al feminismo. Pero, además, el feminismo actual no tiene idea de lo que es la masculinidad. La experiencia masculina les resulta desconocida y fabulan a partir de esa ignorancia. Hay dos perfiles psicológicos muy recurrentes: la feminista de la envidia, que fabula al varón como una especie de aristócrata del género, que vive en la despreocupación, la impunidad, la fornicación y el privilegio, y que reclama todo eso para sí. Por otro lado, la feminista de la herida, que fue lastimada por un novio decepcionante, un marido violento, un psicópata callejero, un papá ausente, y quiere exorcisar a ese fantasma personal demoliendo a todo el género masculino. Las dos desconocen la realidad de ser hombre. Las dos glorifican sus problemas íntimos elevádolos a proyecto social. No hay que dejarse prepotear por ese club. Hay que atender, sí, a problemas específicos que afectan a las mujeres. Y hay que saber que la masculinidad, por supuesto, no es eso. Pero como es imposible educar a una persona que pelea con un fantasma, sólo nos queda seguir defendiendo ideas de sociedad que sean para todos, no sólo para complacer a una secta de iluminades.


En más de una oportunidad fuiste, por decir de alguna manera, atacado por referirte al feminismo -o a cierto sector del feminismo- como radical y que realizan "contrabando ideológico" ¿Seguís sosteniendo esta posición?

Sí. Pero ser atacado por aprendices de comisarios del pueblo es lo esperable y no me preocupa. En cambio, de esas polémicas rescato el hecho de que me hicieron entrar en contacto y discutir con personas como Luciana Peker, Mercedes Funes, Eugenia Zicavo o Laura Fernández Cordero, que están en absoluto desacuerdo conmigo, y con quienes tampoco suelo estar de acuerdo, pero que, a diferencia de otros, están dispuestas a dialogar con la posición contraria. Esas discusiones me enseñaron y me enseñan mucho y no excluyen, de mi lado al menos, la amistad.

¿Cómo ves el mercado editorial argentino en la actualidad?

Golpeado por la crisis económica, por supuesto. También noto que la Argentina se vuelve cada vez más absorta en sí misma, hasta grados patológicos. No hay más curiosidad por lo que pasa afuera. También es cada vez más difícil para las editoriales publicar ficción. Novelas que edité, como La Piel de Juan Terranova, Estrógenos de Leticia Martin, La renguera del perro de Patricia Suárez, La Separación de Silvia Arazi, merecerían muchísimos más lectores. Por supuesto, el éxito de Putita Golosa me alegra y me llena de orgullo por haberla publicado.

¿Cómo evaluás las políticas estatales de los últimos años en el mercado editorial?

¿Qué políticas? No hubo muchas, la verdad. Que la CONABIP compre libros ayuda económicamente a las editoriales, las becas de creación ayudan a algunos escritores. Eliminar las trabas que todavía existen para exportar libros ayudaría mucho. Pero en definitiva, la literatura existe si hay lectores, y los lectores aparecen cuando hay una clase media con un nivel educativo alto y un tráfico de ideas libre y abierto al mundo. Hoy no tenemos ninguna de esas dos cosas y conseguirlas puede llevar, como mínimo y con suerte, una generación o dos.


¿Creés que internet deterioró o alentó la relación de la sociedad con la literatura?

Las dos cosas. La relación de internet con la literatura es compleja y atravesada por corrientes contrarias. Algunos escritores pasaron por la tentación del autobombo en las redes sociales —yo incluido— y descubrieron que es una pérdida de tiempo. Por otro lado, es indudable que lo más productivo de la crítica literaria en los últimos quince años sucedió en internet. Los efectos de las redes sociales y, en general, de la comunicación en la red sobre las formas de narrar son múltiples, pero podría destacar uno: el chat tiene ritmos y tonos diferentes de una conversación cara a cara, o por teléfono, y se plasma muy bien en la literatura de ficción. Cosa que no pasa con el cine: todavía nadie dio con una forma satisfactoria de mostrar un chat en una película. En cambio, a la novela le aportó un elemento muy interesante.

Selva Almada sostuvo que hay una relación desigual entre autor y editorial, sobre todo en el mundo de las llamadas editoriales independientes. ¿Cómo viste esa discusión?

Confieso que no la vi. Pero sin abundar mucho, ya que desconozco qué dijo Selva Almada, me pregunto: ¿cómo podría no ser desigual? El autor sólo tiene que atender a su texto y a su propio deseo de éxito; el editor tiene que atender a eso y además al precio del papel, los honorarios del diseñador, las liquidaciones siempre tardías de los libreros, las demoras del distribuidor, los plazos del imprentero. Algunos escritores entienden eso. En otros casos, la relación entre escritor y editor se parece a la de un hijo adolescente con su padre. Tampoco importa mucho. Lo que importa son los libros.

 ¿Cuáles son tus poetas preferidos? ¿En qué te inspiras para escribir si es que existe la inspiración? Si fueras la única persona en un lugar sin nada ¿qué libros te llevarías?

T.S Eliot, Walt Whitman, François Villon, Victor Hugo, André Breton, Jorge Luis Borges, Nicanor Parra, Enrique Lihn. ¿En qué me inspiro? Creo resignadamente en la Musa. Tengo que creer, porque cada libro que escribí lo escribí por fuera de las cosas que me interesaban y muchas veces contra las cosas en las que creo, así que no me queda más remedio que creer que vienen de otra parte. ¿Qué libros me llevaría? La Biblia, la Correspondencia de Flaubert, Guerra y Paz, las obras completas de Borges, Rojo y Negro de Stendhal, y después de una semana me suicidaría de tanto extrañar mis otros libros.