Gauchadas



Manuel Langsam-. Estaba trabajando en la zona de Raíces Oeste cuando en poco tiempo se cubrió el cielo y empezó a lloviznar. Como tenía unos 8 kmts por camino de tierra a la Ruta 18, decidí que lo mejor sería llegar hasta ella ya que la llovizna se hacía más cerrada. Mi Falcon era bueno para el barro y las ruedas traseras las tenía con gomas barreras, así que lo puse en el camino y comencé a marchar despacio y en forma sostenida por una calle abovedada y resbalosa. Iba marchando bien pero en una curva muy pronunciada el auto se me fue de cola y una de las ruedas traseras quedo encajada en la cuneta del costado. Inútil intentar salir solo, por lo que empecé a mirar si había alguna posibilidad de solicitar ayuda, pero el paisaje se mostraba totalmente desolado. Había dejado de llover y decidí caminar hasta la ruta para ver si ahí conseguía alguna ayuda.

Entonces vi que se acercaba al tranquito de su caballo un paisano que se detuvo a mi lado y al que pregunté si conocía en la zona a alguien que tuviera un tractor o una camioneta pesada para sacarme de la cuneta.

Se bajó, miró el auto, dio una vuelta alrededor de él estudiando la situación y me dice: “déjeme probar, mi moro es guapo, capaz que lo saca”…
 Desató el lazo que traía atado en las ancas, lo aseguró en el gancho de remolque, ajustó la cincha y montó.

Le dio unas palmadas a su caballo en el cogote, lo espoleó suavemente y empezó a tirar. De a poco fue moviendo el auto hasta que lo puso nuevamente en el centro de la calle.
Desenganchó el lazo, lo enrolló y lo volvió a poner atado a su recado. Quedé muy agradecido y consideré gratificarlo de algún modo por lo que lleve la mano al bolsillo para pagarle. Cuando hice el gesto de alcanzar el dinero, me dice: No mi amigo. Las gauchadas no se cobran. Marche tranquilo nomás, Faustino Sosa, tropero y domador, a sus órdenes…

Con el tiempo pasé varias veces por la zona pero nunca pude encontrar a Sosa en su casa. Como me dijo que era tropero, trabajo que en ese tiempo era muy requerido, me imaginé que andaría en algún arreo.

Pasaron como tres años hasta que un día vi que había alguien en la casa. Entonces paré y entré dispuesto a saludarlo. Me dice que si lo vengo a buscar para llevar una tropa, lamentaba no poder complacerme ya que su caballo se había hecho un corte contra un alambrado y por el momento no lo podía utilizar.

Entonces le dije que era veterinario y, si me permitía verlo, a lo mejor lo podía ayudar. Trajo el caballo y si, tenía un feo corte en el pecho, al lado del encuentro.
Traje el botiquín que siempre llevaba en el baúl del auto y en poco menos de una hora le puse una anestesia local, corté los bordes necrosados de la herida, lavé y desinfecté la misma y luego le hice algunos puntos para cerrarla. Completé con un antibiótico y trabajo terminado.

A todo eso, el paisano miraba y no dijo una palabra en todo el tiempo. Solo después, cuando ya estaba guardando mis cosas y luego de mirar de cerca la cura y palmear el cuello de su caballo, se me acercó y me dice: buen trabajo “dotor”. Usted dirá cuánto le debo…

Pero Don Sosa, le digo, no me debe nada, tómelo como una gauchada y, como Ud. sabe, las gauchadas no se cobran…

Recién entonces pareció reconocerme y acordarse de nuestro anterior encuentro.

No dijo una palabra más. Entró en la casa, salió enseguida y, siempre sin hablar, extendió el brazo y me convido con un mate.